Lunes, 05 de abril de 2010

Por Luis María Ansón

ALLÍ donde hay un hospital dedicado al sida, lo mismo en África
que en Asia o Iberoamérica, también en Europa, son monjas y curas
católicos los que están a pie de cama para atender a los enfermos.
He recorrido en trabajo profesional más de cien países. En las
leproserías de todo el mundo, en los asilos de ancianos terminales,
en los hospitales para enfermos infecciosos, sólo se encuentra uno
con misioneras y misioneros católicos. Esa es la escueta verdad.
Nunca me he tropezado en esos lugares con un comunista militante, con
uno de esos manifestantes que vociferan contra la Iglesia. Los
misioneros y misioneras permanecen al margen de las pancartas y los
sermones políticos. Derraman su amor sobre los leprosos, los sidosos,
los enfermos terminales, los ancianos sin techo, los desfavorecidos y
desamparados.
Aún más, todos los profesionales del periodismo sabemos que cuando
estalla una tragedia del tipo que sea en el tercer mundo, encontraremos
información
certera en la misionera o el misionero españoles, que ejercen su
ministerio en los lugares más miserables. Nunca fallan, esa es la
realidad.
José Luis Rodríguez Zapatero, para dar una lección a la Iglesia
Católica, ha decidido obsequiar a África con un millón de
preservativos pagados a través de los impuestos con los que sangra a
los ciudadanos españoles. ¿A cuántos militantes del PSOE,
encabezados por Bibiana Aído, va a enviar para que se instalen
durante diez años en los hospitales especializados en sida, para que
convivan con los enfermos, les atiendan, les den de comer, les limpien,
les acompañen? El Papa ha instalado en el África enferma a muchos
millares de monjas y curas, de misioneros y misioneras. Obras son
amores. Esa es la diferencia entre los que vociferan y los que derraman
cariño y atenciones.
Conocí en enero de 1967, cuando carecía de la celebridad que
adquirió posteriormente, a Teresa de Calcuta. Pasé un día con
ella visitando sus hangares para enfermos terminales. Escuché con
atención lo que me decía. Fue una lección de quién sabía
mejor que nadie en qué consisten las tierras duras del hambre, el
mundo de los desfavorecidos profundos. Supe que estaba hablando con una
santa. Y así lo escribí. Pues bien, en el cuerno africano, en las
ciu-
dades estercoleros de África, en los pueblos escombreras de Asia, en
las favelas brasileñas o en las villamiserias peruanas, trabajan para
los más pobres, para los más desfavorecidos, millares y millares
de teresitas de Calcuta.
El Papa cree que la mejor forma de combatir el sida en África es la
monogamia y la fidelidad. No ha tenido en cuenta lo estupendas que
están las negritas y lo difícil que tiene que ser, ante el
espectáculo de tanta belleza y atractivo, que los negros
politeístas y polígamos practiquen la virtud de la monogamia. Pero
ironías aparte, quienes combaten el sida en África, quienes
atienden a los enfermos son las misioneras, los misioneros católicos.
Escuché en una tertulia de radio a un simpático homosexual cebarse
con el Papa y despotricar contra la Iglesia. Se me ocurrió aclararle:
«Dicen que el sida está especialmente extendido entre los
homosexuales aunque afecte ya a los heterosexuales. Seguro que tú
nunca te pondrás enfermo. Pero ten por seguro que, si así fuera,
quien te atenderá con amor y dedicación en el hospital será una
monja católica». Se quedó callado como una puta el simpático
gay y los tertulianos se apresuraron a cambiar de tema.
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Luis María Anson es miembro de la Real Academia Española.

Tags: Iglesia, sida, HIV

Publicado por mario.web @ 10:45
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