Mi?rcoles, 14 de julio de 2010

El papa Pablo VI expresa que la Iglesia reconoce en la devoci?n a la Virgen una poderosa ayuda para que el hombre llegue a conseguir la plenitud de su vida, siendo ella misma prenda, garant?a y muestra de que en una persona de nuestra raza humana, se ha realizado ya el proyecto de Dios para salvar a todo el hombre.

Dice adem?s que el culto a la Virgen tiene fuertes ra?ces en la Palabra revelada y que la m?ltiple misi?n que la Virgen Mar?a ejerce para con el Pueblo de Dios es una realidad sobrenatural que act?a eficazmente en la comunidad eclesial.





La devoci?n de la Iglesia hacia la Sant?sima Virgen pertenece a la naturaleza misma del culto cristiano.?La veneraci?n que siempre y en todo lugar ha manifestado a la Madre del Se?or, desde la bendici?n de Isabel hasta las expresiones de alabanza y s?plica de nuestro tiempo, constituye un s?lido testimonio de c?mo la ?lex orandi? (el culto) es una invitaci?n a reavivar en las conciencias la ?lex credendi? (la fe). Y viceversa: la ?lex credendi? de la Iglesia requiere que por todas partes florezca lozana la ?lex orandi? en relaci?n con la Madre de Cristo.

El culto a la Virgen tiene ra?ces profundas en la Palabra revelada y s?lidos fundamentos en las verdades de la doctrina cat?lica, tales como:

- la singular dignidad de Mar?a, Madre del Hijo de Dios y, por lo mismo, Hija predilecta del Padre y templo del Esp?ritu Santo; por tal extraordinaria gracia aventaja con mucho a todas las dem?s criaturas, celestiales y terrestres;

- su cooperaci?n incondicional?en momentos decisivos de la obra de la salvaci?n llevada a cabo por su Hijo;

- su santidad, que ya era plena en el momento de su concepci?n inmaculada y que, no obstante, fue creciendo m?s y m?s a medida que se adher?a a la voluntad del padre y recorr?a el camino del sufrimiento, progresando constantemente en te, esperanza y caridad;

- su misi?n y el puesto que ocupa, ?nico en el Pueblo de Dios, del que es al mismo tiempo miembro eminente, ejemplar acabado y Madre amant?sima;

- su incesante y eficaz intercesi?n, mediante la cual, aun habiendo sido asunta al cielo, sigue mostr?ndose cercana a los fieles que la suplican y aun a aquellos que ignoran que realmente son hijos suyos;

- su gloria, en fin, que ennoblece a todo el g?nero humano, como lo expres? maravillosamente el poeta Dante: ?tu eres aquella que ennobleci? tanto la naturaleza humana, que su Creador no desde?? convertirse en hechura tuya?; en efecto, Mar?a pertenece a nuestra estirpe como verdadera hija de Eva, aunque ajena a la mancha de la madre, y verdadera hermana nuestra, que ha compartido en todo nuestra condici?n, como mujer humilde y pobre.

A?adiremos que el culto a la Virgen tiene su raz?n ?ltima en el designio insondable y libre de Dios, el cual, siendo amor eterno y divino, lleva a cabo todo seg?n un designio de amor:?la am? y obr? en ella maravillas; la am? por s? mismo, la am? por nosotros; se la dio a s? mismo y nos la dio a nosotros.

Cristo es el ?nico camino al Padre, Cristo es el modelo supremo al que el disc?pulo debe conformar la propia conducta, hasta lograr tener sus mismos sentimientos, vivir su vida y poseer su Esp?ritu. Esto es lo que la Iglesia ha ense?ado en todo tiempo y nada en la acci?n pastoral debe oscurecer esta doctrina.

Pero la misma Iglesia, guiada por el Esp?ritu Santo y amaestrada por una experiencia secular, reconoce que tambi?n el culto a la Virgen Mar?a, de modo subordinado al culto que rinde al Salvador y en conexi?n con ?l, tiene una gran eficacia pastoral y constituye una fuerza renovadora de la vida cristiana.La raz?n de dicha eficacia se intuye f?cilmente. La m?ltiple misi?n que la Virgen Mar?a ejerce para con el Pueblo de Dios es una realidad sobrenatural que act?a eficazmente en la comunidad eclesial.

Ser? ?til considerar los diversos aspectos de dicha misi?n y ver c?mo todos se orientan, cada uno con su eficacia propia, hacia el mismo fin: reproducir en los hijos los rasgos espirituales del Hijo primog?nito.

Queremos decir que la maternal intercesi?n de la Virgen, su ejemplar santidad y la gracia de Dios que hay en ella, se convierten para el g?nero humano en motivo de esperanza sobrenatural.

La misi?n maternal encomendada a Mar?a invita constantemente al Pueblo de Dios a dirigirse con filial confianza a Aquella que est? siempre dispuesta a acoger sus oraciones con amor de Madre y con eficaz ayuda de Auxiliadora.?Por eso el Pueblo de Dios la invoca como ?consoladora de los afligidos?, ?salud de los enfermos? y ?refugio de los pecadores?, para obtener consuelo en la tribulaci?n, alivio en la enfermedad y fuerza liberadora en el pecado. Y en verdad Ella, la libre de todo pecado, conduce a sus hijos a vencer con en?rgica determinaci?n el pecado. Y, hay que afirmarlo nuevamente, esta liberaci?n del pecado es la condici?n necesaria para toda renovaci?n de las costumbres cristianas.

