Lunes, 15 de marzo de 2010
El que coma de este pan vivirá para siempre...
Testimonio de Catalina sobre la Santa Misa
Catalina Rivas
www.GranCruzada.org
 
En la maravillosa catequesis con la que el Señor y la Virgen María nos han ido
instruyendo -en primer lugar enseñándonos la forma de rezar el Sto. Rosario, de
orar con el corazón, de meditar y disfrutar de los momentos de encuentro con
Dios y con nuestra Madre bendita; la manera de confesarse bien- está la del
conocimiento de lo que sucede en la Santa Misa y la forma de vivirla con el
corazón.
Este es el testimonio que debo y quiero dar al mundo entero, para mayor Gloria
de Dios y para la salvación de todo aquel que quiera abrir su corazón al Señor.
Para que muchas almas consagradas a Dios, reaviven el fuego del amor a Cristo,
unas que son dueñas de las manos que tienen el poder de traerlo a la tierra para
que sea nuestro alimento, las otras, para que pierdan la "costumbre rutinaria"
de recibirlo y revivan el asombro del encuentro cotidiano con el amor. Para que
mis hermanos y hermanas laicos del mundo entero vivan el mayor de los Milagros
con el corazón: la celebración de la Santa Eucaristía.
Era la vigilia del día de la Anunciación y los componentes del grupo nuestro
habíamos ido a confesarnos. Algunas de las señoras del grupo de oración no
alcanzaron a hacerlo y dejaron su confesión para el día siguiente antes de la
Santa Misa.
Cuando llegué al día siguiente a la Iglesia un poco atrasada, el señor Arzobispo
y los sacerdotes ya estaban saliendo al presbiterio. Dijo la Virgen con aquella
voz tan suave y femenina que a una le endulza el alma. "Hoy es un día de
aprendizaje para ti y quiero que prestes mucha atención, porque de lo que seas
testigo hoy, todo lo que vivas en este día, tendrás que participarlo a la
humanidad". Me quedé sobrecogida sin entender pero procurando estar muy atenta.
Lo primero que percibí es que había un coro de voces muy hermosas que cantaban
como si estuviesen lejos, a momentos se acercaba y luego se alejaba la música
como con el sonido del viento.
El señor Arzobispo empezó la Santa Misa, y al llegar a la Oración Penitencial,
dijo la Santísima Virgen:
"Desde el fondo de tu corazón, pide perdón al Señor por todas tus culpas, por
haberlo ofendido, así podrás participar dignamente de este privilegio que es
asistir a la Santa Misa."
Seguramente que por una fracción de segundo pensé: "Pero si estoy en Gracia de
Dios, me acabo de confesar anoche".
Ella contestó: "¿Y tú crees que desde anoche no has ofendido al Señor? Déjame
que Yo te recuerde algunas cosas. Cuando salías para venir aquí, la muchacha que
te ayuda se acercó para pedirte algo y como estabas con retraso, a la apurada,
le contestaste no de muy buena forma. Eso ha sido una falta de caridad de tu
parte y dices no haber ofendido a Dios...?"
"De camino hacia acá un autobús se atravesó en tu camino, casi te choca y te
expresaste en forma poco conveniente contra ese pobre hombre, en lugar de venir
haciendo tus oraciones, preparándote para la Santa Misa. Has faltado a la
caridad y has perdido la paz, la paciencia. ¿Y dices no haber lastimado al
Señor...?"
"En el último momento llegas, cuando ya la procesión de los celebrantes está
saliendo para celebrar la Misa...y vas a participar de ella sin una previa
preparación..."
-Ya, Madre Mía, ya no me digas más, no me recuerdes más cosas porque me voy a
morir de pesar y vergüenza- contesté.
"¿Por qué tienen que llegar en el último momento? Ustedes deberían estar antes
para poder hacer una oración y pedir al Señor que envíe Su Santo Espíritu, que
les otorgue un espíritu de paz que eche fuera el espíritu del mundo, las
preocupaciones, los problemas y las distracciones para ser capaces de vivir este
momento tan sagrado. Pero llegan casi al comenzar la celebración, y participan
como si participaran de un evento cualquiera, sin ninguna preparación
espiritual. ¿Por qué? Es el Milagro más grande, van a vivir el momento de regalo
más grande de parte del Altísimo y no lo saben apreciar."
Era bastante. Me sentía tan mal que tuve más que suficiente para pedir perdón a
Dios, no solamente por las faltas de ese día, sino por todas las veces que, como
muchísimas otras personas, esperé a que termine la homilía del sacerdote para
entrar en la Iglesia. Por las veces que no supe o me negué a comprender lo que
significaba estar allí, por las veces que tal vez habiendo estado mi alma llena
de pecados más graves, me había atrevido a participar de la Santa Misa.
Era día de Fiesta y debía recitarse el Gloria. Dijo nuestra Señora: -"Glorifica
y bendice con todo tu amor a la Santísima Trinidad en tu reconocimiento como
criatura Suya".
