jueves, 11 de febrero de 2010


Parte 38 del libro “Católico conoce tu fe” del P. Angel Peña. O.A.R.

El Arca de la Alianza.

 

Los judíos adoraban a Yahvé, el verdadero Dios, a través del arca de la alianza. El arca de la alianza era para ellos como la morada de Dios, la presencia viva de Dios entre los israelitas; de ahí que el mismo Dios mandó (Lev 24, 2-4; Ex 27, 20-21) que delante del arca ardiera continuamente una llama, alimentada con aceite puro de oliva, para significar la presencia viva de Dios en el arca (¿acaso nosotros, católicos, no tenemos esto mismo en nuestras iglesias, donde arde continuamente una lámpara ante el Santísimo Sacramento de la Eucaristía?). También mandó Dios que mañana y tarde se quemara incienso aromático ante el arca (Ex 30,6-7). (Esto mismo hacen los sacerdotes al ofrecer a Dios incienso ante al Santísimo Sacramento).

 

Observemos que encima del arca estaba el propiciatorio con dos imágenes de querubines de oro macizo (Ex 25, 17-22). Igualmente el velo, que estaba delante del arca, tenía querubines bordados (Ex 26,3 l). (Esto, también nos recuerda a algunas iglesias, donde ante el sagrario, se ven dos ángeles de rodillas, haciendo guardia con lámparas encendidas. El sagrario de nuestras iglesias es como el arca de la alianza de los judíos. Contiene a Dios vivo y presente en la Eucaristía). Según esto, no es de extrañar que fuera tan sagrada el arca para los judíos. Estaba ungida con el óleo sagrado (Ex 30,26) y nadie podía ni tocarla. Uzzá la tocó y murió según el relato de 2 Sam 6,7.

 

Cuando iban a las batallas, llevaban el arca para que Dios los ayudara con su presencia (1 Sam 4,4). Cuando los filisteos, en una ocasión, se apoderaron del arca (1 Sam 5), sufrieron tantos males que la devolvieron. En cambio, Dios bendijo abundantemente a Obededom que acogió el arca durante tres meses. Por eso, el rey David quiso trasladar el arca de casa de Obededom a Jerusalén y lo hizo con tal solemnidad que nada tenía que envidiar a nuestras procesiones actuales. Cada seis pasos sacrificaban un buen y un carnero cebado. David danzaba delante de arca entre los clamores y cantos del pueblo (1 Sam 6). Era una verdadera procesión, llevando el arca de la alianza como representación de Dios. Los israelitas hasta se postraban ante ella como ante el mismo Dios para pedirle por el pueblo (Josue 7,6). Y nosotros ¿no podremos arrodillarnos antes las imágenes sagradas, que representan a Cristo, a María o a los santos en señal de respeto hacia las personas a quienes representan? ¿Acaso el profeta Daniel no se arrodilló ante el ángel Gabriel? (Daniel 8, 17) ¿o Josué ante el ángel del ejército de Yahvé? (Jos 5,14).

 

Esta veneración tan profunda que los judíos tenían al arca de la alianza era del agrado de Dios, pues hizo muchos milagros a través de ella. Por ejemplo, la toma de Jericó (Jos 6), el paso del Jordán (Jos 3,14) etc. Esto mismo ha ocurrido siempre con muchas imágenes sagradas y el negarlo es negar la historia y la veracidad de muchos santos que nos hablan de ello.

 

Las imágenes sagradas son buenas.

