Mi?rcoles, 10 de febrero de 2010

Tercera parte del libro “Católico conoce tu fe” del P. Angel Peña. O.A.R.

Jesús era hijo de su pueblo, el pueblo judío, y amaba a su pueblo y a sus gentes. Era como nosotros, un hijo de nuestra tierra. Crecía en estatura y edad ante Dios y ante los hombres. Era pobre y tenía que trabajar para ganarse la vida. Acogía a los pecadores con amor y no le importaba “contaminarse” con los leprosos. Era sencillo y le gustaba bendecir, acariciar y abrazar a los niños.

 

Jesús fue un hombre cumplidor de las normas de la religión judía, pero superó muchos prejuicios que la habían desvirtuado. Los judíos creían en un Dios lejano, del que no se podía pronunciar ni el Nombre y El nos presenta a un Dios amigo. Amaba a los pobres con predilección, pero también tenía amigos ricos como Lázaro, Juana de Cusa, Nicodemo o José de Arimatea. Amaba también a los gentiles o extranjeros y también a los samaritanos, a quienes odiaban los judíos, e incluso les hacía milagros y les predicaba y los convertía, porque El era Dios para todos y había venido como Salvador del mundo entero.

 

También estimaba mucho a las mujeres, que eran consideradas como personas de segunda categoría, y conversaba con ellas. Jesús revalorizó a la mujer. ¡Cuánto amaba a su madre! Quiso que su divinidad se uniera a la humanidad a través de una mujer. Su Madre y Madre nuestra es la persona humana más perfecta que ha existido, existe y existirá. Además, tenía un grupo de mujeres discípulas que lo acompañaban (cosa mal vista en aquel tiempo) y ellas fueron las más valientes en el momento supremo de la cruz y estuvieron a su lado hasta el final.

 

Por otra parte, superó el sentido estricto del sábado, que parecía una verdadera esclavitud y lo convirtió en un día sagrado de oración, descanso y de fiesta familiar. Para aquellos judíos, en sábado no se podía pelear ni escribir dos letras seguidas, ni hacer o deshacer un nudo ni encender o apagar una lámpara ni dar dos puntadas de costura ni andar más de 2 kilómetros. No se podía cargar comestibles equivalentes al peso de un higo seco o el vino o leche que se toma de un sorbo, no se podía llevar encima el portamonedas ni un anillo que tuviera alguna joya, ni siquiera una aguja. Pero se podía atar o desatar un nudo si se hacía con una sola mano o si no era de cuerda etc.,etc. Jesús quiere que superen estas estrecheces legalistas y hacerles entender que lo más importante es amar y hacer el bien en sábado. Por eso, curaba en sábado, a pesar de ser considerado blasfemo, y les dice claramente: “El sábado ha sido instituido para el hombre y no el hombre para el sábado” (Mc 2,27).

 

Otras cosas que los fariseos le echaban en cara a Jesús era, por ejemplo, comer sin lavarse las manos o ir acompañado de pecadores como Mateo (antiguo publicano, cobrador de impuestos) o de María Magdalena (antigua prostituta). Esto para ellos era poco menos que una blasfemia. Por eso, Jesús los llama sepulcros blanqueados, hipócritas, que sólo se preocupan de lo exterior y no del amor del corazón.

 

Jesús puso todo su empeño en la liberación interior. Nunca habló contra los romanos opresores ni contra la esclavitud existente. Porque, por encima de esta vida material y física, existe otra sobrenatural y eterna, la vida del alma. Y El vino a salvar a los pecadores y liberarlos de la peor esclavitud existente, que puede durar eternamente, la esclavitud del pecado.

 

Por eso, los que quieren ver en Jesús a un revolucionario social, que levantaba a las masas contra los explotadores o los dominadores romanos, es poco menos que un perfecto ignorante. El centro del mensaje evangélico es el amor y el perdón, incluso a los enemigos. Los que odian o enseñan a odiar están lejos de su camino.

 

El no despreciaba las riquezas, pero nos enseña a no anteponerlas a Dios. “No se puede servir al mismo tiempo a Dios y al dinero” (Lc 16,13). “El que no renuncia a todos sus bienes no puede ser discípulo mió” (Lc 14,33). Y nos invita a confiar en la Providencia de Dios, que tiene contados hasta los pelos de nuestra cabeza ( Lc 12,6). “Buscad primero el reino de Dios y su justicia y todo lo demás se os dará por añadidura” (Lc l2,31). Y hablaba con la autoridad de Dios. “El cielo y la tierra pasarán, pero mis palabras no pasarán” (Mc 13,3 l). Hasta los policías encargados de llevarlo preso, reconocen que ningún hombre ha hablado como él ( Jn 7,46). Y los fariseos y herodianos le reconocen que dice siempre la verdad ( Mt 22,16).

 

Otra gran lección que nos da Jesús, es el valor del sufrimiento. El nos salvó por medio de la cruz y quiere que nosotros llevemos la cruz de cada día sin desesperación, sino dándole un valor, ofreciéndola con amor. Con su propia vida nos enseñó el valor del ayuno, de la oración y de la penitencia. Estuvo cuarenta días y cuarenta noches en oración y ayuno, preparándose para su gran misión de predicar la salvación. Nosotros no podemos prescindir de la cruz. Por la cruz llegaremos a la luz de la resurrección. Debemos ser verdaderos cristianos con Cristo crucificado, pues, queramos o no, la cruz es parte indispensable de nuestra existencia humana y debemos aceptarla con amor para darle un sentido y así obtener muchas gracias y bendiciones de Dios para nosotros y para los demás.

 

Jesús es la luz de mundo, la alegría del mundo; sin El, el mundo estaría vacío y sin luz. Nuestra misma vida no tendría sentido, pues si Cristo no hubiera venido a salvamos ¿qué hubiera sido de nosotros? Jesús es el Salvador, nuestro Salvador. El nos espera siempre para perdonarnos y bendecirnos y consolarnos, acudamos a El, que nos dice: “Venid a mí los que estáis agobiados y sobrecargados que yo os aliviaré y daré descanso para vuestras almas” (Mt 11,28). El vino también a sanar a los enfermos y traer paz y consuelo a los que tienen destrozado el corazón y dar libertad a los que están encarcelados ( Lc 4,18; Is 61,1). Su corazón humano y divino es, al mismo tiempo, un corazón lleno de amor para todos y cada uno de los hombres ( Cat 478). El amaba a los enfermos y “todos los que lo tocaban quedaban curados” (Mt 14,36). Y quería que el amor fuera el distintivo de sus discípulos. “En esto conocerán que sois mis discípulos en que os améis los unos a los otros” (Jn 13,35).

 

Jesús también quiere sanarte hoy a ti, quiere ser tu Sanador y tu Salvador. Quiere llenar tu vida de alegría y paz. El es capaz de convertir tu hombre viejo en un hombre nuevo. Por eso, debes apostarlo todo por El. Vale la pena vivir y morir por Jesucristo

Tags: libro, católico, conoce, Dios, amor, Jesús, Nazareth

Publicado por mario.web @ 2:29
Comentarios (0)  | Enviar
Comentarios