Domingo, 24 de enero de 2010

Me viene a la memoria, aquella hermosa lección que nos regaló 
Javier, un joven Sacerdote que impartió un curso celebrado en 
Guadalajara, para ampliar conocimientos sobre el Nuevo Testamento.
La reunión de hoy, por motivo de haber fallecido sus padres en un 
reciente accidente de tráfico, que puso fin a una vida llena de 
ilusiones y proyectos inacabados, quiso centrarla, hablando sobre el 
cuarto Mandamiento, quizás como un homenaje póstumo, a la perdida de 
sus seres tan queridos.
Ahogando su pena nos decía, que ahora, más que nunca, se acordaba y 
pensaba en ellos. Se lamentaba, con la tristeza natural del momento 
emocional, de no haber tenido el tiempo suficiente, dado su juventud, 
para entregarles más amor, siquiera para poder agradecerles lo mucho 
que había recibido de ellos. 
Creo –comentaba- que siempre he sido un hijo muy mimado por el 
Señor, pues me dio la vida en el entorno de una familia de creyentes 
y dentro de una Iglesia, que nos ama y a la que amamos. 
Mis padre eran pobres, muy pobres, pero inmensamente felices. Por 
eso, su muerte me produce una gran serenidad, cuando uno sabe que 
morir es empezar a vivir, para estar junto al Padre, recordando las 
palabras del mismo Jesús; "Yo soy la resurrección y la vida. El que 
cree en mí, no morirá para siempre.
En cualquier caso, Dios, me concedió el privilegio de tenerlos hasta 
mis treinta años. Sé que ahora están con Dios y desde allí, Él y mis 
padres me ayudarán a seguir extendiendo su reino en la tierra. Y 
seguirán siendo, tremendamente felices.
Por eso, hoy más que nunca, Javier el joven Sacerdote, buen 
conocedor de la Biblia, desea hablar de este cuarto Mandamiento que 
nos obliga honrar a los padres, por el simple hecho, de que Dios lo 
manda y porque ellos son merecedores.
Y recuerda con el Eclesiástico, libro hebreo escrito dos siglos antes 
de Cristo y traducido al griego por un hijo del judío Sirá, para 
enseñanza de los judíos que vivían fuera de Palestina, que nos 
dice: "Honrarás, y servirás a tu padre y a tu madre que te dieron la 
vida, teniendo en cuenta que la gloria de un hombre nace de la fama 
de su padre y es una deshonra para los hijos, despreciar a su madre. 
Por éso, quien injuria a Dios, es el que abandona a su padre. Y es 
maldito del Señor, quien ofende a su madre".
De igual forma, explica, continua Javier, que el hijo debe cuidar de 
sus padres en su vejez y mientras vivan no les causarán tristeza. Si 
observaran que su espíritu sufriera alguna debilidad, deben 
perdonarlos y no despreciarlos. Y tendrán en cuenta ellos, que están 
en plena juventud, que el que honra a sus padres, recibirá la alegría 
de sus propios hijos que le escucharán cuando tengan que rogarles 
por algún motivo. 
Así mismo, leyendo a Marcos (7, 10.13) nos advierte, que no hemos de 
actuar como los fariseos, cuando tratan de tentar a Jesús, afirmando 
que un hombre puede decirle a su padre o a su madre: "No puedo 
ayudarte porque todo lo que tengo, lo consagré a Dios".
Hipócrita postura, que intenta anular un mandato de Dios, al imponer 
una tradición que por buena que sea, es cosa de hombres que son 
incapaces de creer y de amar, atendiendo a una fé auténtica de la que 
por supuesto, carecen. 
Por todo ello, Javier, nos pedía obediencia total y sin límites 
hacia los autores de nuestros días, con diálogo, comprensión, 
tolerancia, ternura y sobre todo, como decía San Agustín, dándoles 
amor, sin medida.
Y nos invitaba, a admirar y seguir el ejemplo, de tantos y tantos 
hijos, que sufren junto a sus padres, sus enfermedades, sus 
vehemencias, sus muchos años, ofreciéndoles amor, paciencia y 
ternura. Cuidándolos con cariño y ayudándoles a recorrer el último 
tramo de su existencia, llevándoles de la mano, cuanto menos, en 
memoria de aquellos cuidados que en nuestra niñez, ellos nos 
prodigaban.
O nos relataba la angustia de aquel amigo, que con amargura le 
confesaba el distanciamiento que mantenía con sus padres, que le 
impedía rezar el Padrenuestro; "perdona nuestras ofensas, como 
también nosotros perdonamos ...". Y el fuerte abrazo que ambos amigos 
se dieron, cuando pasado un tiempo, compartieron su alegría, al 
comunicarle que había rezado junto a sus padre, esta oración.
Finalmente Javier, el joven Sacerdote, nos regaló una frase, que en 
cierto modo resume este cuarto Mandamiento: "Si saber amar y respetar 
a tus padres, no necesitarás creer en Dios, LO VERAS.


Tags: cuarto, mandamiento

Publicado por mario.web @ 10:30
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