Qué distinto fue aquel Gloria. De pronto me veía en un lugar lejano, lleno de
luz ante la Presencia Majestuosa del Trono de Dios, y con cuánto amor fui
agradeciendo al repetir: "...Por tu inmensa Gloria Te alabamos, Te bendecimos,
Te adoramos, Te glorificamos, Te damos gracias, Señor, Dios Rey celestial, Dios
Padre Todopoderoso y evoqué el rostro paternal del Padre lleno de bondad...
Señor, Hijo único Jesucristo, Señor Dios, Cordero de Dios, Hijo del Padre, Tú
que quitas el pecado del mundo..." Y Jesús estaba delante de mí, con ese rostro
lleno de ternura y Misericordia: "...porque sólo Tú eres Dios, sólo Tú, Altísimo
Jesucristo, con el Espíritu Santo..." el Dios del Amor hermoso, Aquel que en ese
momento estremecía todo mi ser...
Y pedí: "Señor, libérame de todo espíritu malo, mi corazón te pertenece, Señor
mío envíame tu paz para conseguir el mejor provecho de esta Eucaristía y que mi
vida dé sus mejores frutos. Espíritu Santo de Dios, transfórmame, actúa en mí,
guíame ¡Oh Dios, dame los dones que necesito para servirte mejor...!"
Llegó el momento de la Liturgia de la Palabra y la Virgen me hizo repetir:
"Señor, hoy quiero escuchar Tu Palabra y producir fruto abundante, que Tu Santo
Espíritu limpie el terreno de mi corazón, para que Tu Palabra crezca y se
desarrolle, purifica mi corazón para que esté bien dispuesto."
"Quiero que estés atenta a las lecturas y a toda la homilía del sacerdote.
Recuerda que la Biblia dice que la Palabra de Dios no vuelve sin haber dado
fruto. Si tú estás atenta, va a quedar algo en ti de todo lo que escuches. Debes
tratar de recordar todo el día esas Palabras que dejaron huella en ti. Serán dos
frases unas veces, luego será la lectura del Evangelio entera, tal vez solo una
palabra, paladear el resto del día y eso hará carne en ti porque esa es la forma
de transformar la vida, haciendo que la Palabra de Dios lo transforme a uno".
"Y ahora, dile al Señor que estás aquí para escuchar lo que quieres que Él diga
hoy a tu corazón".
Nuevamente agradecí a Dios por darme la oportunidad de escuchar Su Palabra y le
pedí perdón por haber tenido el corazón tan duro por tantos años y haber
enseñado a mis hijos que debían ir a Misa los domingos, porque así lo mandaba la
Iglesia, no por amor, por necesidad de llenarse de Dios...
Yo que había asistido a tantas Eucaristías, más por compromiso; y con ello creía
estar salvada. De vivirla, ni soñar, de poner atención en las lecturas y la
homilía del sacerdote, menos.
¡Cuánto dolor sentí por tantos años de pérdida inútil, por mi ignorancia!...
¡Cuánta superficialidad en las Misas a las que asistimos porque es una boda, una
Misa de difunto o porque tenemos que hacernos ver con la sociedad! ¡Cuánta
ignorancia sobre nuestra Iglesia y sobre los Sacramentos! ¡Cuánto desperdicio en
querer instruirnos y culturizarnos en las cosas del mundo, que en un momento
pueden desaparecer sin quedarnos nada, y que al final de la vida no nos sirven
ni para alargar un minuto a nuestra existencia! Y sin embargo, de aquello que va
a ganarnos un poco del cielo en la tierra y luego la vida eterna, no sabemos
nada, ¡Y nos llamamos hombres y mujeres cultos…!
Un momento después llegó el Ofertorio y la Santísima Virgen dijo "Reza así: (y
yo la seguía) Señor, te ofrezco todo lo que soy, lo que tengo, lo que puedo,
todo lo pongo en Tus manos. Edifica Tú, Señor con lo poco que soy. Por los
méritos de Tu Hijo, transfórmame, Dios Altísimo. Te pido por mi familia, por mis
bienhechores, por cada miembro de nuestro Apostolado, por todas las personas que
nos combaten, por aquellos que se encomiendan a mis pobres oraciones... Enséñame
a poner mi corazón en el suelo para que su caminar sea menos duro. Así oraban
los santos, así quiero que lo hagan".
Y es que así lo pide Jesús, que pongamos el corazón en el suelo para que ellos
no sientan la dureza, sino que los aliviemos con el dolor de aquel pisotón. Años
después leí un librito de oraciones de un Santo al que quiero mucho: José María
Escrivá de Balaguer y allá pude encontrar una oración parecida a la que me
enseñaba la Virgen. Tal vez este Santo a quien me encomiendo, agradaba a la
Virgen Santísima con aquellas oraciones.
De pronto empezaron a ponerse de pie unas figuras que no había visto antes. Era
como si del lado de cada persona que estaba en la Catedral, saliera otra persona
y aquello se llenó de unos personajes jóvenes, hermosos. Iban vestidos con
túnicas muy blancas y fueron saliendo hasta el pasillo central dirigiéndose
hacia el Altar.
