Mi?rcoles, 25 de agosto de 2010

La fidelidad implica perpetuidad. La perpetuidad es elemento o
dimensi?n esencial de la totalidad. La perpetuidad es la totalidad en
el tiempo. Un don total es necesariamente un don perpetuo y
definiti vo. Darse enteramente es e implica darse para siempre.
Pablo VI llama a la donaci?n propia de la vida religiosa -por su
semejanza con la de Cristo a la Iglesia- "don absolut?simo e
irre vocable" (ET 7).

Existe, sin embargo, una problem?tica, agudizada en los
?ltimos a?os, en torno a la posibilidad misma de con traer
compromisos definitivos, y, por lo mismo, sobre si es posible la
fidelidad, teniendo en cuenta la tem poralidad constitutiva de la
persona humana. Creemos ne cesario apuntar algunas ideas para
responder a esta problem?tica:

[4] Es cierto que el ser humano -var?n, mujer- est? medido
intr?nsecamen? te por la temporalidad. Pero no es s?lo tiempo.
Hay en ?l elementos de eternidad, que hacen posible y ase guran
una continuidad interior y que son una base para la fidelidad. El hombre
vive para siempre, aun que no vive desde siempre. Su "yo"
m?s profundo permanece a trav?s de todos los cambios. Su
verda dera identidad es eterna e indestructible. Si no es ?lo
mismo? que ayer, es "el mismo" que ayer. El hom bre
desempe?a m?ltiples papeles en el gran teatro de la vida; pero,
por debajo de esos m?ltiples pape les que representa, hay un
papel que es realmente.

Tambi?n es cierto que los estados de conciencia se suceden y
cambian. Pero la conciencia, propiamen te, no. Hay una certidumbre
inviolable en cada per sona de ser "ella misma", sin
posibles suplanta ciones.

La misma psicolog?a del amor humano exige, por lo menos en la
intenci?n, perpetuidad. Un amor que no es para siempre, carece de
valor aut?ntico. Se?a lar o suponer fechas para el amor
resulta incluso ofensivo para el amor mismo y para la persona que ama o
es amada. Los sentimientos, sobre todo cuando van impregnados de
ego?smo o se basan en una simple atracci?n f?sica, son volubles
e inconstantes. Pero el amor verdadero -que es amar a la persona por
raz?n de ella misma, para ella misma y porque es ella- resiste la
separaci?n y la prueba, y es eterno.

Por otra parte, y ahora nos situamos ya en el campo estrictamente
teol?gico, que es el propio de la vida cristiana y de la vida
consagrada, la persona humana ha quedado ya instalada, por la gracia, en
la vida eterna. Est? ya viviendo ahora la vida eterna, como realidad
presente: la misma vida de Dios-Trinidad, aunque todav?a
inicialmente, y en espera de consumaci?n definitiva. Instalada ya
verdaderamente, aunque todav?a de modo incompleto, en la eternidad,
tiene capacidad para comprometerse de forma definitiva, superando
incluso su condici?n temporal.

Por ?ltimo, y esto es lo m?s decisivo, trat?ndose de la
vida religiosa -especialmente consagrada-, el problema no hay que
plantearlo desde el hombre, sino desde Dios; no desde la iniciativa
humana, sino desde la vocaci?n divina. Nadie es religioso por propia
iniciativa. Es Dios quien llama y quien capacita para responder. En
Dios, llamar es dar. La vocaci?n es un verdadero don. Y los dones de
Dios, por ser dones de amor, enteramente gratuitos, son dones
definitivos, sin posible arrepentimiento por parte del mismo Dios, como
nos recuerda san Pablo: "Los dones y la vocaci?n de Dios son
irrevocables" (Rom 11, 29). Llamar para siempre es crear en el
llamado una permanente capacidad de respuesta. Por eso, la persona
humana -var?n o mujer-, desde esa previa capacitaci?n, puede y
debe responder y comprometerse definitivamente. La fidelidad del hombre
consiste en apoyarse en la fidelidad inquebrantable de Dios.

Los dones de Dios son para siempre, como todo don verdadero. Por
eso, precisamente, son dones y no simplemente `dep?sitos' o
`pr?stamos'. Pero los dones de Dios no son dones
`terminados' , `conclusos', cerrados, est?ticos. Son,
por el contrario, dones germinales, porque se nos dan en estado de
`germen', de `embri?n', para que nosotros los
cultivemos y los hagamos crecer. Dios no nos da el ?rbol, sino la
semilla. Necesitan cultivo, atenci?n y cuidado. Son dones
din?micos, con una exigencia intr?nseca de desarrollo y de
crecimiento progresivo. A este cultivo atento y delicado, en orden a su
pleno desarrollo, lo llamamos fidelidad creadora. Y toda la tarea
formativa se inscribe en este proceso de desarrollo, de cultivo y de
madura ci?n. La verdadera formaci?n es exigencia
intr?nseca, es contenido y es manera esencial de fidelidad. Porque,
mientras la custodia de un don material -y la fidelidad a
?l- consiste en guardarlo, en protegerlo y en conservarlo
intacto, la fidelidad a un don vivo y din?mico, como la vocaci?n,
consiste en hacerlo crecer y en desplegar sus virtualidades internas. La
verdadera fidelidad es esencialmente creativa y creadora. Porque no se
trata s?lo ni principalmente de "resistir", de
"perseverar" , de mantenerse estables en el camino emprendido.
Sino de caminar hacia delante sin descanso, de ir creciendo cada d?a
en la identificaci? n m?stica con Jes?s. La gracia, de este
modo, se hace compromiso. La llamada se convierte en respuesta. Y el don
se transforma en tarea y en conquista.

El concepto de fidelidad es muy cercano al de lealtad. Tambi?n la
verdadera lealtad dice relaci?n directa a alguien. Se es leal -fiel-
a una persona: a uno mismo o a otro. La fidelidad o lealtad a la palabra
dada o a los compromisos adquiridos, es fidelidad y lealtad a s?
mismo y a la persona a quien se ha dado esa palabra o con la que se ha
contra?do ese determinado compromiso. Por eso, es siempre una
relaci?n personal, lo mismo que el amor.


Publicado por mario.web @ 14:44
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