Domingo, 09 de agosto de 2009

 
 
Aunque no hay nada tan excelso como la Majestad divina ni tan abyecto como el hombre – considerado como pecador –, con todo, la augusta Majestad no desdeña nuestros homenajes y se siente honrada cuando cantamos sus alabanzas. Ahora bien, la salutación angélica es uno de los cánticos más bellos que podemos entonar a la gloria del Altísimo: "Te cantaré un cántico nuevo" Sal 144(143),9. La salutación angélica es precisamente el cántico nuevo que David predijo se cantaría en la venida del Mesías.
Hay un cántico antiguo y un cántico nuevo. El antiguo es el que cantaron os israelitas en acción de gracias por la creación, la conservación, la liberación de la esclavitud, el paso del mar Rojo, el maná y todos los demás favores celestiales. El cántico nuevo es el que entonan los cristianos en acción de gracias por la encarnación y la redención. Dado que estos prodigios se realizaron por el saludo del ángel, repetimos esta salutación para agradecer a la Santísima Trinidad por tan inestimables beneficios.
Alabamos a Dios Padre por haber amado tanto al mundo que le dio su Unigénito para salvarlo. Bendecimos a Dios Hijo por haber descendido del cielo a la tierra, por haberse hecho hombre y habernos salvado. Glorificamos al Espíritu Santo por haber formado en el seno de la Virgen María su cuerpo purísimo, que fue víctima de nuestros pecados. Con estos sentimientos de gratitud debemos rezar la salutación angélica, acompañándola de actos de fe, esperanza, caridad y acción de gracias por el beneficio de nuestra salvación.
Aunque este cántico nuevo se dirige directamente a la Madre de Dios y contiene sus elogios, es –no obstante– muy glorioso para la Santísima Trinidad, porque todo el honor que tributamos a la Santísima Virgen vuelve a Dios, causa de todas sus perfecciones y virtudes. Con él glorificamos a Dios Padre, porque honramos a la más perfecta de sus creaturas. Glorificamos al Hijo, porque alabamos a su purísima Madre. Glorificamos al Espíritu Santo, porque admiramos las gracias con que colmó a su esposa.
Del mismo modo que la Santísima Virgen con su hermoso cántico, el Magnificat, dirige a Dios las alabanzas y bendiciones que le tributó Santa Isabel por su eminente dignidad de Madre del Señor, dirige inmediatamente a Dios los elogios y bendiciones que le presentamos mediante la salutación angélica.
Si la salutación angélica glorifica a la Santísima Trinidad, también constituye la más perfecta alabanza que podemos dirigir a María.
Deseaba Santa Matilde saber cuál era el mejor medio para testimoniar su tierna devoción a la Madre de Dios. Un día, arrebatada en éxtasis, vio a la Santísima Virgen que llevaba sobre el pecho la salutación angélica en letras de oro, y le dijo: "Hija mía, nadie puede honrarme con saludo más agradable que el que me ofreció la adorabilísima Trinidad. Por él me elevó a la dignidad de Madre de Dios. La palabra Ave –que es el nombre de Eva– me hizo saber que Dios en su omnipotencia me había preservado de toda mancha de pecado y de las calamidades a que estuvo sometida la primera mujer.
El nombre de María – que significa Señora de la luz – indica que Dios me colmó de sabiduría y luz, como astro brillante, para iluminar los cielos y la tierra.
Las palabras llena de gracia me recuerdan que el Espíritu Santo me colmó de tantas gracias, que puedo comunicarlas con abundancia a quienes las piden por mediación mía.
Diciendo el Señor es contigo, siento renovarse la inefable alegría que experimenté cuando el Verbo eterno se encarnó en mi seno.
Cuando me dicen bendita tú eres entre todas las mujeres, tributo alabanzas a la misericordia divina, que se dignó elevarme a tan alto grado de felicidad.
Ante las palabras bendito es el fruto de tu vientre, Jesús, todo el cielo se alegra conmigo al ver a Jesús, mi Hijo, adorado y glorificado por haber salvado al hombre". 
 
María del Rosario de San Nicolás nos dice: 
28/4/1989 - Nº 1648 
Guardad hijos míos, en vuestra tarea diaria, un tiempo para el Señor. 
Vuelvo a repetiros: Rezad el Santo Rosario, meditadlo. Dad vuestro sí, como lo dio vuestra Madre; acompañad a Jesucristo, a beber de Su Cáliz; abrid las puertas de vuestro corazón; preparad vuestro espíritu para que podáis recibir un día, la Gloriosa Venida de Mi Hijo. Estad en completa unión con la Madre y no os afectará ningún mal.
Gloria al Altísimo. Predícalo.
 