Dijo nuestra Madre: "Observa, son los Ángeles de la Guarda de cada una de las
personas que está aquí. Es el momento en que su Ángel de la Guarda lleva sus
ofrendas y peticiones ante el Altar del Señor."
En aquel momento, estaba completamente asombrada, porque esos seres tenían
rostros tan hermosos, tan radiantes como no puede uno imaginarse. Lucían unos
rostros muy bellos, casi femeninos, sin embargo la complexión de su cuerpo, sus
manos, su estatura era de hombre. Los pies desnudos no pisaban el suelo, sino
que iban como deslizándose, como resbalando. Aquella procesión era muy hermosa.
Algunos de ellos tenían como una fuente de oro con algo que brillaba mucho con
una luz blanca-dorada, dijo la Virgen: -"Son los Ángeles de la Guarda de las
personas que están ofreciendo esta Santa Misa por muchas intenciones, aquellas
personas que están conscientes de lo que significa esta celebración, aquellas
que tienen algo que ofrecer al Señor..."
"Ofrezcan en este momento..., ofrezcan sus penas, sus dolores, sus ilusiones,
sus tristezas, sus alegrías, sus peticiones. Recuerden que la Misa tiene un
valor infinito por lo tanto, sean generosos en ofrecer y en pedir."
Detrás de los primeros Ángeles venían otros que no tenían nada en las manos, las
llevaban vacías. Dijo la Virgen: -"Son los Ángeles de las personas que estando
aquí, no ofrecen nunca nada, que no tienen interés en vivir cada momento
litúrgico de la Misa y no tienen ofrecimientos que llevar ante el Altar del
Señor."
En último lugar iban otros Ángeles que estaban medio tristones, con las manos
juntas en oración pero con la mirada baja. -"Son los Ángeles de la Guarda de las
personas que estando aquí, no están, es decir de las personas que han venido
forzadas, que han venido por compromiso, pero sin ningún deseo de participar de
la Santa Misa y los Ángeles van tristes porque no tienen qué llevar ante el
Altar, salvo sus propias oraciones."
"No entristezcan a su Ángel de la Guarda... Pidan mucho, pidan por la conversión
de los pecadores, por la paz del mundo, por sus familiares, sus vecinos, por
quienes se encomiendan a sus oraciones. Pidan, pidan mucho, pero no sólo por
ustedes, sino por los demás."
"Recuerden que el ofrecimiento que más agrada al Señor es cuando se ofrecen
ustedes mismos como holocausto, para que Jesús, al bajar, los transforme por Sus
propios méritos. ¿Qué tienen que ofrecer al Padre por sí mismos? La nada y el
pecado, pero al ofrecerse unidos a los méritos de Jesús, aquel ofrecimiento es
grato al Padre."
Aquel espectáculo, aquella procesión era tan hermosa que difícilmente podría
compararse a otra. Todas aquellas criaturas celestiales haciendo una reverencia
ante el Altar, unas dejando su ofrenda en el suelo, otras postrándose de
rodillas con la frente casi en el suelo y luego que llegaban allá desaparecían a
mi vista.
Llegó el momento final del Prefacio y cuando la asamblea decía: "Santo, Santo,
Santo" de pronto, todo lo que estaba detrás de los celebrantes desapareció. Del
lado izquierdo del señor Arzobispo hacia atrás en forma diagonal aparecieron
miles de Ángeles, pequeños, Ángeles grandes, Ángeles con alas inmensas, Ángeles
con alas pequeñas, Ángeles sin alas, como los anteriores; todos vestidos con
unas túnicas como las albas blancas de los sacerdotes o los monaguillos.
Todos se arrodillaban con las manos unidas en oración y en reverencia inclinaban
la cabeza. Se escuchaba una música preciosa, como si fueran muchísimos coros con
distintas voces y todos decían al unísono junto con el pueblo: Santo, Santo,
Santo…
Había llegado el momento de la Consagración, el momento del más maravilloso de
los Milagros... Del lado derecho del Arzobispo hacia atrás en forma también
diagonal, una multitud de personas, iban vestidas con la misma túnica pero en
colores pastel: rosa, verde, celeste, lila, amarillo; en fin, de distintos
colores muy suaves. Sus rostros también eran brillantes, llenos de gozo,
parecían tener todos la misma edad. Se podía apreciar (y no puedo decirlo por
quéGui?o que había gente de distintas edades, pero todos parecían igual en las
caras, sin arrugas, felices. Todos se arrodillaban también ante el canto de
"Santo, Santo, Santo, es el Señor..."
Dijo nuestra Señora: -"Son todos los Santos y Bienaventurados del cielo y entre
ellos, también están las almas de los familiares de ustedes que gozan ya de la
Presencia de Dios." Entonces la vi. Allá justamente a la derecha del señor
Arzobispo... un paso detrás del celebrante, estaba un poco suspendida del suelo,
arrodillada sobre unas telas muy finas, transparentes pero a la vez luminosas,
como agua cristalina, la Santísima Virgen, con las manos unidas, mirando atenta
y respetuosamente al celebrante. Me hablaba desde allá, pero silenciosamente,
directamente al corazón, sin mirarme.
