Lunes, 15 de marzo de 2010

La fe de cada día es un combate con Dios (nunca es contra el prójimo), como el que sostuvo Jacob. Es una lucha entre aceptar la voluntad de Dios y la nuestra. Como dice Jesucristo en la oración del Padre Nuestro: “Hágase tu voluntad y no la mía”. Hoy nuestra fe nos interpela: ¿Aceptamos con alegría la voluntad del Señor?

Como dice un Padre de la Iglesia del siglo V: “El que se ama a sí mismo no puede amar la voluntad de Dios. En cambio, quien deja de amarse a sí mismo para alcanzar la verdadera riqueza, que es el amor de Dios, éste ama a Dios. No busca nunca su propia gloria, sino la de Dios. El que se ama a sí mismo busca su propia gloria, pero el que ama a Dios desea la gloria de su Creador. No olvidemos, queridos hermanos, que el alma tiene experiencia del amor de Dios, busca siempre la gloria de Dios, hacer en todo su voluntad y se alegra en todo momento de estar profundamente sujeto a EL, pues es el autor de la vida”. (Diádoco de FoticéGui?o.

 

Este hacer la voluntad de Dios es la felicidad; es por esto que el cristiano cada día tiene que contar con el Dios sorpresivo de Abraham, Isaac, Jacob y de Nuestro Señor Jesucristo. Él hace todo nuevo, destruye nuestro hombre viejo que nos lleva al camino de la rutina, y nos inculca su naturaleza.

El Crisóstomo escribe en el siglo IV: “ Cuando hablo de oración me refiero a esa oración que no se hace por rutina sino de corazón; que no queda circunscrita a unos determinados momentos, sino que brota continuamente desde el fondo de nuestro ser de día y de noche”.

La Madre Iglesia, sabia pedagoga, nos propone la Santa Cuaresma para rescatar la imagen divina perdida por el pecado, la rutina, la burguesía, la instalación, la comodidad, el pasarlo bien…..

Decía San Gregorio Magno: “El objetivo del ayuno durante la Cuaresma consiste en la privación de nuestros vicios más que en los alimentos”.

La interiorizació n de la iniciación cristiana nos lleva a descubrir a Cristo que está dentro de nosotros, está esposado con cada uno de nosotros. El Crisóstomo dice: “El primer camino de penitencia consiste en la acusación de nuestros pecados (no del otro); confiesa primero tus pecados y serás justificado”.

Decir mis pecados es experimentar ya la salvación, el perdón y entrar en las entrañas de la misericordia de Dios, en cambio, decir los pecados del “otro” es experimentar la muerte del ser.

Interesante la palabra hebrea RAHAMÍN que significa entrañas de misericordia. Confiar en la misericordia de Dios es entrar en el útero (Rehem) de Dios que tiene poder de regenerar, a través de su Iglesia, y gestar cristianos. Así como el hierro se transforma en acero a través de un convertidor en los altos hornos, también el hombre es introducido en el útero de Dios a través del don de la conversión para que nazca una criatura nueva, como dijo Jesús a Nicodemo (Jn. 3,4).

Nos preguntamos ¿Por qué Dios permite la tentación del hombre? ¿Qué sabiduría y discernimiento nos enseña? San Agustín nos da la clave: “Nuestra vida, en efecto, mientras dura esta peregrinación (avanzamos hacia la muerte y lo que poseo ¿para quién será?), no puede verse libre de tentaciones; pues nuestro progreso se realiza por medio de la tentación y nadie puede conocerse a sí mismo si no es tentado, ni puede ser coronado si no ha vencido, ni puede vencer si no ha luchado, ni puede luchar si carece de enemigo y tentaciones”.

Si nos quitan las tentaciones no nos salvamos, seriamos fotocopias, sin vida, sin tentaciones no somos nada. Por eso, gracias a ellas nos podemos conocer y ser llevados a la humildad, esto es, a la verdad, a la autenticidad del hombre en la tierra. ¿De qué nos tienta el Demonio? Creo principalmente de tres cosas: salud, dinero y amor.

