Lunes, 27 de diciembre de 2010

Es sorprendente saber que unos simples ?tomos de uranio encierran una fuerza y energ?a descomunales tan desproporcionadas al tama?o de los mismos. Pero es m?s grandioso a?n pensar que el sacerdote esconde un poder y un don tan extraordinarios que sobrepasan su estatuto de hombre.

Causa estupor una persona de carne y de hueso que hace las veces de Dios; que convierte un pedazo de pan y unas gotas de vino en el Cuerpo y la Sangre de Cristo; que perdona los pecados y cura las heridas m?s ?ntimas y dolorosas del alma. Maravillosa grandeza y confianza divina depositada en un instrumento tan peque?o ?porque la necedad divina es m?s sabia que la sabidur?a de los hombres, y la debilidad divina, m?s fuerte que la fuerza de los hombres? (I Cor 1, 25).

Tan s?lo la etimolog?a latina de sacerdote ?sacerdos?, nos suscita algo de sagrado ?sacer?, que le sobrepasa, que le viene dado ?donum?. Y en las palabras de san Pablo descubrimos la trascendencia y la grandeza del don del sacerdocio: ?llevamos este tesoro en recipientes de barro para que aparezca que una fuerza tan extraordinaria es de Dios y no de nosotros? (IICor 4,7).

El sacerdote es el misterio de Dios oculto en el hombre. Misterio impenetrable que llev? al Cura de Ars a exclamar: ?Si comprendi?ramos bien lo que representa un sacerdote sobre la tierra, morir?amos: no de pavor, sino de amor?. Misterio real que esboz? Gregorio Nacianceno en sus primeros a?os de sacerdote: ?S? de qui?n somos ministros. Conozco la altura de Dios y la flaqueza del hombre, pero tambi?n su fuerza. El sacerdote se sit?a junto a los ?ngeles, glorifica con los arc?ngeles, comparte el sacerdocio de Cristo, restaura la criatura, restablece en ella la imagen de Dios, la recrea para el mundo de lo alto y, para decir lo m?s grande que hay en ?l, es divinizado y diviniza?.

El A?o Sacerdotal tiene que ser un per?odo de oraci?n por nuestros sacerdotes, pues ?la Iglesia necesita sacerdotes santos; ministros que ayuden a los fieles a experimentar el amor misericordioso del Se?or y sean sus testigos convencidos? (Benedicto XVI, homil?a 19 de junio de 2009). Nos tiene que incentivar a volver la mirada al Coraz?n de Cristo, fuente y ra?z del sacerdocio.

Dirigir los ojos de la fe a la Misericordia Divina es sentir el abrazo del Padre en la mano del sacerdote que nos absuelve; es recibir su protecci?n con la sencilla bendici?n del presb?tero; es acoger la paz de Cristo en ese ?pod?is ir en paz?; es hacerle vida en nuestra vida a trav?s de la Hostia Sant?sima consagrada por ese ?peque?o gran hombre? que llamamos sacerdote.


Publicado por mario.web @ 17:19
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