-"¿Te llama la atención verme un poco más atrás de Monseñor, verdad? Así debe
ser... Con todo lo que Me ama Mi Hijo, no Me Ha dado la dignidad que da a un
sacerdote de poder traerlo entre Mis manos diariamente, como lo hacen las manos
sacerdotales. Por ello siento tan profundo respeto por un sacerdote y por todo
el milagro que Dios realiza a través suyo, que me obliga a arrodillarme aquí."
¡Dios mío, cuánta dignidad, cuánta gracia derrama el Señor sobre las almas
sacerdotales y ni nosotros, ni tal vez muchos de ellos estamos concientes!
Delante del altar, empezaron a salir unas sombras de personas en color gris que
levantaban las manos hacia arriba. Dijo la Virgen Santísima: -"Son las almas
benditas del Purgatorio que están a la espera de las oraciones de ustedes para
refrescarse. No dejen de rezar por ellas. Piden por ustedes, pero no pueden
pedir por ellas mismas, son ustedes quienes tienen que pedir por ellas para
ayudarlas a salir para encontrarse con Dios y gozar de Él eternamente."
-"Ya lo ves, aquí Estoy todo el tiempo... La gente hace peregrinaciones y busca
los lugares de Mis apariciones, y está bien por todas las gracias que allá se
reciben, pero en ninguna aparición, en ninguna parte Estoy más tiempo presente
que en la Santa Misa. Al pie del Altar donde se celebra la Eucaristía, siempre
Me van a encontrar; al pie del Sagrario permanezco Yo con los Ángeles, porque
Estoy siempre con Él."
Ver ese rostro hermoso de la Madre en aquel momento del "Santo", al igual que
todos ellos, con el rostro resplandeciente, con las manos juntas en espera de
aquel milagro que se repite continuamente, era estar en el mismo cielo. Y pensar
que hay gente, habemos personas que podemos estar en ese momento distraídas,
hablando... Con dolor lo digo, muchos varones más que mujeres, que de pie cruzan
los brazos, como rindiéndole un homenaje de pie al Señor, de igual a igual.
Dijo la Virgen: "Dile al ser humano, que nunca un hombre es más hombre que
cuando dobla las rodillas ante Dios."
El celebrante dijo las palabras de la "Consagración". Era una persona de
estatura normal, pero de pronto empezó a crecer, a volverse lleno de luz, una
luz sobrenatural entre blanca y dorada lo envolvía y se hacía muy fuerte en la
parte del rostro, de modo que no podía ver sus rasgos. Cuando levantaba la forma
vi sus manos y tenían unas marcas en el dorso de las cuales salía mucha luz.
¡Era Jesús!... Era Él que con Su Cuerpo envolvía el del celebrante como si
rodeara amorosamente las manos del señor Arzobispo. En ese momento la Hostia
comenzó a crecer y crecer enorme y en ella, el Rostro maravilloso de Jesús
mirando hacia Su pueblo.
Por instinto quise bajar la cabeza y dijo nuestra Señora: "No agaches la mirada,
levanta la vista, contémplalo, cruza tu mirada con la Suya y repite la oración
de Fátima: Señor, yo creo, adoro, espero y Te amo, Te pido perdón por aquellos
que no creen, no adoran, no esperan y no Te aman. Perdón y Misericordia... Ahora
dile cuánto lo amas, rinde tu homenaje al Rey de Reyes."
Se lo dije, parecía que sólo a mí me miraba desde la enorme Hostia, pero supe
que así contemplaba a cada persona, lleno de amor... Luego bajé la cabeza hasta
tener la frente en el suelo, como hacían todos los Ángeles y bienaventurados del
Cielo. Por fracción de un segundo tal vez, pensé qué era aquello que Jesús
tomaba el cuerpo del celebrante y al mismo tiempo estaba en la Hostia que al
bajarla el celebrante se volvía nuevamente pequeña. Tenía yo las mejillas llenas
de lágrimas, no podía salir de mi asombro.
Inmediatamente Monseñor dijo las palabras consagratorias del vino y junto a sus
palabras, empezaron unos relámpagos en el cielo y en el fondo. No había techo de
la Iglesia ni paredes, estaba todo oscuro solamente aquella luz brillante en el
Altar.
De pronto suspendido en el aire, vi a Jesús, crucificado, de la cabeza a la
parte baja del pecho. El tronco transversal de la cruz estaba sostenido por unas
manos grandes, fuertes. De en medio de aquel resplandor se desprendió una
lucecita como de una paloma muy pequeña muy brillante, dio una vuelta velozmente
toda la Iglesia y se fue a posar en el hombro izquierdo del señor Arzobispo que
seguía siendo Jesús, porque podía distinguir Su melena y Sus llagas luminosas,
Su cuerpo grande, pero no veía Su Rostro.
Arriba, Jesús crucificado, estaba con el rostro caído sobre el lado derecho del
hombro Podía contemplar el rostro y los brazos golpeados y descarnados. En el
costado derecho tenía una herida en el pecho y salía a borbotones, hacia la
izquierda sangre y hacia la derecha, pienso que agua pero muy brillante; más
bien eran chorros de luz que iban dirigiéndose hacia los fieles moviéndose a
derecha e izquierda. ¡Me asombraba la cantidad de sangre que fluía hacia del
Cáliz. Pensé que iba a rebalsar y manchar todo el Altar, ¡pero no cayó una sola
gota!
