Martes, 28 de diciembre de 2010

Adviento. S?, llegada de Alguien importante, para algo importante, por algo importante, a un lugar importante. Descubramos el sentido profundo de este tiempo lit?rgico tan sencillo, austero y propicio para la meditaci?n y la esperanza.

En cada adviento revivimos, con la fe, y volvemos hacer presente en la esperanza la primera venida de Cristo en su carne sencilla, prestada por Mar?a, hace m?s de dos mil a?os. Y al mismo tiempo ese adviento, todo adviento, nos lanza y nos proyecta y nos hace desear la ?ltima venida de Cristo al final de los tiempos en toda su gloria y majestad, como nos describe san Mateo en el cap?tulo 25: ?Ven, Se?or Jes?s?. Pero tambi?n en cada adviento, si vivimos en clave de amor y de fe, podemos recibir y descubrir la venida intermedia de Cristo en su Eucarist?a ?detr?s de ese pan y vino, que ya no es pan ni vino, sino el Cuerpo y la Sangre de Cristo-, en el pr?jimo necesitado ?pregunten, si no, a san Mart?n de Tours cuando dio la mitad de su manto a ese pobre aterido de fr?o en pleno invierno franc?s hace ya muchos, muchos a?os, y en la noche Cristo se le apareci? vestido con esa mitad del manto para agradecerle ese hermoso gesto de caridad-, o tambi?n descubrir el rostro de Cristo detr?s de ese dolor o adversidad de la vida. Cristo contin?a viniendo. El adviento es continuo y eterno. El hombre vive en perpetuo adviento. Cristo viene siempre, cada a?o, cada mes, cada semana, cada d?a, cada hora y cada minuto. Basta estar atento y no embotado en las mil preocupaciones.

Qui?n llega: Es Jesucristo, nuestro Se?or, nuestro Salvador, el Redentor del mundo, el Se?or de la vida y de la historia, mi Amigo, El Agua viva que sacia mi sed de felicidad, el Pan de vida que nutre mi alma, el Buen Pastor que me conoce y me ama y da su vida por m?, la Luz verdadera que ilumina mi sendero, el Camino hacia la Vida eterna, la Verdad del Padre que no enga?a, la Vida aut?ntica que vivifica.

C?mo llega: Lleg? humilde, pobre, sufrido, puro hace m?s de dos mil a?os en Bel?n. Llega escondido en ese trozo de pan y en esas gotas de vino en cada Eucarist?a, pero que ya no son pan ni vino, sino el Cuerpo sacrosanto y la Sangre bendita de Cristo resucitado y glorioso. Y llega disfrazado en ese pr?jimo enfermo, pobre, necesitado, antip?tico, a quien podemos descubrir con la fe l?mpida y el amor comprensivo. Y llega silencioso o con estruendo en ese accidente en la carretera, en esa enfermedad que no entiendemos, en esa muerte del ser querido, para recordarnos que ?l atraves? tambi?n por esas situaciones humanas y les dio sentido hondo y profundo.

Por qu? llega: porque quiere hacernos part?cipes de su amor y amistad. Quiere renovar una vez m?s su alianza con nosotros. El amor es el motor de estas continuas venidas de Cristo a nuestro mundo, a nuestra casa, a nuestra alma. No hay otra raz?n.

Para qu? llega: para dar un sentido de trascendencia a nuestra vida, para decirnos que somos peregrinos en este mundo y que hay que seguir caminando y cantando. Llega para enjugar nuestras l?grimas amargas. Llega para agradecernos esos detalles de amor que con ?l tenemos a diario. Llega para hablarnos del Padre, a quien ?l tanto ama. Llega para alimentar nuestras ansias de felicidad. Llega para curar nuestras heridas, provocadas por nuestras pasiones aliadas con el enemigo de nuestra alma. Llega para recordarnos que no estamos solos, que ?l est? a nuestro lado como baluarte y sost?n. Llega para pedirnos tambi?n una mano y nuestros labios y nuestro coraz?n, porque quiere que prediquemos su Palabra por todos los rincones del mundo.

D?nde llega: llega a nuestro mundo convulso y desorientado y hambriento de paz, de calor, de caridad y de un trozo de pan; a nuestras familias tal vez divididas o en armon?a; a nuestros corazones inquietos como el de san Agust?n de Hipona, coraz?n que s?lo descans? en Dios. Quiere llegar a todos los parlamentos internacionales y nacionales para dar sentido y moralidad a las leyes que ah? se emanan. Quiere llegar al palacio del rico, como a la choza del pobre. Quiere llegar junto al lecho de un enfermo en el hospital, como tambi?n a ese sal?n de fiestas, d?nde ?l no viene a aguar nuestras alegr?as humanas sino a purificarlas y orientarlas. Quiere llegar al mundo de los ni?os, para cuidarles su inocencia y pureza. Quiere llegar al mundo de los j?venes, para sostenerles en sus luchas duras y ense?arles lo que es el verdadero amor. Quiere llegar al mundo de los adultos para decirles que es posible la alegr?a y el entusiasmo en medio del trabajo agotador y exhausto de cada d?a. Quiere llegar a cada familia para llevarles el calor del amor, reflejo del amor trinitario. Quiere llegar al mundo de los ancianos para sostenerles con el b?culo del aliento y la caricia de la sonrisa. Quiere llegar al mundo de los gobernantes para decirles que su autoridad proviene de Dios, que deben buscar el bien com?n y que deber?n dar cuenta de ella.

Cu?ntas veces llega: si estamos atentos, no hay minuto en que no percibamos la venida de Cristo a nuestra vida. Basta estar con los ojos de la fe bien abiertos, con el coraz?n despierto y preparado por la honestidad, y con las manos siempre tendidas para el abrazo de ese Cristo que sabe venir de mil maneras. Por tanto, podemos decir que siempre es adviento. Es m?s, nuestra vida debe ser vivida en actitud de adviento: alguien llega. No vayamos a estar somnolientos y distra?dos.

C?mo prepararnos: nos ayudar? en este tiempo leer al profeta Isa?as, meditar en san Juan Bautista que encontramos al inicio de los evangelios y contemplar a Mar?a. Isa?as con su nostalgia del Mes?as nos prepara para la ?ltima venida de Cristo. San Juan Bautista nos prepara para esas venidas intermedias de Cristo en cada acontecimiento diario y sobre todo en la Eucarist?a. Y Mar?a nos har? vivir, rememorar en la fe ese primer adviento que Ella vivi? con tanta esperanza, amor y silencio, para poder abrazar a ese Ni?o Jes?s sencillo, envuelto en pa?ales y recostado en un pesebre.

Adviento, tiempo de gracia y bendici?n. Llega alguien, s?. Llega Dios. Y Dios es todo. Dios no quita nada. Dios da todo lo que hace hermosa a una vida. Y hay que abrirle la puerta y ?l entrar? y cenar? con nosotros y nosotros con ?l. Y nos har? part?cipes de su amor y felicidad. ?Qu? triste quien no le abra la puerta a Cristo, dej?ndolo fuera, hel?ndose y despreciado, con sus Dones entre sus Manos benditas! ?Habr? alguien as?, desalmado y sin sentimientos? ?No lo creo! Al menos no lo quiero creer.


Publicado por mario.web @ 1:02
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