Sospecho que para la mayoría de
nosotros la palabra "ego"
tiene mala connotación. Acusar a alguien de que
tiene un gran ego es
acusarle de estar súper-pagado de sí mismo,
hinchado, epatante y
falto de humildad. Casi siempre oponemos las
palabras "ego" y
"humildad". Tener un gran ego es no ser
humilde.
Pero esa percepción puede ser simplista y falsa.
Tener un fuerte y
gran ego no es necesariamente algo malo. Por
ejemplo:
Poca gente hubiera pensado alguna vez que Madre
Teresa tuviera un gran
ego. Nos parece que ella era la humildad
encarnada. Sin embargo,
tenía claramente un ego enorme –una fuerte
auto-estima que le
capacitaba para plantarse frente al mundo entero
convencida de su
verdad, convencida de su valer y convencida de su
importancia. Ella
podía mostrarse firme ante cualquiera en el mundo,
segura de sí
misma por el convencimiento de que su persona y su
palabra eran
importantes. Hay que tener un ego fuerte para
hacer eso, un ego más
potente del que la mayoría de nosotros poseemos.
Ciertamente esa fue
una de las claves de su grandeza. Tenía conciencia
de que era un
instrumento único y bendito en manos de Dios en
este mundo y estaba
suficientemente segura de sí misma como para
actuar gracias a ello.
Y sin embargo, era humilde. Al mismo tiempo, era
siempre consciente de
que todo lo que la hacía única, especial y poderosa,
no
procedía de sí misma, sino de Dios. Ella era
simplemente un canal
del poder y de la gracia de algún Otro. Tenía un
enorme ego, pero
no era egoísta. Nunca fue una mujer "pagada
de sí misma";
solamente la colmaba Dios.
[10]
Juan Pablo II podría ser considerado de modo
parecido: Él
también fue un modelo de humildad, pero también
poseía
clarísimamente un gran ego. Podía enfrentarse a
millones de
personas, extender sus brazos para decirles:
"¡Os quiero! ¡Y es
importante que escuchéis esto que os digo!"
Se necesita un
potente ego para hacer eso. La mayoría de nosotros
hubiéramos
experimentado un congénito paro del corazón, si
hubiéramos
intentado hacerlo. Nos sentiríamos bloqueados y
paralizados por cien
inhibiciones internas, todas ellas paralizándonos
con éstas o
parecidas palabras: "¿Quién piensas que eres
tú para algo como
esto? ¿Quién te da el derecho a pensar que el
mundo quiere de ti
una declaración de amor?"
De nuevo, como Madre Teresa, Juan Pablo podía
decir eso y, aun
así, ser humilde, porque también tenía claro que
su
singularidad extraordinaria y su gracia no
procedían de sí mismo
ni le pertenecían como propiedad. Él solamente era
su canal. Él
podía acceder a la grandeza y dejarla fluir a
través de sí
mismo sin pedir excusas; pero no se identificaba
con esa grandeza ni la
reclamaba como suya propia. Ahí está la diferencia
entre humildad
y vana grandiosidad, entre ser grande y ser
egoísta. Un egoísta
puede alcanzar la grandeza, pero, a diferencia de
un santo, se
identifica con ella y la reclama como propia.
La espiritualidad, en general, ha tardado en
admitir la importancia del
ego, y con frecuencia ha sido en negación radical
del papel que
juega en la grandeza, especialmente en la grandeza
espiritual.
De alguna manera nos cuesta admitir que santos
como Francisco de Asís
<
http://es.wikipedia .org/wiki/ Francisco_ de_As%C3% ADs>
, Teresa de
Ávila <http://es.wikipedia .org/wiki/ Teresa_de_ %C3%81vila>
, Juan de
la Cruz <http://es.wikipedia .org/wiki/ Juan_de_la_ Cruz>
, Antonio Mª
Claret <http://es.wikipedia .org/wiki/ Antonio_Maria_ Claret>
o Teresa de
Lisieux <http://es.wikipedia .org/wiki/ Teresa_de_ Lisieux>
tuvieran
enormes egos - poderosas imágenes de sí mismos que
les daban
seguridad en el sentido de su importancia singular
y única. Por el
contrario proyectamos sobre ellos una falsa idea
de humildad que para
ellos no es genuina y que a nosotros nos hiere.