Dijo la Virgen en ese momento: -"Este es el milagro de los milagros, te lo He
repetido, para el Señor no existe ni tiempo ni distancia y en el momento de la
consagración, toda la asamblea es trasladada al pie del Calvario en el instante
de la crucifixión de Jesús."
¿Puede alguien imaginarse eso? Nuestros ojos no lo pueden ver, pero todos
estamos allá, en el momento en que a Él lo están crucificando y está pidiendo
perdón al Padre, no solamente por quienes lo matan, sino por cada uno de
nuestros pecados: "¡Padre, perdónalos porque no saben lo que hacen!"
A partir de aquel día, no me importa si me toman como a loca, pero pido a todos
que se arrodillen, que traten de vivir con el corazón y toda la sensibilidad de
que son capaces aquel privilegio que el Señor nos concede.
Cuando íbamos a rezar el Padrenuestro, habló el Señor por primera vez durante la
celebración y dijo:
"Aguarda, quiero que ores con la mayor profundidad que seas capaz y que en este
momento, traigas a tu memoria a la persona o a las personas que más daño te
hayan ocasionado durante tu vida, para que las abraces junto a tu pecho y les
digas de todo corazón: "En el Nombre de Jesús yo te perdono y te deseo la paz.
En el Nombre de Jesús te pido perdón y deseo mi paz. Si esa persona merece la
paz, la va a recibir y le hará mucho bien; si esa persona no es capaz de abrirse
a la paz, esa paz volverá a tu corazón. Pero no quiero que recibas y des la paz
a otras personas cuando no eres capaz de perdonar y sentir esa paz primero en tu
corazón."
"Cuidado con lo que hacen" – continuó el Señor - "Ustedes repiten en el
Padrenuestro: perdónanos así como nosotros perdonamos a los que nos ofenden. Si
ustedes son capaces de perdonar y no olvidar, como dicen algunos, están
condicionando el perdón de Dios. Están diciendo perdóname únicamente como yo soy
capaz de perdonar, no más allá."
No sé cómo explicar mi dolor, al comprender cuánto podemos herir al Señor y
cuánto podemos lastimarnos nosotros mismos con tantos rencores, sentimientos
malos y cosas feas que nacen de los complejos y de las susceptibilidades.
Perdoné, perdoné de corazón y pedí perdón a todos los que me habían lastimado
alguna vez, para sentir la paz del Señor.
El celebrante decía: "...concédenos la paz y la unidad... y luego: "la paz del
Señor esté con todos ustedes..."
De pronto vi que en medio de algunas personas que se abrazaban (no todos), se
colocaba en medio una luz muy intensa, supe que era Jesús y me abalancé
prácticamente a abrazar a la persona que estaba a mi lado. Pude sentir
verdaderamente el abrazo del Señor en esa luz, era Él que me abrazaba para darme
Su paz, porque en ese momento había sido yo capaz de perdonar y de sacar de mi
corazón todo dolor contra otras personas. Eso es lo que Jesús quiere, compartir
ese momento de alegría abrazándonos para desearnos Su Paz.
Llegó el momento de la comunión de los celebrantes, ahí volví a notar la
presencia de todos los sacerdotes junto a Monseñor. Cuando él comulgaba, dijo la
Virgen:
"Este es el momento de pedir por el celebrante y los sacerdotes que lo
acompañan, repite junto a Mí: Señor, bendícelos, santifícalos, ayúdalos,
purifícalos, ámalos, cuídalos, sostenlos con Tu Amor... Recuerden a todos los
sacerdotes del mundo, oren por todas las almas consagradas..."
Hermanos queridos, ese es el momento en que debemos pedir porque ellos son
Iglesia, como también lo somos nosotros los laicos. Muchas veces los laicos
exigimos mucho de los sacerdotes, pero somos incapaces de rezar por ellos, de
entender que son personas humanas, de comprender y valorar la soledad que muchas
veces puede rodear a un sacerdote.
Debemos comprender que los sacerdotes son personas como nosotros y que necesitan
comprensión, cuidado, que necesitan afecto, atención de parte de nosotros,
porque están dando su vida por cada uno de nosotros, como Jesús, consagrándose a
él.
El Señor quiere que la gente del rebaño que le ha encomendado Dios ore y ayude
en la santificación de su Pastor. Algún día, cuando estemos al otro lado,
comprenderemos la maravilla que el Señor ha hecho al darnos sacerdotes que nos
ayuden a salvar nuestra alma.
Empezó la gente a salir de sus bancas para ir a comulgar. Había llegado el gran
momento del encuentro, de la "Comunión", el Señor me dijo: -"Espera un momento,
quiero que observes algo..." por un impulso interior levanté la vista hacia la
persona que iba a recibir la comunión en la lengua de manos del sacerdote.
