Lunes, 25 de enero de 2010

Un discípulo fue donde su maestro, y le dijo:


–– “Maestro, quiero encontrar a Dios”. 
Como hacía mucho calor, el maestro invitó al joven a acompañarlo a darse un baño en el río. El joven se zambulló, y el maestro hizo otro tanto. Después lo alcanzó y lo agarró, teniéndolo por la fuerza debajo del agua.
El joven se debatió por algunos instantes hasta que el maestro lo dejó volver a la superficie. Después le pregunta qué cosa había deseado más mientras  estaba debajo del agua.


–– “El aire” –respondió el discípulo.
“¿Deseas a Dios de la misma manera?” –le pregunta el maestro–. “Si lo deseas así, lo encontrarás. Pero si no tienes esta sed ardiente, de nada te servirán tus esfuerzos y tus libros. No podrás encontrar la fe, si no la deseas como el aire para respirar”.


             El ser humano tiene necesidad de Dios, pues como dijo Chesterton: “el hombre tiene necesidad de una teología, y ante la falta de la misma, se busca una mitología”. El Dios que habla en la brisa suave sigue buscándonos en medio de la noche y de la sed del desierto. “ Los seres humanos, mueren de sed a dos pasos de la fuente, sin atreverse a acercarse a la misma. Bastaría con que tuviéramos fe en las divinas enseñanzas para que todos nosotros, que andamos sedientos, acudiéramos al manantial para descubrir la perfidia de quienes nos guían y la puerilidad de nuestro sufrimiento. Sólo entonces conoceríamos lo cerca que tenemos nuestra salvación. Y de esa forma, la abominable mentira que hace que el mundo conserve su angustia quedaría disipada” (N. Tolstoi).


         La persona privada de Dios resulta estéril. Ruth Lwein, uno de los personajes de la obra de M. West Las Sandalias del Pescador, manifiesta esa esterilidad: “Yo me había formado un Dios a mi propia imagen, y una vez que lo destruí no hubo nadie que le pudiera reemplazar. He de vivir en un desierto sin identidad, sin finalidad alguna… No tengo ningún Dios, aun cuando necesito uno de forma desesperada”.


         Dios nos habla, y espera una respuesta de nuestra parte. En la Bhagavadgita, el Señor advierte a Arjuna: “Ten la mente fija en mí, y muéstrate adicto a mi persona; ofréceme adoración y reverencia; de este modo llegarás a mí y te fundirás en mí. Te estoy haciendo partícipe de esta verdad con absoluta certeza, puesto que eres mi amado, y ser grato”.


        Un cuento judío dice que Eva, después de haber comido de la fruta, dio de comer a todos los animales del jardín. Sin embargo, el Ave Fénix, no quiso desobedecer a su Creador y no comió.

Por eso es el único ser vivo que no muere nunca. Cada mil años se quema en el fuego que surge de él mismo, y renace de nuevo de sus cenizas, eternamente joven.


Dios es vida y esa vida está en nuestros ojos, en los pies y en las manos, en las venas cuando amamos. El encuentro con Dios lleva  a querer su voluntad, a cumplir sus mandatos, a adorarle como único Señor, a hablarle y escucharle.


       “Yo soy el Señor
     el único digno de adoración;
     la evidencia de lo invisible;
     la causa de tu fe;
     la realización plena de tu esperanza;
     la respuesta a tus súplicas…
     el pastor que te conduce a verdes 
     praderas y da cumplimiento a tus deseos;
     la defensa de tu vida que te proporcionará
     fuerza en medio de la ansiedad y del trabajo;
     la piedra angular de tu familia y de la sociedad;
     el punto de apoyo capaz de mover el mundo,
     buscado por Arquímedes” (Anónimo)


Tags: quiero, encontrar, Dios

Publicado por mario.web @ 21:00
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