Señor y Padre nuestro,
queremos abrir nuestra vida a la tuya
como una planta en invierno
se abre confiadamente
al sol.
[4] ¡Qué grande eres, Padre!
¡Qué infinitamente
bueno eres, Padre!
Eres la paternidad infinita,
la fuente de cuanto vive, de cuanto puede vivir.
De ti nace Jesús, que es la Vida,
y, por él,
de ti nace todo lo que germina y crece,
florece y fructifica.. .
Tú no conoces la muerte, ni la quieres,
ni puedes provocarla.
No eres Dios de muertos sino de vivos.
Donde llega tu aliento surge la primavera,
se produce la resurrección.
Señor, si quieres puedes
resucitarnos
-¡hay tanta muerte en nuestra vida,
tanto invierno en nuestra historia,
tanto desierto en nuestro paisaje interior...! -.
Resucítanos
,
vivifícanos,
deja que el río de tu Espíritu
empape esta arena sedienta.
Nosotros quitaremos las piedras que impiden
la invasión de tu gracia,
pero ayúdanos
porque somos débiles.
Y luego, trabaja tú
directamente
nuestro campo.
Tú, que eres buen labrador,
ara, siembra, riega, poda, recoge los frutos.
Hazlo
todo. Nos fiamos de ti.
Y
ayúdanos
eficazmente a dejarte hacer,
porque no nos fiamos de nosotros.
Padre, sabemos que nos conoces y nos amas.
Gracias, Abbá.
Nos ponemos en tus manos.
Hágase
tu voluntad. Amén.Tags: paternidad, infinita, Dios