Antes de que
los ojos puedan ver la Luz
deben ser
incapaces de llorar por los disgustos
de la vida
diaria, por los fracasos y sinsabores
de la
existencia cotidiana.
Antes de que
el oído pueda escuchar la verdad,
debe haber
perdido la sensibilidad
por el
orgullo herido,
la crítica
injusta, y los desagradables incidentes
de la
personalidad.
Antes de que
la voz pueda hablar
en
presencia de los maestros,
debe ser
capaz de estar dispuesto a dejarlo todo,
a perderlo
todo, a renunciar
a lo
conocido y seguro,
afrontando
la soledad y el sufrimiento de la vida.
Mata la
ambición,
pero
trabaja como trabajan los ambiciosos,
por amor a
Dios.
Mata el
deseo de bienestar,
pero sé
feliz como los que viven
para la
felicidad material.
Mata el
sentimiento de separación,
pues todos
somos parte de la Vida:
pero
aprende a permanecer solo,
pues nadie
puede vivir tu vida por ti.
Mata la
sed de crecimiento
que
alimenta tu vanidad y tu orgullo:
Crece como
crece la flor,
inconscientemente,
sin mortificarse
con
esfuerzos penosos, con alegría.
Desea
ardientemente el poder,
pero no el
poder egoísta
por el que
luchan los hombres,
sino el
que consiste en conocer tu corazón.
Desea
ardientemente la paz,
la que
procede del interior,
la que
nada puede turbar,
aunque te
encuentres
en medio
de la batalla de la vida,
la que se
funda en el silencio y la comprensión.
Busca la
senda, más no por extremados esfuerzos,
sino
abriéndote a las inspiraciones de tu corazón,
porque
todo lo que deseas
te llegará
a su debido tiempo,
cuando
estés preparado para recibirlo.
Busca el
camino penetrando en tu interior,
retirándote
al seno del Silencio, para escuchar
la voz de
tu alma.
Busca el
camino avanzando
resueltamente
por el exterior:
No temáis,
nada os dañará:
mirad
alrededor, ved lo que pasa en el mundo,
y aprended
las lecciones que os ofrece.