Debo aclarar que esta persona era una de las señoras de nuestro grupo que la
noche anterior no había alcanzado a confesarse, y lo hizo recién esa mañana,
antes de la Santa Misa. Cuando el sacerdote colocaba la Sagrada Forma sobre su
lengua, como un flash de luz, aquella luz muy dorada-blanca atravesó a esta
persona por la espalda primero y luego fue bordeándola en la espalda, los
hombros y la cabeza. Dijo el Señor:
"¡Así es como Yo Me complazco en abrazar a un alma que viene con el corazón
limpio a recibirme!"
El matiz de la voz de Jesús era de una persona contenta. Yo estaba atónita
mirando a esa amiga volver hacia su asiento rodeada de luz, abrazada por el
Señor, y pensé en la maravilla que nos perdemos tantas veces por ir con nuestras
pequeñas o grandes faltas a recibir a Jesús, cuando tiene que ser una fiesta.
Muchas veces decimos que no hay sacerdotes para confesarse a cada momento y el
problema no está en confesarse a cada momento, el problema radica en nuestra
facilidad para volver a caer en el mal. Por otro lado, así como nos esforzamos
por ir a buscar un salón de belleza o los señores un peluquero cuando tenemos
una fiesta, tenemos que esforzarnos también en ir a buscar un sacerdote cuando
necesitamos que saque todas esas cosas sucias de nosotros, pero no tener la
desfachatez de recibir a Jesús en cualquier momento con el corazón lleno de
cosas feas.
Cuando me dirigía a recibir la comunión Jesús repetía: -"La última cena fue el
momento de mayor intimidad con los Míos. En esa hora del amor, instauré lo que
ante los ojos de los hombres podría ser la mayor locura, hacerme prisionero del
Amor. Instauré la Eucaristía. Quise permanecer con ustedes hasta la consumación
de los siglos, porque Mi Amor no podía soportar que quedaran huérfanos aquellos
a quienes amaba más que a Mi vida..."
Recibí aquella Hostia, que tenía un sabor distinto, era una mezcla de sangre e
incienso que me inundó entera. Sentía tanto amor que las lágrimas me corrían sin
poder detenerlas...
Cuando llegué a mi asiento, al arrodillarme dijo el Señor: -"Escucha..." Y en un
momento comencé a escuchar dentro de mí las oraciones de una señora que estaba
sentada delante de mí y que acababa de comulgar.
Lo que ella decía sin abrir la boca era más o menos así: "Señor, acuérdate que
estamos a fin de mes y que no tengo el dinero para pagar la renta, la cuota del
auto, los colegios de los chicos, tienes que hacer algo para ayudarme... Por
favor, haz que mi marido deje de beber tanto, no puedo soportar más sus
borracheras y mi hijo menor, va a perder el año otra vez si no lo ayudas, tiene
exámenes esta semana... Y no te olvides de la vecina que debe mudarse de casa,
que lo haga de una vez porque ya no la puedo aguantar... etc., etc.
De pronto el señor Arzobispo dijo: "Oremos" y obviamente toda la asamblea se
puso de pie para la oración final. Jesús dijo con un tono triste: -"¿Te has dado
cuenta? Ni una sola vez Me ha dicho que Me ama, ni una sola vez ha agradecido el
don que Yo le He hecho de bajar Mi Divinidad hasta su pobre humanidad, para
elevarla hacia Mí. Ni una sola vez ha dicho: gracias, Señor. Ha sido una letanía
de pedidos... y así son casi todos los que vienen a recibirme."
"Yo He muerto por amor y Estoy resucitado. Por amor espero a cada uno de ustedes
y por amor permanezco con ustedes..., pero ustedes no se dan cuenta que necesito
de su amor. Recuerda que Soy el Mendigo del Amor en esta hora sublime para el
alma."
¿Se dan cuenta ustedes de que Él, el Amor, está pidiendo nuestro amor y no se lo
damos? Es más, evitamos ir a ese encuentro con el Amor de los Amores, con el
único amor que se da en oblación permanente.
Cuando el celebrante iba a impartir la bendición, la Santísima Virgen dijo:
"Atenta, cuidado... Ustedes hacen un garabato en lugar de la señal de la Cruz.
Recuerda que esta bendición puede ser la última que recibas en tu vida, de manos
de un sacerdote. Tú no sabes si saliendo de aquí vas a morir o no y no sabes si
vas a tener la oportunidad de que otro sacerdote te de una bendición. Esas manos
consagradas te están dando la bendición en el Nombre de la Santísima Trinidad,
por lo tanto, haz la señal de la Cruz con respeto y como si fuera la última de
tu vida."
¡Cuántas cosas nos perdemos al no entender y al no participar todos los días de
la Santa Misa! ¿Por qué no hacer un esfuerzo de empezar el día media hora antes
para correr a la Santa Misa y recibir todas las bendiciones que el Señor quiere
derramar sobre nosotros?