La santidad ejemplar de la Virgen mueve a los fieles a levantar sus ojos hacia Mar?a, la cual brilla como modelo de virtud ante toda la comunidad de los elegidos.?Y se trata de virtudes s?lidas, evang?licas: la fe y la d?cil aceptaci?n de la Palabra de Dios; la obediencia generosa; la humildad sincera; la sol?cita caridad; la sabidur?a reflexiva; la verdadera piedad, que la mueve a cumplir sus deberes religiosos, a expresar su acci?n de gracias por los bienes recibidos, a ofrecer en el Templo y a tomar parte en la oraci?n de la comunidad apost?lica; la fortaleza en el destierro y en el dolor; la pobreza llevada con dignidad y confianza en el Se?or; el vigilante cuidado hacia el Hijo desde la humildad de la cuna hasta la ignominia de la Cruz; la delicadeza en el servicio; la pureza virginal y el fuerte y casto amor esponsal.

De estas virtudes de la Madre se adornar?n los hijos, que con tenaz prop?sito contemplan sus ejemplos para imitarlos en la propia vida. Y tal progreso en la virtud aparecer? como consecuencia y fruto maduro de aquella fuerza pastoral que brota del culto tributado a la Virgen Mar?a.

La devoci?n hacia la Madre del Se?or ofrece a los fieles ocasi?n de crecer en la gracia divina: finalidad ?ltima de toda acci?n pastoral.?Porque es imposible honrar a la llena de gracia sin valorar en s? mismo el don de la gracia, es decir, la amistad con Dios, la comuni?n de vida con El, la inhabitaci?n del Esp?ritu. Esta gracia divina afecta a todo el hombre y lo hace conforme a la imagen del Hijo.

La Iglesia cat?lica, apoyada en su experiencia secular, reconoce en la devoci?n a la Virgen una poderosa ayuda para que el hombre llegue a conseguir la plenitud de su vida. Mar?a, la ?mujer nueva?, est? junto a Cristo, ?el hombre nuevo?, a la luz de cuyo misterio encuentra sentido el misterio del hombre. Y es as? como prenda y garant?a de que en una persona de nuestra raza humana, en Mar?a, se ha realizado ya el proyecto de Dios para salvar a todo el hombre.

Al hombre contempor?neo, frecuentemente zarandeado entre la angustia y la esperanza, postrado por la sensaci?n de sus l?mites, asaltado por aspiraciones sin fin, turbado en el ?nimo y dividido en el coraz?n, la mente suspendida por el enigma de la muerte, oprimido por la soledad mientras tiende fuertemente a la comunicaci?n con los dem?s, presa de sentimientos de n?usea y hast?o; a este hombre contempor?neo, la Virgen, contemplada en las circunstancias de su vida terrena o en la felicidad de que goza ya en la Ciudad de Dios, ofrece una visi?n serena y una palabra tranquilizadora: es una garant?a de que la esperanza triunfar? sobre la angustia, la comuni?n sobre la soledad, la paz sobre la turbaci?n, la alegr?a y la belleza sobre el tedio y la n?usea, las perspectivas eternas sobre los deseos terrenos, la vida sobre la muerte.

Sean como el sello de nuestra exhortaci?n y una nueva prueba del valor pastoral de la devoci?n a la Virgen para conducir los hombres a Cristo, las mismas palabras que Ella dirigi? a los criados en las bodas de Can?: ?haced lo que El os diga?. Palabras que en apariencia se limitan al deseo de poner remedio a la inc?moda situaci?n de un banquete, pero que en verdad, si consideramos las perspectivas del cuarto evangelio, son una frase en la que parece resonar la f?rmula usada por el Pueblo de Israel para ratificar la Alianza del Sina? o para renovar los compromisos all? adquiridos, y son tambi?n totalmente conformes con la palabra del Padre en la aparici?n del monte Tabor: ?escuchadle?.

Nos ha parecido bien, venerables Hermanos, tratar extensamente de este culto a la Madre del Se?or, por ser parte integrante del culto cristiano. Lo ped?a la importancia de la materia, objeto de estudio, de revisi?n y tambi?n de controversias en estos ?ltimos a?os.

Nos conforta pensar que el trabajo realizado para poner en pr?ctica las normas del Concilio, por parte de la Sede Apost?lica y por vosotros mismos, sobre todo en la reforma de la liturgia, est? siendo una gran ayuda para que se tribute a Dios Padre, Hijo y Esp?ritu Santo un culto cada vez m?s vivo y consciente y para que vaya creciendo la vida cristiana de los fieles. Es tambi?n un motivo de confianza el constatar que la renovada liturgia romana constituye un claro testimonio de la devoci?n de la Iglesia hacia la Virgen Mar?a. Nos sostiene adem?s la esperanza de que ser?n sinceramente aceptadas y puestas en pr?ctica las directrices para hacer dicha devoci?n cada vez m?s vigorosa. Y finalmente nos alegra la oportunidad que el Se?or nos ha concedido de ofrecer estas consideraciones sobre algunos puntos doctrinales, con los que esperamos crezca la estima y se renueve y confirme la pr?ctica del Rosario.

Consuelo, confianza, esperanza y alegr?a que, uniendo nuestra voz a la de la Virgen en su Magnificat, deseamos traducir en ferviente alabanza y acci?n de gracias al Se?or.

Mientras deseamos, pues Hermanos queridos, que gracias a vuestro empe?o diligente, se produzca en el clero y en el pueblo confiado a vuestros cuidados, un saludable incremento de la devoci?n mariana, con indudable provecho para la Iglesia y la sociedad humana, impartimos de coraz?n a vosotros y a todos los fieles encomendados a vuestra solicitud pastoral, una especial Bendici?n Apost?lica.

Dado en Roma, junto a San Pedro, el d?a 2 de febrero, fiesta de la Presentaci?n del Se?or, del a?o 1974, und?cimo de nuestro Pontificado.

Pablo VI



Publicado por mario.web @ 23:24
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