Aunque no hay nada tan excelso como la Majestad divina ni tan abyecto como el hombre – considerado como pecador –, con todo, la augusta Majestad no desdeña nuestros homenajes y se siente honrada cuando cantamos sus alabanzas. Ahora bien, la salutación angélica es uno de los cánticos más bellos que podemos entonar a la gloria del Altísimo: "Te cantaré un cántico nuevo" Sal 144(143),9. La salutación angélica es precisamente el cántico nuevo que David predijo se cantaría en la venida del Mesías.
Hay un cántico antiguo y un cántico nuevo. El antiguo es el que cantaron os israelitas en acción de gracias por la creación, la conservación, la liberación de la esclavitud, el paso del mar Rojo, el maná y todos los demás favores celestiales. El cántico nuevo es el que entonan los cristianos en acción de gracias por la encarnación y la redención. Dado que estos prodigios se realizaron por el saludo del ángel, repetimos esta salutación para agradecer a la Santísima Trinidad por tan inestimables beneficios.
Alabamos a Dios Padre por haber amado tanto al mundo que le dio su Unigénito para salvarlo. Bendecimos a Dios Hijo por haber descendido del cielo a la tierra, por haberse hecho hombre y habernos salvado. Glorificamos al Espíritu Santo por haber formado en el seno de la Virgen María su cuerpo purísimo, que fue víctima de nuestros pecados. Con estos sentimientos de gratitud debemos rezar la salutación angélica, acompañándola de actos de fe, esperanza, caridad y acción de gracias por el beneficio de nuestra salvación.
Aunque este cántico nuevo se dirige directamente a la Madre de Dios y contiene sus elogios, es –no obstante– muy glorioso para la Santísima Trinidad, porque todo el honor que tributamos a la Santísima Virgen vuelve a Dios, causa de todas sus perfecciones y virtudes. Con él glorificamos a Dios Padre, porque honramos a la más perfecta de sus creaturas. Glorificamos al Hijo, porque alabamos a su purísima Madre. Glorificamos al Espíritu Santo, porque admiramos las gracias con que colmó a su esposa.
Del mismo modo que la Santísima Virgen con su hermoso cántico, el Magnificat, dirige a Dios las alabanzas y bendiciones que le tributó Santa Isabel por su eminente dignidad de Madre del Señor, dirige inmediatamente a Dios los elogios y bendiciones que le presentamos mediante la salutación angélica.
Si la salutación angélica glorifica a la Santísima Trinidad, también constituye la más perfecta alabanza que podemos dirigir a María.
Deseaba Santa Matilde saber cuál era el mejor medio para testimoniar su tierna devoción a la Madre de Dios. Un día, arrebatada en éxtasis, vio a la Santísima Virgen que llevaba sobre el pecho la salutación angélica en letras de oro, y le dijo: "Hija mía, nadie puede honrarme con saludo más agradable que el que me ofreció la adorabilísima Trinidad. Por él me elevó a la dignidad de Madre de Dios. La palabra Ave –que es el nombre de Eva– me hizo saber que Dios en su omnipotencia me había preservado de toda mancha de pecado y de las calamidades a que estuvo sometida la primera mujer.
El nombre de María – que significa Señora de la luz – indica que Dios me colmó de sabiduría y luz, como astro brillante, para iluminar los cielos y la tierra.
Las palabras llena de gracia me recuerdan que el Espíritu Santo me colmó de tantas gracias, que puedo comunicarlas con abundancia a quienes las piden por mediación mía.
Diciendo el Señor es contigo, siento renovarse la inefable alegría que experimenté cuando el Verbo eterno se encarnó en mi seno.
Cuando me dicen bendita tú eres entre todas las mujeres, tributo alabanzas a la misericordia divina, que se dignó elevarme a tan alto grado de felicidad.
Ante las palabras bendito es el fruto de tu vientre, Jesús, todo el cielo se alegra conmigo al ver a Jesús, mi Hijo, adorado y glorificado por haber salvado al hombre". 
 
María del Rosario de San Nicolás nos dice: 
28/4/1989 - Nº 1648 
Guardad hijos míos, en vuestra tarea diaria, un tiempo para el Señor. 
Vuelvo a repetiros: Rezad el Santo Rosario, meditadlo. Dad vuestro sí, como lo dio vuestra Madre; acompañad a Jesucristo, a beber de Su Cáliz; abrid las puertas de vuestro corazón; preparad vuestro espíritu para que podáis recibir un día, la Gloriosa Venida de Mi Hijo. Estad en completa unión con la Madre y no os afectará ningún mal.
Gloria al Altísimo. Predícalo.

Tags: pensamiento, reflexión, oración

Publicado por mario.web @ 13:58  | religion
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