¿Por qué el hombre se corrompe tanto hoy día? Si vemos el mundo que nos rodea, nunca el poder político (nuestra sociedad no es cristiana, es pagana, los gobernantes no son cristianos) ha estado más corrompido en una Democracia, nunca la malversación de fondos y la abundancia de sobornos ha sido mayor, nunca los sistemas occidentales han estado más cerca de la quiebra y todo ello no a causa de una amenaza interna, sino de la podredumbre moral de sus dirigentes. Anunciemos y vivamos el evangelio en pequeñas comunidades, de esta forma haremos una nueva humanidad. San Gregorio d Nacianzo nos ha dado la pista. En definitiva, el hombre no conoce la VIDA que nos otorga Dios. Lo propio de un cristiano es el discernimiento de la sabiduría de la cruz. Es verdad que ésta se adquiere vendiendo los bienes y dándoselos a los pobres, lo dice Jesucristo, no lo digo yo. Tocar los “bienes” ( dinero) es tocar la médula central del hombre. Con esta llave fundamental, los Santos Padres y toda la Iglesia escrutaba la Palabra de Dios. Ya lo decía Jesús “en ellas encontraremos la Vida Eterna” (Jn.. 5,39).

El santo Juan Pablo II afirma: “Dios ha puesto en el corazón del hombre el “hambre” de su Palabra (Amós 8,11), un hambre que sólo se saciará en la plena unión con él”.

Como sugieren los Padres, el cristiano “medita la Torá y los profetas, día y noche”, o como decía Jerónimo “con amor, hasta convertir el corazón en biblioteca de libros sagrados”, de manera que “no se aparte nunca de la lectura de la Escritura”.

El cristiano ha de vivir desde la Palabra y para ella, considerándola “como una lámpara para sus pasos”. No se trata de exponer la Palabra de Dios de una forma abstracta y general, sino de que fluya de su ser como un manantial de agua y que sepa aplicarla a las circunstancias concretas de la historia.

Los padres de la Iglesia vivían en la Palabra, pensaban y hablaban a través de la Palabra, con esa admirable penetración que llega hasta la identificació n de su ser con la misma sustancia bíblica. San Antonio afirma: “En las palabras de la Escritura se encuentra el Señor cuya presencia no pueden soportar los demonios”.

Para el cristiano, Cristo, la Palabra hecha carne, es la clave de lectura y la luz que ilumina todas las Escrituras, por eso es a Cristo a quien busca el cristiano cuando escruta y son la vida y las palabras de Cristo las que interpretan auténticamente las Escrituras. ¿Cómo escrutar la Palabra de Dios? Se escruta partiendo del texto central y de los paralelos inmediatos que constituyen “el tronco y las ramas centrales”; de cada uno de los paralelos se va iniciando un camino que se va ramificando progresivamente hasta formar una especie de árbol de citas bíblicas con sus correspondientes comentarios. Así, poco a poco, la Palabra se va volviendo “carne propia” y se van aprendiendo de memoria fragmentos centrales de las Escrituras.

Según la tradición rabínica todo buen israelita debería haber copiado todas las Escrituras de su propio puño y letra al menos una vez en la vida.

Como dice Benedicto XVI: “La Iglesia siempre debe renovarse y rejuvenecerse, por la Palabra de Dios, que no envejece ni se agota jamás, es el medio privilegiado para este fin. En efecto, es la palabra de Dios la que, por la acción del Espíritu Santo, nos guía siempre de nuevo a la verdad completa. En este marco, quisiera recordar y recomendar sobre todo la antigua tradición de la LECTIO DIVINA: la lectura asidua de la Sagrada Escritura acompañada por la oración realiza el coloquio íntimo en el que, leyendo, se escucha a Dios que habla, y, orando, se le responde con confiada apertura del corazón. Estoy convencido de que, si esta práctica se promueve eficazmente, producirá en la Iglesia una nueva primavera espiritual. Por eso, es preciso impulsar ulteriormente, como elemento fundamental de la pastoral bíblica, la LECTIO DIVINA, también mediante la utilización de métodos nuevos, adecuados a nuestro tiempo y ponderados atentamente. Jamás se debe olvidar que la Palabra de Dios es lámpara para nuestros pasos y luz en nuestro sendero”.

Toda esta contemplación de la Palabra nos lleva a dos cosas: Amar a Cristo y amar al prójimo. Si esta realidad no se da, no somos cristianos, así nos sepamos de memoria toda las Escrituras.

Si la Palabra no se hace carne en nuestra historia, todo es vanidad de vanidades.

