Martes, 28 de diciembre de 2010

Si todo fin y todo comienzo de a?o debe ser siempre, para las personas serias, responsables, un momento de balance: de mirar al pasado y a la vez al futuro, de sacar experiencia de lo ocurrido para asegurar un mejor rendimiento del porvenir, esto debe ocurrir de un modo mucho m?s particular y m?s exigente cuando se trata del fin y del comienzo del a?o eclesi?stico y, por lo tanto, en relaci?n con lo que m?s importa que es nuestra vida espiritual.

El a?o eclesi?stico comienza con el Adviento, es decir, con la preparaci?n para el nuevo nacimiento de Jesucristo en la Iglesia y en nuestras almas.

El Adviento, en la liturgia de la Iglesia, no s?lo es una preparaci?n para la conmemoraci?n y para el nacimiento m?stico de Jesucristo en Navidad; no s?lo mira a ese fin pr?ctico, sino que -en esa actitud de la Iglesia de renovar cada a?o los misterios relativos al ciclo humano de la vida de Jes?s- quiere comenzar con un signo de la larga expectaci?n de la humanidad con respecto a la venida del Mes?as anunciado.

Durante un mes vamos a renovar m?sticamente ese per?odo de la historia de la humanidad que transcurre desde el pecado del primer hombre hasta la llegada visible del Redentor a este mundo.

Por eso es comprensible que la Iglesia asuma, en su liturgia de este tiempo, abundantes textos del Antiguo Testamento y sobre todo un esp?ritu tomado de la imagen de la tierra, por una parte seca, ?rida, sedienta de lluvia, y por otra, bien preparada para recibir en su seno la buena semilla en el momento de la siembra que espera le ha de llegar. As? como todo el tiempo del trabajo de la tierra previo a la siembra, est? destinado a asegurar que cuando venga la semilla no encuentre ning?n obst?culo a su supervivencia y a su desarrollo: a su germinaci?n, al producir la planta, las flores, los frutos (es decir, una expansi?n total de esa vida latente que tra?a la semilla), as? tambi?n todo el Antiguo Testamento, y el Adviento para nosotros, debe ser un trabajo de arada, de rastreo, de preparaci?n de la tierra.

?Para qu? se ara? Primero para matar todos los yuyos, es decir, todas las plantas, todas las vidas que puedan entrar en competencia con la vida de la semilla y llevarse para ellas los frutos, las sales, las riquezas de la tierra; se requiere que cuando venga la semilla, nada en el seno de la tierra pueda disputarle la posesi?n de los alimentos.

Y se rastrea, en segundo lugar, para romper todos los cascotes y sacar todas las piedras y consecuentemente todos los huecos que haya entre cascote y cascote, lo cual, de no hacerse, har?a que la semilla quede sin entrar en la tierra o al lanzar una ra?z no pueda ella expandirla y se vea impedida de germinar o, en todo caso, limitada en su crecimiento.

?Y para qu? se riega, cuando se puede, la tierra? O ?por qu? clama la tierra que venga el agua del cielo, si el hombre no puede proporcion?rsela? Para que esa agua, adem?s de incorporarse a la semilla y enriquecerla por s? misma, se convierta en el veh?culo por el cual las sales y los elementos vitales que la tierra contiene se pongan al alcance y puedan entrar en contacto con la planta e introducirse dentro de ella y as? enriquecerla, fortificarla, hacerla desarrollar y alcanzar todo lo apetecido.

La literatura del Antiguo Testamento est? embebida en esta semejanza de la tierra que se trabaja y de la tierra que clama por la lluvia para que venga esa semilla a traer su vida. Y la liturgia de este Tiempo nos trae, con esta misma comparaci?n, toda la fuerza de su sugerencia y de su sacramentalidad para que trabajemos nuestra alma, de tal manera que, en el Adviento quitemos todo lo que en nosotros pueda oponerse al nacimiento o a la futura expansi?n de Jes?s con su vida, cuando llegue una vez m?s, en Navidad.

Que no quede ning?n sector de nuestra persona: ni la inteligencia, ni la voluntad, ni el coraz?n, ni la sensibilidad, invadido por cualquier semilla que impida la entrada de Jesucristo con su vida, en ese sector.

Y que no haya en nosotros ning?n cascote, ninguna costra, nada que, aunque no sea usufructuado por alguna otra vida, u otra semilla, o por alg?n otro organismo, sin embargo est? cerrado como un caparaz?n, a la penetraci?n de Jesucristo cuando venga a nuestra alma m?sticamente el d?a de Navidad.

Y que, por otra parte, no falte el agua de la gracia que consigamos a fuerza de pedirla, a fuerza de clamar como clama la tierra -simb?licamente- cuando est? seca; la gracia que merezcamos con nuestras oraciones y nuestras buenas obras, y que dentro de nosotros disponga todo lo necesario para que la vida de Jes?s, el mundo de sus sugerencias mentales, de sus ilustraciones a la inteligencia, de sus mociones a la voluntad, de sus sentimientos para nuestro coraz?n, todo eso encuentre el veh?culo apropiado, la tierra blanda, permeable, para que la haga llegar hasta todos los l?mites y dimensiones de nuestra persona.