Estoy consciente de que no todos, por sus obligaciones pueden hacerlo
diariamente, pero al menos dos o tres veces por semana, sí y sin embargo tantos
esquivan la Misa del domingo con el pequeño pretexto de que tienen un niño chico
o dos o diez y por lo tanto no pueden asistir a Misa... ¿Cómo hacen cuando
tienen otro tipo de compromisos importantes? Cargan con todos los niños o se
turnan y el esposo va a una hora y la esposa a otra hora, pero cumplen con Dios.
Tenemos tiempo para estudiar, para trabajar, para divertirnos, para descansar,
pero NO TENEMOS TIEMPO PARA IR AL MENOS EL DOMINGO A LA SANTA MISA.
Jesús me pidió que me quedara con Él unos minutos más luego de terminada la
Misa. Dijo:
"No salgan a la carrera terminada la Misa, quédense un momento en Mi Compañía,
disfruten de ella y déjenme disfrutar de la de ustedes..."
Había oído a alguien de niña decir que el Señor permanecía en nosotros como 5 o
10 minutos luego de la comunión. Se lo pregunté en ese momento:
- Señor, verdaderamente, ¿cuánto tiempo te quedas luego de la comunión con
nosotros?
Supongo que el Señor se debió reír de mi tontera porque contestó: "Todo el
tiempo que tú quieras tenerme contigo. Si me hablas todo el día, dedicándome
unas palabras durante tus quehaceres, te escucharé. Yo estoy siempre con
ustedes, son ustedes los que Me dejan a Mí. Salen de la Misa y se acabó el día
de guardar, cumplieron con el día del Señor y se acabó, no piensan que Me
gustaría compartir su vida familiar con ustedes, al menos ese día."
"Ustedes en sus casas tienen un lugar para todo y una habitación para cada
actividad: un cuarto para dormir, otro para cocinar, otro para comer, etc. etc.
¿Cuál es el lugar que han hecho para Mí? Debe ser un lugar no solamente donde
tengan una imagen que está empolvada todo el tiempo, sino un lugar donde al
menos 5 minutos al día la familia se reúna para agradecer por el día, por el don
de la vida, para pedir por sus necesidades del día, pedir bendiciones,
protección, salud... Todo tiene un lugar en sus casas, menos Yo."
"Los hombres programan su día, su semana, su semestre, sus vacaciones, etc.
Saben qué día van a descansar, qué día ir al cine o a una fiesta, a visitar a la
abuela o los nietos, los hijos, a los amigos, a sus diversiones. ¿Cuántas
familias dicen una vez al mes al menos: "Este es el día en que nos toca ir a
visitar a Jesús en el Sagrario" y viene toda la familia a conversar Conmigo, a
sentarse frente a Mí y conversarme, contarme cómo les fue durante el último
tiempo, contarme los problemas, las dificultades que tienen, pedirme lo que
necesitan... ¡Hacerme partícipe de sus cosas!? ¿Cuántas veces?"
"Yo lo sé todo, leo hasta en lo más profundo de sus corazones y sus mentes, pero
me gusta que me cuenten ustedes sus cosas, que Me hagan partícipe como a un
familiar, como al más íntimo amigo" ¡Cuántas gracias se pierde el hombre por no
darme un lugar en su vida!"
Cuando me quedé aquel día con Él y en muchos otros días, fue dándonos enseñanzas
y hoy quiero compartir con ustedes en esta misión que me han encomendado. Dice
Jesús:
"Quise salvar a mi criatura, porque el momento de abrirles la puerta del cielo
ha sido preñado con demasiado dolor..." "Recuerda que ninguna madre ha
alimentado a su hijo con su carne, Yo He llegado a ese extremo de Amor para
comunicarles mis méritos."
"La Santa Misa Soy Yo mismo prolongando Mi vida y Mi sacrificio en la Cruz entre
ustedes. Sin los méritos de Mi vida y de Mi Sangre, ¿qué tienen para presentarse
ante el Padre? La nada, la miseria y el pecado..."
"Ustedes deberían exceder en virtud a los Ángeles y Arcángeles, porque ellos no
tienen la dicha de recibirme como alimento, ustedes sí. Ellos beben una gota del
manantial, pero ustedes que tienen la gracia de recibirme, tienen todo el océano
para beberlo."
La otra cosa de la que habló con dolor el Señor fue de las personas que hacen un
hábito de su encuentro con Él. De aquellas que han perdido el asombro de cada
encuentro con Él. Que la rutina vuelve a ciertas personas tan tibias que no
tienen nada nuevo que decirle a Jesús al recibirlo. De no pocas almas
consagradas que pierden el entusiasmo de enamorarse del Señor y hacen de su
vocación un oficio, una profesión a la que no se le entrega más que lo que exige
de uno, pero sin sentimiento...
Luego el Señor me habló de los frutos que debe dar cada comunión en nosotros. Es
que sucede que hay gente que recibe al Señor a diario y que no cambia su vida.
Que tienen muchas horas de oración y que hace muchas obras, etc. etc. Pero su
vida no se va transformando y una vida que no se va transformando, no puede dar
frutos verdaderos para el Señor. Los méritos que recibimos en la Eucaristía
deben dar frutos de conversión en nosotros y frutos de caridad para con nuestros
hermanos.