El mismo Jesucristo que nos revela el rostro del Padre es quien nos enseña a dirigirnos a ÉL con la oración del Padrenuestro. Los incorporados a Cristo por el Bautismo hemos recibido su mismo Espíritu, que nos hace clamar Abbá, Padre. El anhelo de nuestro corazón humano busca a Dios, aun sin saberlo, ha sido colmado por Aquel que se ha hecho nuestro compañero de camino, comunicándonos su misma vida divina.

La aceptación por la fe del misterio de Dios, Padre, Hijo y Espíritu Santo, sitúa al cristiano en una forma de oración sin par en las otras religiones. Pues la primera experiencia del Espíritu Santo se da en el mismo acto de fe, y es el mismo Espíritu quien impulsa la oración al Padre, la lleva adelante compensando nuestra flaqueza y nos capacita para el comportamiento cristiano.

El cristiano sabe que Dios “llama incansablemente a cada persona al encuentro misterioso de la oración”. Si el Dios vivo y verdadero no puede ser conocido más que cuando Él mismo toma la iniciativa de revelarse, la oración se descubre como absolutamente necesaria, porque pone al hombre en disposición de recibir el don de la Revelación. Cuando ésta es vaciada de su contenido trinitario y es equiparada a las revelaciones de otras religiones, la oración se vacía de Cristo y, en consecuencia, deja de ser cristiana.

Se puede ver con mucha preocupación, cómo las confusiones respecto al misterio de Cristo y a la concepción católica de la Revelación han llevado a algunos cristianos a la minusvaloració n de la oración de petición, o a formas sustitutivas de oración, en las que los métodos se confunden con los contenidos, se distancia de la oración pública de la Iglesia y se pone en peligro la relación entre lo que se cree y lo que se ora.

¿Cómo orar?

Invoca al Señor con confianza: Señor Jesucristo, Hijo de Dios, ¡ten compasión de mí que soy un pecador o pecadora!

Se dice que esta invocación es antiquísima y se sitúan sus orígenes en la mitad del siglo V-

Cuando se invoca al Señor, el nombre de Jesucristo parece encarnarse; y el hombre percibe en su intimidad que el Señor mismo está presente en el nombre divino. Es verdad que la repetición frecuente y constante suscita, según la naturaleza humana, un estado mental, una disposición estable que acompaña cualquier otra preocupación exterior del hombre. De este modo, nuestros sentimientos se vinculan y adhieren al corazón.

Como en todo, existe el peligro de la religiosidad natural que en vez de que la invocación del nombre de Jesús nos lleve a aceptar la historia, (la historia del matrimonio, del marido violento o de la mujer neurótica, del hijo drogadicto, de la suegra, del jefe, de la nuera, del vecino, de la precariedad etc) nos evada de ella. Es decir, buscar perversamente consolaciones espirituales sin una actitud sincera y auténtica de aceptar la voluntad de Dios. Esto vivido así nos puede conducir a la aberración, es decir, una especie de esquizofrenia espiritual.

La antropología que tiene el Demonio es perversa y asesina. Siempre tiene un mal concepto del hombre. Dios, en cambio, siempre piensa bien de ti y de mí; siempre confía en nosotros.

Y para terminar y no aburrir, uno de los grandes castigos que estamos pasando hoy es la insensibilidad por las cosas divinas. ¿Dónde está esta sensibilidad por la naturaleza de Dios? ¿Cómo se adquiere? Dice el obispo Teófano: “La adquiere un cristiano mediante la oración. Esta es como la “respiración del Espíritu Santo”. Del mismo modo que los pulmones, durante el fenómeno de la respiración, se ensanchan y aspiran el elemento vivificante del aire, así también en el tiempo de la oración se abren las honduras de nuestro corazón para recibir el don de Aquel que nos conduce a la unión con Dios. Y así como el oxigeno que se recibe en la sangre es inmediatamente transportado a todo el cuerpo para vivificarlo, así también el don de Dios, una vez recibido, penetra y vivifica de inmediato todo nuestro ser interior”.

Normalmente, la experiencia íntima de Dios (y esto lo han experimentado todos los santos místicos) no consiste en una imaginación abstracta, sino, más bien, en un sentimiento de su PRESENCIA.

¡Ven Señor Jesús ¡ 


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Publicado por mario.web @ 10:33  | religion
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