Nos hiere porque para tantos de nosotros el mayor
problema de nuestras
vidas, incluyendo nuestra vida espiritual,
consiste precisamente en que
nuestros egos son demasiado débiles. La imagen que
tenemos de
nosotros mismos es demasiado frágil como para
permitirnos hacer nada
realmente grande o, simplemente, aun para
proyectarnos hacia los
demás con cálida cordialidad y con amor.
Porque la imagen que tenemos de nosotros mismos es
débil, a
diferencia de Madre Teresa o Juan Pablo II, nos
sentimos demasiado
cohibidos para salir de nosotros mismos, para
proclamar nuestra verdad
y para expresar nuestro amor. Sentimos demasiadas
voces interiores (sin
duda, originariamente voces procedentes del
exterior) que habitualmente
nos paralizan con éstas o parecidas palabras:
"Pero ¿quién
piensas que eres tú? ¡Eso es soberbia y
arrogancia! ¡Eso es
justamente tu ego! ¡No tienes las cualidades
suficientes, o no eres
lo bastante bueno para hacer eso! ¡Nadie quiere o
espera eso de
ti!"
Así mismo, no es porque nuestros egos sean
fuertes, sino porque son
débiles, por lo que con tanta frecuencia sentimos
la necesidad de
protegernos a nosotros mismos. Luchamos para no
ser vulnerables, para no
volvernos paranoicos. ¿Por qué? Precisamente por
que no nos
sentimos suficientemente seguros en nuestro interior,
porque nuestros
egos y nuestro sentido de autoestima están flojos
e inseguros.
Francisco de Asís, Teresa de Ávila, Teresa de
Lisieux, Antonio
Mª Claret y Juan de la Cruz nunca tuvieron
necesidad de protegerse a
sí mismos. Se sentían suficientemente seguros para
ser
vulnerables. Tenían fuertes egos.
Nosotros deberíamos estar siempre cansados ya de
soberbia, de
egoísmo. Pero la falsa humildad no nos protege
contra la soberbia. En
cambio nos impide ser cordiales y cariñosos - y,
desde luego, nos
impide llevar a cabo nunca algo grande.
Según los
Evangelios, el Reino de Dios es la clave de los
propósitos, del proceder y de la psicología de
Jesús. Como si
las imágenes del Reino dominaran tanto su conducta
que sólo ellas
bastaran para explicar de raíz lo que quiso hacer
en su vida, y los
choques y adhesiones entre los que vivió.
[4] Lo que quiso hacer, desde luego. Mateo y
Marcos dicen que
anunciando el Reino es como empezó: «Se han
cumplido los tiempos y
se acercó el Reino de Dios; convertíos y creed en
el
Evangelio». Y Lucas, que describe esos comienzos
como una
enseñanza que hace famoso a Jesús, sin más
especificar,
concreta en seguida 10 pretendido en ella: ..
Querían retenerle...
pero El les dijo: "También a otras ciudades
tengo que anunciar el
Evangelio del Reino de Dios"· (4,4-25.).
El Reino es para Jesús la felicidad de los pobres
(Mt 5,3) y lo
primero que tenemos que pedirle a Dios (ibid. 6,
10), es como un tesoro
O una perla maravillosa por la que uno vendería
todo lo que tiene; es
lo que vale la pena buscar antes que la comida y
el vestido y si Dios se
complace en darle el Reino a uno, entonces ya no
hay nada que temer
(ibid. 12, 22-32).
Estaba en Daniel dicho que los designios de Dios
culminarían al
llegar su Reino, un Reino indestructible (2,44, 7,
27). Jesús ve ese
momento, pero con un matiz de ternura que no
estaba en Daniel: con toda
su grandeza el Reino es cuestión de pobres (Lc
6,20), de niños (Mt
19,24), de enfermos (10,9), de atormentados por el
demonio (1 1,20).