Los laicos tenemos un papel muy importante dentro de nuestra Iglesia, no tenemos
ningún derecho a callarnos ante el envío que nos hace el Señor como a todo
bautizado, de ir a anunciar la Buena Nueva. No tenemos ningún derecho de
absorber todos estos conocimientos y no darlos a los demás y permitir que
nuestros hermanos se mueran de hambre teniendo nosotros tanto pan en nuestras
manos.
No podemos mirar que se esté desmoronando nuestra Iglesia, porque estamos
cómodos en nuestras Parroquias, en nuestras casas, recibiendo y recibiendo tanto
del Señor: Su Palabra, las homilías del sacerdote, las peregrinaciones, la
Misericordia de Dios en el Sacramento de la confesión, la unión maravillosa con
el alimento de la comunión, las charlas de tales o cuales predicadores.
En otras palabras, estamos recibiendo tanto y no tenemos el valor de salir de
nuestras comodidad, de ir a una cárcel, a un instituto correccional, hablarle al
más necesitado, decirle que no se entregue, que ha nacido católico y que su
Iglesia lo necesita, ahí, sufriente, porque ese su dolor va a servir para
redimir a otros, porque ese sacrificio le va a ganar la vida eterna.
No somos capaces de ir donde los enfermos terminales en los hospitales y rezando
la coronilla a la Divina Misericordia, ayudarlos con nuestra oración en ese
momento de lucha entre el bien y el mal, para librarlos de las trampas y
tentaciones del demonio. Todo moribundo tiene temor y el solo tomar la mano de
uno de ellos y hablarle del amor de Dios y de la maravilla que lo espera en el
Cielo junto a Jesús y María, junto a sus seres que partieron, los reconforta.
La hora que estamos viviendo, no admite filiaciones con la indiferencia. Tenemos
que ser la mano larga de nuestros sacerdotes para ir donde ellos no pueden
llegar. Pero para ello, para tener el valor, debemos recibir a Jesús, vivir con
Jesús, alimentarnos de Jesús.
Tenemos miedo a comprometernos un poco más y cuando el Señor dice: "Busca
primero el Reino de Dios y lo demás se te dará por añadidura", es el todo
hermanos. Es el buscar el Reino de Dios por todos los medios y con todos los
medios y... ¡abrir las manos para recibir TODO por añadidura; porque es el
Patrón que mejor paga, el único que está atento a tus menores necesidades!


Hermano, hermana, gracias por haberme permitido cumplir con la misión que se me
ha encomendado: hacerte llegar estas páginas.
La próxima vez que asistas a la Santa Misa, vívela. Sé que el Señor cumplirá
contigo la promesa de que "Nunca más tu Misa volverá a ser la de antes", y
cuando lo recibas: ¡Ámalo! Experimenta la dulzura de sentirte reposando entre
los pliegues de Su costado abierto por ti, para dejarte Su Iglesia y Su Madre,
para abrirte las puertas de la Casa de Su Padre, para que seas capaz de
comprobar Su Amor Misericordioso a través de este testimonio y trates de
corresponderle con tu pequeño amor.
Que Dios te bendiga en esta Pascua de Resurrección.
Tu hermana en Jesucristo Vivo,
Catalina
Misionera laica del Corazón Eucarístico de Jesús



ANOTACIONES
"NO ENCUENTRO NADA EN CONTRA DE LA FE O LAS COSTUMBRES DE LA IGLESIA"
PBRO. DANIEL GAGNON, OMI
COMISIÓN PARA LA DOCTRINA DE LA FE
ARQUIDIÓCESIS DE MÉXICO
ABRIL 2000
NO ES MI FUNCIÓN CONFIRMAR SU CARÁCTER SOBRENATURAL. SIN EMBARGO LO RECOMIENDO
POR SU INSPIRACIÓN ESPIRITUAL.


Propiedad registrada © 2004, La Gran Cruzada del Amor y Misericordia. Todo
derecho reservado. Este libro se publica en coordinación con El Apostolado de la
Nueva Evangelización (ANE).
Permiso es otorgado para reproducir este libro en su totalidad, sin haber
sufrido cambios o adiciones, y siempre y cuando la reproducción y distribución
sean hechas únicamente sin fines de lucro. Este documento está disponible sin
costo ninguno, a través del Internet. Se puede entrar en línea e imprimir de los
siguientes sitios en el WEB:
En español: www.grancruzada.org
En inglés: www.greatcrusade.org
Para información adicional, por favor escriba a:
La Gran Cruzada del Amor y Misericordia
(The Great Crusade of Love and Mercy)
P.O. Box 857, Lithonia, Georgia 30058 USA
www.loveandmercy.org
Por favor, ¡comparte este regalo! Si Jesús le habló a tu corazón mientras leías
esta libro, por favor comparte estas palabras, sacando fotocopias de este
documento para difundirlo a personas que al leerlo pienses que vayan a ser
bendecidas. Por favor, permite que el Espíritu Santo te guíe en la
evangelización, de acuerdo con los dones que Él te ha dado.

Tags: Santa, Misa

Publicado por mario.web @ 9:38  | religion
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