Martes, 25 de agosto de 2009
"sino haceos tesoros en el cielo, donde ni la polilla ni el
orín corrompen, y donde ladrones no minan ni hurtan" (Mateo
6:20).

Un viejo montañés estaba en su lecho de muerte. Él llamó su
esposa, pidiendo que si aproximase bien de él. "Elvira",
dijo él, "vaya hasta el hogar y remueva aquella piedra que
hace parte del revestimiento. Está suelta". La esposa hizo
como mandó y atrás de la referida piedra había una caja de
zapatos llena de dinero. "Este dinero es todo el economía
que hice durante todos esos años", dijo el montañés. "Cuando
yo sea, quiero llevar esto conmigo. Lleve la caja hasta el
sótão y la deje en la ventana. Yo a cogeré cuando esté a
camino del cielo". Su esposa siguió su instrucciones. En
aquélla noche, el viejo montañés murió. Varios días después
del entierro, su esposa recordó-si de la caja de zapatos.
Ella ascendió hasta el sótão. La caja continuaba allá, aún
llena de dinero, en el borde de la ventana. "OH", ella
pensó, "yo sabía de eso. Debía tener puesto la caja en el
sótano en vez del sótão". Como alguien ya dijo, "Nosotros no
podemos llevar nada de la tierra con nosotros, pero podemos
enviar mucha cosa durante la vida."

Muchas veces pasamos todo el vida pensando apenas en
nosotros mismos. Queremos ser los mejores, queremos tener
las cosas mejores y no pensamos en nada que no sea de
nuestro propio interés. Olvidamos de las necesidades y
sufrimientos de nuestro prójimo, olvidamos de lo cuanto
podríamos ser útiles para las personas que están a nuestro
rededor, olvidamos hasta de nuestra propia familia.
Ignoramos nuestra esposa, nuestros hijos, nuestros padres y
todo lo más en favor del "quiero cuidar de mí y los otros
que hagan el mismo."

Estamos ajuntando tesoros que para nada sirven. No podremos
llevarlos para el cielo de gloria y ni aun para el infierno.
Apenas estaremos viviendo días baladíes y sin ninguno valor.

El verdadero tesoro que nos valdrá para todo el eternidad no
puede ser guardado con nosotros. No puede ser escondido
atrás de piedras disimuladas. No puede ser llevado adentro
de una mala después de nuestra muerte. Es almacenado a los
pocos y enviado muchas veces sin que percibamos. Es
depositado en nuestra cuenta cada vez que extendemos la mano
para un necesitado, cuando auxiliamos los aflictos, cuando
retiramos de nuestro poco y, en una actitud de verdadero
amor, compartimos con alguien que está en situación peor que
nuestra. Es fruto de una vida en el altar de Dios y no de
ganância o busca desenfrenada por adquirir más y más.

¿tiene usted enviado sus tesoros para el cielo?

Tags: pensamiento, reflexión

Publicado por mario.web @ 17:55
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