Teng?moslo, entonces, muy en cuenta: se trata de quitar lo que pueda disputarle al Se?or la posesi?n de nuestra persona; se trata de romper cualquier caparaz?n que nos cierre, que impida, que encallezca nuestra alma a la acci?n del Se?or; se trata de ablandarla y de vehiculizarla toda, con la lluvia de la gracia que merezcamos y obtengamos por medio de la oraci?n, y de las buenas obras ofrecidas con ese objeto.

Por otra parte, en el Adviento, la Iglesia nos pone la figura de san Juan Bautista, y con ?l otra nueva imagen. Ya no se trata de preparar una tierra capaz de acoger adecuadamente la buena semilla: se trata de preparar un camino para que pueda, por ?l, llegar a nuestra alma la Persona adorable del Se?or.

Son cuatro las ?rdenes, los consejos o las consignas que san Juan Bautista -y la Iglesia con ?l- nos da.

La primera consigna de san Juan el Bautista es bajar los montes: todo monte y toda colina sea humillada, sea volteada, bajada, desmoronada. Y cada uno tiene que tomar esto con mucha seriedad y ver de qu? manera y en qu? forma ese orgullo -que todos tenemos- est? en la propia alma y est? con mayor prestancia, para tratar en el Adviento -con la ayuda de la gracia que hemos de pedir-, de reducirlo, moderarlo, vencerlo, ojal? suprimirlo en cuanto sea posible, a ese orgullo que obstaculizar?a el descenso fruct?fero del Se?or a nosotros.

En segundo lugar, Juan el Bautista nos habla de enderezar los senderos. Es la consigna m?s importante: Yo soy una voz que grita en el desierto: Preparen el camino del Se?or, allanen sus senderos 3. Y aqu? tenemos, entonces, el llamado tambi?n obligatorio a la rectitud, es decir, a querer sincera y pr?cticamente s?lo el bien, s?lo lo que est? bien, lo que es bueno, lo que quiere Dios, lo que es conforme con la ley de Dios o con la voluntad de Dios seg?n nos conste de cualquier manera, lo que significa imitarlo a Jes?s y darle gusto a El, aquello que se hace escuchando la voz interior del Esp?ritu Santo y de nuestra conciencia manejada por ?l.

A cada uno corresponde en este momento ver qu? es lo que hay que enderezar en la propia conducta, pero sobre todo en la propia actitud interior para que Jesucristo Nuestro Se?or, viendo claramente nuestra buena voluntad y vi?ndonos humildes, est? dispuesto a venir a nuestro interior con plenitud, o por lo menos con abundancia de gracias.

El tercer aspecto del mensaje de san Juan el Bautista se refiere a hacer planos los caminos abruptos, los que tienen piedras o espinas, los que punzan los pies de los caminantes, los que impiden el camino tranquilo, sin dificultad. Y ese llamado hace referencia a la necesidad de ser para nuestro pr?jimo, precisamente, camino f?cil y no obst?culo para su virtud y para su progreso espiritual: quitar de nosotros todo aquello que molesta al pr?jimo, que lo escandaliza, que lo irrita o que le dificulta de cualquier manera el poder marchar, directa o indirectamente, hacia el cielo.

El cuarto elemento del mensaje de san Juan Bautista es el de llenar toda hondonada, todo abismo, todo vac?o. Los caminos no s?lo se construyen bajando los montes excesivos, ni s?lo enderezando los senderos torcidos, o allanando los caminos que tengan piedras: tambi?n llenando las hondonadas o cubriendo las ausencias. Este mensaje se refiere a la necesidad de llenar nuestras manos y nuestra conciencia con m?ritos, con oraciones, con obras buenas -como hicieron los Reyes Magos y los pastores- para poder acoger a Jesucristo con algo que le d? gusto; no s?lo con la ausencia de obst?culos o de cosas que lo molesten, no s?lo con ausencia de orgullo o con ausencia de falta de rectitud o de dificultades en nuestra conducta para con el pr?jimo, sino tambi?n positivamente con la construcci?n: con nuestras oraciones y con nuestras buenas obras y un peque?o -al menos- caudal, capital de m?ritos, que d? gusto al Se?or cuando venga y que podamos depositar a sus pies.

Finalmente el Adviento, adem?s de la conmemoraci?n y el sentido del Antiguo Testamento -de la tierra que espera la buena semilla-, adem?s de la figura l?mite entre el Antiguo Testamento y el Nuevo -san Juan Bautista-, este Tiempo nos acerca m?s al Se?or por aqu?lla que, en definitiva, fue quien nos entreg? a Jesucristo: la Virgen. No s?lo en el hemisferio sur entramos al Adviento por la puerta del Mes de Mar?a, sino que en toda la Iglesia se entra al Adviento por la novena de la Inmaculada Concepci?n.

