S?bado, 11 de julio de 2009

 

Séptima entrega del libro “La Palabra de Dios ilumina tu camino” del P. Ángel Peña O.A.R.

 

Es realmente hermoso saber que tenemos un Papá que nos cuida con ternura. Sí, un papito. Así quiere que lo llamemos, así nos lo enseñó Jesús. Esta es una de las revelaciones más maravillosas que Jesús vino a enseñarnos. Fue algo desconocido hasta entonces, una verdadera revolución espiritual ¿Quién se hubiera atrevido en aquel tiempo a llamar a Dios con el nombre de abbá, nombre con que los niños hebreos llamaban a sus padres? Nadie, porque ni siquiera se atrevían a pronunciar el nombre de Dios para evitar faltarle al respeto. Pero Jesús nos enseñó que su Padre era nuestro padre y debíamos llamarlo con confianza, como los niños, y decirle papá.

 

Esta era una novedad tan grande que san Marcos, al hablar de la Pasión, pone la palabra hebrea abbá (papáGui?o en vez de traducirla al griego en que escribe. Y  Jesús, en los momentos difíciles de Getsemaní, dice: Abbá (PapáGui?o, todo te es posible, aleja de mí este cáliz, pero no se haga mi voluntad sino la tuya (Mc 14, 36).

 

San Pablo, siguiendo esta enseñanza de Jesús, también pone la misma palabra abbá sin traducirla: Ustedes no han recibido un espíritu de esclavitud, sino un espíritu de hijos adoptivos, que nos hace llamar a Dios: Abbá, es decir, papá (Rom 8, 15-17). Y por ser hijos envió Dios a nuestros corazones al Espíritu de su Hijo que gritaba: Abbá, Papá (Gal 4, 4-7).

 

¡Maravilloso en verdad! Es el camino de la infancia espiritual que nos enseñó la gran doctora de la Iglesia santa Teresita del niño Jesús. Es lo que ya Oseas nos da entender, cuando pone en boca de Dios: Yo le enseñé a andar, lo levanté en mis brazos… Fui para ellos como quien alza una criatura contra su mejilla y me bajaba hasta ella para darle de comer (Os 11, 3-4).

 

¡Sí, somos hijos de Dios! Qué amor tan grande nos ha mostrado el Padre que seamos llamados hijos de Dios y los seamos en realidad (1 Jn 3, 1). Así que el Papá de Jesús es nuestro papá y podemos acudir con confianza a Él en todas nuestras necesidades, sabiendo que está pronto a escucharnos y ayudarnos.

 

Y para que su amor a nosotros sus hijos llegara a la plenitud, envió a su Hijo Jesús para hablarnos personalmente como un amigo cercano. ¿Quién podría tener miedo de un Dios hecho niño en Belén, de un Dios que jugaba con los niños y los abrazaba y los bendecía? ¿De un Dios que muere por amor y que por amor nos entrega a su propia madre como madre nuestra? Y para rematar la corona, Jesús se queda con nosotros en la Eucaristía para que podamos encontrarlo muy cerca siempre que lo necesitemos. Él nos lo prometió: Yo estaré con vosotros todos los días hasta el fin del mundo (Mt 28, 20). ¿Podíamos esperar algo más? Pues nos envió al Espíritu Santo para que nos transformara en auténticos evangelizadores y así pudiéramos ayudarle en la gran tarea de la salvación del mundo. El Espíritu Santo que el Padre enviará en mi nombre les enseñará todo y les recordará todo lo que les he dicho (Jn 14, 26). Y les guiará hacia la verdad completa (Jn 16, 13).


Tags: Biblia, palabra, Dios, padre

Publicado por mario.web @ 2:48
Comentarios (0)  | Enviar
Comentarios