Fuente: Catholic.net
Autor: Ma. Esther De Ariño
No
es bueno perderse en la ensoñación de un futuro grandísimo.
Queremos ser mejores, queremos superarnos pero haciendo algo que realmente
sea toda una proeza, ¡que se vea!
Queremos alcanzar la
perfección y la santidad, pero...eso será "mañana" porque ahora estamos
muy ocupados, tenemos miles de problemas. Tal vez cuando estos
se resuelvan. Si nos falta salud, cuando estemos bien. Si
estamos cansados, cuando tengamos mejor ánimo.
Todos nuestros buenos propósitos
se quedan en "eso", para un mejor momento, para "mañana"...
Y la vida se nos va y no nos damos
cuenta que es, esa vida, que son la suma de
los instantes, de las horas, los días y los años
en que vamos dejando pasar todas y cada una de
las pequeñas cosas que podrían ser fruto de nuestra santidad.
En las cosas pequeñas está la verdadera santificación si las
sabemos vivir, si sabemos convertir lo ordinario en lo extraordinario.
Si queremos realizar este milagro en nuestra vida pensemos en
Cristo. Fue Dios tanto en la cruz como cuando niño
ayudando a su Madre en las cosas del hogar, obedeciendo
a José en el trabajo humilde y sencillo de la
carpintería, en unas mil cosas pequeñas con las que fue
formando su vida hasta hacerse hombre.
Es difícil que siguiendo
los pasos de Cristo dejemos todo y nos lancemos a
predicar, a ser apóstoles recorriendo el mundo. Es difícil que
seamos mártires por defender nuestra fe - que si los
hay y su vida es una entrega total - pero
nosotros sí lo podemos imitar en lo que fue su
vida oculta en la rutina de todas las cosas de
todos los días, esas que nos parecen tan insignificantes, tan
simples que no les damos la mayor importancia.
En nuestro
diario convivir con los demás, ¿por qué no somos más
tolerantes, más generosos? ¿por qué pensamos siempre en nosotros y
en todo lo que nos satisface?. Si en todas
las cosas, por pequeñas que sean, ponemos el máximo esfuerzo
de hacerlas bien, el resultado será la suma de todas
ellas que nos darán, al final de la jornada, un
día bueno, un día santo.
Las cosa simples, pequeñas, vendrán
a nosotros, saldrán a nuestro paso en el diario vivir
y es entonces cuando tenemos que tener el ánimo presto,
la voluntad decidida. El momento heroico de saltar de la
cama, a su hora, para no llegar tarde y cumplir
con nuestro deber; ese trabajo que tanto nos fastidia hacerlo
con gusto, con amor; esa sonrisa al compañero, ese buscarle
alguna virtud en vez de dejarnos llevar por la fácil
pendiente de la crítica; ese saber escuchar; ese templar la
voluntad no saboreando la golosina que nos ofrecen; ese saber
esperar un rato más para saciar nuestra sed; esa valentía
de no escudarnos en la mentira fácil; esa forma de
estar siempre dispuestos a servir en vez de ser servidos;
ese ofrecer cualquier contrariedad, incomodidad o dolor, para que estas
cosas adquieran su verdadero valor y no se pierdan; esa
paciencia ante las personas o cosas que quieren sacarnos de
quicio; esa esperanza, esa fe, ese amor; ese toque de
alegría en nuestra rutina; esa paz que tenazmente pretendemos poner
o dejar en el corazón de los demás; esa conformidad
para las cosas inevitables, aceptándolas, aprendiendo a decir en todos
los momentos: "Hágase Tu Voluntad, Señor"
No esperamos a ese "mañana"
cuando todas las cosas estén en perfecto estado y a
nuestro gusto.
Empecemos hoy, ahora, en este mismo momento.
Antes
de que nos podamos dar cuenta se nos presentará la
oportunidad de santificarnos en estas cosas tan nuestras de todos
los días. En las cosas simples, en las cosas pequeñas,
esas, que no nos dan más, esas son, las que
harán que nuestra vida merezca ser vivida en todo lo
que vale.
Hay una y mil cosas que creemos que
nos darán la felicidad pero no nos damos cuenta de
que en cuanto logramos lo que deseábamos pasamos inmediatamente a
anhelar otra cosa para ser felices. Y es que las
cosas que nos llegan de afuera, del exterior, no nos
satisfacen plenamente pues es en nuestro interior donde tenemos que
experimentar el verdadero valor de cada cosa. Muchas veces las
grandes victorias, los grandes triunfos, los grandes acontecimientos nos dejan
más vacíos que una pequeña cosa, casi insignificante pero que
vino a inundar nuestra alma de una sensación profunda de
felicidad.
Una caricia, una sonrisa, una frase amable, una mirada
tierna, alguien que se paró a escucharnos, un beso, una
palabra de aliento, una tarde soleada, una carta o mensaje
de alguien que está lejos, el estreno de unos zapatos
o de un vestido que fue un sacrificio comprar, un
encuentro con alguien que hacía mucho tiempo que no veíamos,
un perdón, una reconciliación, ver un capullo convertido en flor,
mirar la lluvia que lava y moja las hojas de
los árboles, el olor a tierra húmeda y barbechada, una
puesta del sol, contemplar el mar y sus cambiantes olas,
la caricia de la brisa al tardecer, una noche estrellada,
sentir una mano pequeñita y confiada en la nuestra, saber
que en nuestro hogar hay alguien que nos espera con
amor, tener la fortuna de una sincera y buena amistad...
en fin tantas y tantas cosas que no nos dan
más, que no les damos el valor que tienen y
que dejamos pasar sin darles importancia y que son ellas
las que, sin hacerse notar, nos dan la felicidad.
Esa felicidad
sencilla y simple pero inmensamente grandiosa de las cosas pequeñas.
Aprendamos a ser felices con ellas pues el que sabe
aprisionarlas y gozarlas, bien puede decir que encontró la mágica
fórmula para ser feliz. No las dejemos ir sin darles
el valor que tienen.
Y termino con mi poema de Las
Cosas Pequeñas.
La fuente quiere ser río
y el río quiere ser
mar,
y el mar...sueña con que es fuente
y que ha vuelto
allí a brotar.
Imponente y majestuoso,
añora y vuelve a añorar,
aquellos riscos
y flores
donde dejó su cantar,
por donde pasó tan niño,
con prisa
y en loco afán
de convertirse en gran río
y por fin
, en un gran mar.
Tanto corrió, corrió tanto
que apenas pudo
gozar
de las cosas pequeñitas,
que tan fácil dejó atrás.
¡Ay, las cosas
pequeñitas, simples,
que no nos dan más...
ay esas cosas tan
simples,
cómo se van y se van!.
Sin darnos cuenta se escapan...
mientras
que ciegos andamos
buscando felicidad.
La fuente quiere ser río
y el río
quiere se mar
y el mar...se ha vuelto salado,
¡quizá de tanto
llorar!. Tags: día, valora, cosas, pequeñas