Jueves, 18 de febrero de 2010
Aquella mañana, lluviosa y fría del mes de Diciembre, me dirigía al Centro Penitenciario de Guadalajara, para desarrollar mi labor profesional, con los médicos que atienden la salud de los internos. El día gélido invitaba a tomar un café, como primera medida, antes de proceder a nuestra acostumbrada entrevista. Para tal fin, uno de los doctores, rogó a Juan Miguel, que se acercara a la cafetería, entregándole al improvisado camarero, una cantidad suficiente.
A nuestra tertulia, se nos unió Quique, Sacerdote encargado de ayudar, aconsejar y catequizar a sus amigos, como solía llamar a los internos de este centro penitenciario. Quique procedía de Valencia, su ciudad natal, donde había ejercido su sagrado ministerio en una importante Parroquia. Su labor, no era la que él pensaba que Dios le exigía, puesto que su mayor ilusión, consistía en estar cerca de personas pobres o marginadas que necesitaran de ayuda. Así, se lo hizo saber al Sr. Obispo quien lo trasladó a este destino.
Minutos más tarde regresó Juan Miguel con los cafés; intentamos obsequiarle con el dinero sobrante, pero no lo aceptó, indicando que para él, este servicio lo realizaba gustosamente, al reconocerse útil hacía los demás. Bajando la cabeza casi en situación de humildad, abandonó el despacho, cerrando tras de sí la puerta. Confieso que me dejó impresionado la aptitud de este interno.
Juan Miguel, había participado con otros compañeros, en un atraco a una sucursal bancaria de Madrid y al ser detenido por la policía, fue encarcelado. Su juicio, fue defendido por un abogado de oficio, que no le conocía. Fue condenado a seis años y un día de privación de libertad, pero su ejemplar comportamiento, motivó que a los tres años, le concedieran grado de rehabilitació n para desarrollar servicios generales en el interior del recinto. 
Según Quique, Juan Miguel era un honrado padre de familia, con esposa y tres hijos que por diversas circunstancias, se había quedado sin trabajo. El subsidio que le concedió el Estado, era netamente insuficiente para alimentar a su familia y las oportunidades de trabajo, mínimas. Esta situación, unida a los malos consejos, de personas sin el más mínimo escrúpulo y tal vez debido a su propia debilidad, le arrastraron a delinquir.
Al finalizar el relato del Sacerdote, el debate no se hizo esperar. Cada uno de nosotros, aportábamos nuestra propia opinión, sin embargo nos interesaba escuchar lo que la Iglesia dictaba sobre el séptimo Mandamiento.
El séptimo Mandamiento, nos señaló Quique, prohíbe el robo, tomando o usando el bien ajeno contra la voluntad del dueño, y le obliga a la devolución del bien robado. No obstante, según el Catecismo, no existe robo al disponer y usar los bienes ajenos, en caso de necesidad urgente de remediar las necesidades inmediatas y esenciales como alimentos, vivienda, vestido etc. 
Igualmente, prohíbe esclavizar a los seres humanos, quitándoles su libertad. Así mismo, pecan contra este Mandamiento, la corrupción, la especulación en perjuicio de una tercera persona y con beneficio desmedido. Los trabajos mal hechos, el fraude fiscal, las falsificaciones de Cheques, los gastos excesivos, la codicia, el despilfarro. .. 
Pero es más, continua Quique en su relato, para los cristianos, no robar, es también, no ayudar a seres humanos, que carecen de pan para alimentarse, de techo donde cobijarse y de patria donde vivir, pues con claridad Jesús nos lo recordó en el evangelio de Mateo (25, 44.45): "Cuando lo dejasteis de hacer con uno de estos mis pequeños, que son mis hermanos, también Conmigo lo dejasteis de hacer". 
Amigos, concluía Quique, consolar, confortar, instruir, aconsejar, remediar o aliviar a nivel de nuestras posibilidades, la miseria humana, es un deber de los cristianos y de la Iglesia.
Al final de su comentario, se hizo un silencio absoluto. Nadie se atrevía a comentar nada. La exposición de Quique dejaba claro, que existían mucho juan migueles, fuera de las paredes de este Centro Penitenciario, que no cumplíamos en su mayor o menor medida, con este séptimo Mandamiento
Pensativos, nos fuimos marchando del despacho. Antes, naturalmente, nos despedimos de Juan Miguel con un sincero apretón de manos. 

Tags: séptimo, mandamiento

Publicado por mario.web @ 8:58  | religion
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