Jesús, cubierto con la capa colorada, con la corona de espinas sobre la cabeza y el cetro de caña entre las manos atadas, fue conducido de nuevo al palacio de Pilatos. Resultaba irreconocible a causa de la sangre que le cubría los ojos, la boca y la barba. Su cuerpo era pura llaga; andaba encorvado y temblando. Cuando Nuestro Señor llegó ante Pilatos, este hombre débil y cruel se echó a temblar de horror y compasión, mientras el populacho y los sacerdotes, en cambio, seguían insultándole y burlándose de Él.
Los sacerdotes y sus adeptos, gritaron llenos de furia: «¡ Mátalo! ¡ Crucifícalo!» «¿Todavía no os basta? ?dijo Pilatos?. El castigo que ha recibido le habrá quitado las ganas de ser rey.» Pero ellos, furiosos, seguían gritando y cada vez más gente se añadía a la exigencia: «¡Mátalo! ¡Crucifícalo!» Pilatos mandó tocar otra vez la trompeta y pidiendo silencio dijo: «Entonces, tomadlo y crucificadlo vosotros, pues yo no hallo en Él ninguna culpa.»