 

En el siglo VIII y IX los iconoclastas o destructores de las imágenes revivieron la idea de que era pecado tener imágenes, pero en su defensa salieron S. Juan Damasceno y otros. El mismo concilio VII universal de Nicea aprobó y aceptó las imágenes, que tienen también los cristianos ortodoxos. En Trento, el concilio ordena que “las imágenes de Cristo, de la Virgen Madre de Dios y de otros santos se tengan y guarden en las iglesias y se les dé el honor y reverencia debidos, no porque se crea que hay en ellas alguna divinidad o virtud, en consideración a la cual debe dárseles culto o pedirles alguna cosa o poner en ellas la confianza, como hacían antiguamente los gentiles que colocaban sus esperanzas en los ídolos; sino, porque el honor manifestado a ellas se refiere a los prototipos a quienes estas imágenes representan, de tal manera que por las imágenes, que besamos y ante las cuales nos descubrimos y nos arrodillamos, adoramos a Cristo y veneramos a los santos cuya semejanza tienen”. (Concilio de Trento sesión 25).

 

Además, si Jesús quiso aparecerse en la tierra y tomar carne humana ¿no podremos representarlo como hombre a través de imágenes?. El “es imágen de Dios invisible, primogénito de toda criatura” (Col 1, 15). Si hubiera nacido en este siglo XXI ¿no le habríamos sacado fotografías y no nos gustaría tener en nuestras casas su fotografía o videos con sus predicaciones y milagros?  Pensemos, por ejemplo, en la sábana santa de Turín, estudiada por científicos del mundo entero y considerada desde hace siglos como la sábana auténtica que envolvió el cuerpo de Cristo. En ella aparece el rostro auténtico de Cristo. Y si Dios mismo permite tener el propio rostro o imagen de Cristo, ¿será pecado tener imágenes? En México la misma Virgen María nos ha dejado en el poncho del indio Juan Diego su propia imagen, que podemos todavía admirar. “En el séptimo concilio ecuménico de Nicea II del año 787, la Iglesia reconoció que es legítima la representación de Jesús en imágenes sagradas” (Cat 476). “El ha hecho suyos los rasgos de su propio cuerpo humano hasta el punto de que, pintados en una imagen sagrada, pueden ser venerados, porque el creyente que venera su imagen, venera a la persona representada en ella” (Cat 477).

 

Según el concilio de Nicea II, “siguiendo la enseñanza divinamente inspirada de nuestros SS. Padres y la tradición de la Iglesia católica (pues reconocemos ser del Espíritu Santo que habita en ella) definimos con toda exactitud y cuidado que las venerables y santas imágenes, como también la imagen de la preciosa y vivificante cruz, tanto las pintadas como las de mosaico u otra materia conveniente, se expongan en las santas iglesias de Dios, en los vasos sagrados y ornamentos, en las paredes y cuadros, en las casas y en los caminos, tanto las imágenes de N.S. Dios y Salvador Jesucristo como las de Nuestra Señora Inmaculada, la Santa Madre de Dios, de los santos ángeles y de todos los santos y justos” (Cat 1161).

 

Como diría S. Juan Damasceno: “La belleza y el color de las imágenes estimulan mi oracion. Es una fiesta para mis ojos, del mismo modo que el espectáculo del campo estimula mi corazón para dar gloria a Dios” (Cat 1162).

 

Los mismos santos, todos ellos personas eminentes en virtud y en santidad, han aceptado y dado gran importancia en sus vidas al uso de las imágenes sagradas. Santa Teresita del Niño Jesús en su Autobiografía nos relata cómo, cuando era niña y estaba gravemente enferma, la imagen de la Virgen de su habitación tomó vida y le sonrió, curándola instantáneamente. Santa Margarita Ma. de Alacoque nos habla en sus escritos de las revelaciones del Corazón de Jesús que le aseguraba que los lugares, donde la imagen de su Corazón fuera expuesta y honrada, serían  especialmente bendecidos por El. Muchos de nuestros hermanos protestantes rechazan las imágenes, pero ellos veneran la Biblia. La tienen como libro sagrado, como nosotros también, y esto no por lo que es materialmente, un libro de papel como otro cualquiera, sino por lo que representa. Por eso, la colocan en un lugar adecuado, la besan y la llevan con devoción y amor. ¿Acaso es eso idolatría? ¿Y por qué será tener imágenes o representaciones de los santos?


Tags: libro, católico, imágenes

Publicado por mario.web @ 19:14
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