De antiguo estaba el Reino ofrecido a los judíos.
Pero Jesús nos
descubre que Dios lo abre a todos y que incluso publícanos
y prostitutas
entrarán antes que los que estaban en principio
llamados (Mt 21,31).
Y esto lo dice Jesús porque ve que al anunciar el
Reino divide a sus
compatriotas en vez de arrastrarles.
La manera como empezaron los conflictos no se nos
cuenta con pormenor en
los Evangelios, sin duda porque las tradiciones
recogidas en ellos son
de una época en el que el por qué de los
conflictos estaba claro y
no necesitaba explicación ninguna.
Pero la clave está sin duda en la cuestión del
Reino. Decenios
antes de que se presentara Jesús los escritos más
populares
había hecho de la idea del Reino de Dios el centro
de las esperanzas
de la gente, de sus preocupaciones de re y de la
religiosidad
multitudinaria. Lo que ocurría es que había muchas
maneras de
entender lo del Reino de Dios.
Había, por ejemplo zelotas, que querían promover
la acción
violenta contra los romanos; ellos apoyaban su
ideología y su
violencia en la voluntad de instaurar el Reino.
Había grupos más
reservados, pero no menos nacionalistas, los
cuales se organizaban en
una especie de asociaciones comprometidas a
especiales observancias de
la ley y hasta se unían en comunidades como
monacales, separándose
de la sociedad establecida; no faltaban entre
ellos quienes despreciaban
al sacerdocio tradicional y lo desprestigiaban
ante la gente: todo en el
nombre del Reino de Dios. Y luego estaban los
grandes sacerdotes de
Jerusalén y todo el sector de escribas cercano a
ellos, a quienes
más bien molestaba que se hablara del Reino por el
significado
subversivo que la palabra en la práctica había ido
adquiriendo.
Jesús no se echó atrás del uso de la palabra Reino
por estar
ella en boca de muchos subversivos. Esto ya le
costó las suspicacias
y odiosidad de las altas instancias sacerdotales.
Pero tampoco aceptó
de ninguna manera que el Reino se malentendiera
como banderín de
enganche para la violencia, el nacionalismo, la
soberbia de grupos
cerrados sobre sí, la autosuficiencia farisaica de
alguien.
La rabia contra Jesús se iba extendiendo más
cuanto más
Jesús iba conquistando el prestigio y la autoridad
de ser el buen
intérprete del Reino. Si el Reino de Dios era lo
que decía
Jesús, entonces no tenían justificación ni los
amigos de la
violencia, ni los nacionalistas, ni los que se
atribuían la exclusiva
de ser en sus grupos cerrados los únicos
depositarios de la esperanza
del Reino.
Y a Jesús, en su pasión por el Reino, todo se le
volvía
explicar cómo tenía que verse correctamente el
Reino en la
perspectiva de Dios: como algo que necesitaba más
justicia que la de
escribas y fariseos (Mt 5,20), de crecimiento
oculto como una semilla
(Mc 4,26-29), pequeño al principio como grano de
mostaza, pero bueno
al fin para nidos de toda clase de pájaros (Mt13,
31-32), como red
con mil peces malos y buenos necesitados de
escogerse bien (ibid.
47-50), como campo de trigo y cizaña (ibid.
24-30).. Y, sobre todo,
como lo que se da gratis (Mt 20,1-15) y se les va
a quitar a los
judíos de entonces (ibid. 21-43).
Esto ya colmaba el vaso y muchísimos fueron contra
Jesús. Y
Jesús no se echó atrás aunque vio venir la muerte.
Se
despidió, hasta un encuentro en el Reino (Mc
14,25) y murió
viéndose reconocido como quien tiene el poder del
Reino, por uno de
aquellos malditos a quienes se excluía de la
entrada en el Reino (ver
Lc 23,42s.).