Y la Inmaculada Concepci?n significa dos cosas: por una parte, ausencia de pecado original y, por otra, ausencia de pecado para y por la plenitud de la gracia. La Virgen fue eximida del pecado original y de las consecuencias del pecado original que en el orden moral fundamentalmente es la concupiscencia, es decir, la rebeli?n de las pasiones, la falta de orden dentro de nuestra persona, el rechazo que nuestra materia y nuestros apetitos ind?mitos oponen a la reyec?a de la voluntad y de la raz?n iluminadas por la fe, por la esperanza y por la caridad; iluminadas y encendidas y sostenidas por la gracia. La Virgen, preservada del pecado original en el momento mismo de su concepci?n y liberada de todo obst?culo, tuvo el alma plenamente capacitada desde el primer instante para recibir la plenitud de la gracia de Jesucristo. Por lo tanto su fiesta de la Inmaculada Concepci?n, con ese car?cter sacramental que tienen todas las fiestas de la Iglesia, ese car?cter de signo que ense?a y de signo eficaz que produce lo que ense?a, nos trae la gracia de liberarnos del pecado y de vencer, de moderar, de sujetar en nosotros las pasiones sueltas por la concupiscencia, a los efectos de que nos pueda llegar plenamente la gracia; y naturalmente, si estamos en Adviento, para que pueda venir la gracia del nacimiento de Jesucristo m?sticamente a nuestra alma, el d?a de Navidad.

Por lo tanto, unamos a toda la ayuda que nos pueden prestar los patriarcas del Antiguo Testamento que desde el cielo ruegan por nosotros (ellos que tanto pidieron la venida del Mes?as), unamos a la intercesi?n y a la figura sacramental de san Juan Bautista, unamos por encima de ellos la presencia de la Sant?sima Virgen en la novena que precede a su fiesta y en todo este tiempo, pidiendo bien concretamente el poder liberarnos del pecado, de todo lo que en nosotros haya de orgullo, de falta de rectitud, de falta de caridad con el pr?jimo, de ausencia de virtud; liberarnos de todo ello para que, cuando venga Jesucristo el d?a de Navidad, no encuentre en nosotros ning?n obst?culo a sus intenciones de llenar nuestra alma con su gracia.

La perspectiva de un nuevo nacimiento del Se?or, en nosotros y en el mundo tan necesitado de ?l, tiene que ser objeto de una preocupaci?n, de todo un conjunto de sentimientos y de actos de voluntad que est?n polarizados por el deseo de poner de nuestra parte todo lo que podamos, para que el Se?or venga lo m?s plenamente posible sobre cada uno y sobre el mundo.

Y si esto vale siempre, se hace m?s exigente en las circunstancias del mundo presente que desvirt?a precisamente lo que Jesucristo trajo con su nacimiento. ?Qu? necesario es que pongamos todo de nuestra parte para que Jes?s venga a nosotros con renovada fuerza el d?a de Navidad y, a trav?s nuestro, sobre las personas que est?n cerca, sobre la Iglesia y sobre el mundo!

Qued?monos en esp?ritu de oraci?n, fomentando en nuestro interior el deseo de que las cosas ocurran seg?n las intenciones y los deseos del mismo Se?or.

El Adviento es una ?poca muy linda del a?o. Despu?s de las fiestas de Navidad y de Pascua, quiz? es la m?s linda, porque es una ?poca de total esperanza, de seguridad alegre y confiada. En ese sentido nuestro Adviento es m?s lindo que el del Antiguo Testamento: se esperaba lo que todav?a no hab?a venido, en cambio nosotros sabemos que el Se?or ya ha venido sobre el mundo, sobre la Iglesia, sobre cada uno y entonces tenemos mucho m?s apoyo para nuestra seguridad de que ha de venir nuevamente, a perfeccionar lo ya iniciado.

Por otra parte, esa presencia del Se?or en la Iglesia y en nosotros nos ha hecho ir conociendo a Jes?s, am?ndolo y trat?ndolo con confianza; por tanto, este esperar su nuevo nacimiento tiene que ser mucho m?s dulce, mucho m?s suave, mucho m?s seguro, mucho m?s esperanzado (con el doble elemento de seguridad y alegr?a de la esperanza) que lo que fue la espera de los hombres y mujeres del Antiguo Testamento.

Qued?monos, pues, unidos con Jes?s, conversemos sobre estos temas, pregunt?mosle qu? nos sugiere a cada uno en particular para que podamos, desde el comienzo, vivir el Adviento del modo m?s conducente para obtener la plenitud de Navidad que ?l sin duda quiere darnos.


Publicado por mario.web @ 1:01
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