Martes, 28 de diciembre de 2010

A?n recuerdo aquella v?spera de Navidad de 1987. Hasta ese d?a yo asociaba las fiestas decembrinas con los regalos, las comilonas, las visitas de familiares que no siempre se llevaban bien y, claro, las borracheras. Mi idea de Adviento estaba ?ntimamente ligada con las vacaciones escolares y el trabajo ?de esclavo? de limpiar la casa hasta que brillara como espejo, por aquello de las visitas. No se puede decir que la Navidad me llenara de j?bilo precisamente. ?El nacimiento del Salvador? Ah, s?, eso dec?an en la misa de gallo. S?lo que yo no iba.

Aquel a?o fue diferente. Acababa de incorporarme al grupo coral de mi parroquia (por conocer muchachas, claro est?) y el apostolado social de ese a?o ser?a visitar la leproser?a de Zoquiapan, en las afueras de la Ciudad de M?xico. Escuchar la palabra lepra me causaba un escalofr?o de repulsi?n y miedo. Afortunadamente a?n no cumpl?a la edad m?nima necesaria para poder ir, y por ese motivo no tuve que preocuparme de c?mo decir que no. Pero mi Se?or ten?a otros planes.

Por razones que desconozco, el d?a que se hizo la lista de los que visitar?an la leproser?a, el director del grupo me pregunt? si yo deseaba ir. Mi raz?n dijo no, pero de mis labios brot? un inexplicable s?. Lo que es peor, cuando me preguntaron mi edad ment? como un contrabandista para que me incluyeran en el grupo. Todav?a hoy, cuando recuerdo ese episodio, sonr?o con nostalgia y conf?o en que Dios haya visto con indulgencia ese pecado.

No recuerdo la hora de partida, pero s? recuerdo que el regreso estaba programado para las 13 horas. Por demoras absurdas (acabamos arrestados en una delegaci?n) a esa hora apenas est?bamos poni?ndonos en camino. Hoy, cuando recuerdo lo que viv? entonces, comprendo que en todo aquello estaba la mano de Dios.

Por fin llegamos. Hospital Pedro L?pez. Cierro los ojos y a?n veo las caras p?lidas, los ojos espantados de mis compa?eros de viaje. Yo mismo me sent?a enfermo tan s?lo por haber cruzado el port?n de la leproser?a. ?C?mo ser?a ver de frente a un enfermo de lepra? Los antiguos mexica (el poderoso pueblo que habit? el Valle de M?xico antes de la conquista) ya conoc?an esta enfermedad y le llamaban ?ser comido por los dioses?. Cuando el director de la comunidad hospitalaria nos llev? a conocer las instalaciones y nos present? a los primeros enfermos, comprend? que mis antepasados hab?an sido exactos en su descripci?n.

Los primeros leprosos que conoc? ya no ten?an dedos y a uno le faltaba la nariz. Y fue ah?, en esos rostros estragados por la enfermedad, en esas manos truncadas que permanec?an a los costados, donde vi por primera vez en mi vida la grandeza de mi Se?or. Porque esos enfermos me sonre?an, felices de verme sano. ?Gracias a Dios que los trajo con bien? dijo el m?s enfermo de todos, haciendo una peque?a reverencia a modo de saludo. En mi coraz?n sent? la voz de Jes?s que me dec?a: ?Estrecha mi mano lacerada?. Cuando lo hice el hielo se rompi? y los visitantes empezamos a sentirnos como en casa.

Por lo avanzado de la tarde se hac?a necesario abreviar la visita, de modo que fuimos por las cajas de despensa que hab?amos reunido para los enfermos. Tambi?n sacamos nuestros instrumentos y les cantamos la ronda en el atrio de su capilla. Fue cuando uno de ellos nos invit? a la Celebraci?n Eucar?stica. La noche se nos ven?a encima y sin embargo no quisimos irnos sin escuchar misa. Yo sab?a que en casa me aguardaba el castigo por llegar tarde, pero ya no me import?.

Fue una sorpresa saber que los enfermos ten?an su coro, y cantaban bastante bien. El ?rgano lo tocaba uno de los doctores, pues eran pocos los leprosos que a?n ten?an dedos. Pero si uno cerraba los ojos bien podr?a estar escuchando el Coro de la Catedral de M?xico. El sufrimiento, la pena, el ego?smo, la desesperanza, no ten?an cabida en esa peque?a capilla cuando Jes?s se hac?a presente en el pan y el vino. Al darnos la paz todos los enfermos se abrazaron entre ellos y uno, llevado por el impulso, me abraz? fugazmente. Al darse cuenta de lo que hab?a hecho, trat? de apartarse pero yo lo estrech? con mis brazos y apoy? mi cabeza en su hombro. No quer?a que se separara de m?.

Durante la comuni?n todos los asistentes (excepto nosotros los fuere?os) entonaron magistralmente el Ave Mar?a de Schubert. Mientras escuchaba arrobado, una anciana en silla de ruedas y sin rastro de lepra, se acerc? y me tom? la mano. Me acuclill? a su lado y ella pos? su mano sobre mi cabeza y me agradeci? el gesto que hab?a tenido con su hijo, el enfermo al que hab?a abrazado; luego me bendijo con ternura. Acabando la misa me explic? que ella no estaba enferma, pero que toda su familia la hab?a abandonado al enterarse de la enfermedad de su v?stago. Desde entonces ellos viv?an juntos en ese oasis de paz y esperanza que era la leproser?a.

Ese d?a aprend? que la cruz es como un hospital de leprosos. La imagen que tenemos de ella es aterradora, nos infunde miedo y repulsi?n. Es necesario conocerla, explorarla, abrazarla con fuerza, a fin de entender y sentir el amor que fluye en su interior.

No he vuelto a pasar una v?spera de Navidad m?s feliz. Con el pasar de los a?os abandon? la casa paterna y en mis viajes misioneros m?s de una vez he pasado la Noche Buena en alg?n caser?o apartado, sin amigos, con s?lo tortillas y chiles para mitigar el hambre. Sin embargo, sentado a la mesa como invitado de honor, siempre ha estado mi Se?or. Le hacemos presente con nuestras oraciones, nuestros cantos, nuestras risas, nuestro amor. Es entonces cuando comprendo a qu? se refer?a Jes?s cuando una vez se?al? a los desconocidos que le rodeaban y dijo: ?Esa es mi madre y ellos mis hermanos?.

En un mundo que ha olvidado el amor de Dios, en donde el aborto y la eutanasia se ven cada vez m?s como un derecho, donde el hermano mata al hermano, donde el hombre pega a su esposa, donde la juventud se pierde en una vor?gine de alcohol y drogas, donde la Navidad subsiste sobre todo por los intereses econ?micos que mueve, es dif?cil sentirse alegre por esta fecha tan especial. Sin embargo mi fe y mi esperanza prevalecen, porque siendo un hombre injusto, eg?latra, acomodaticio, casi ateo, una Noche Buena mi Se?or me estrech? en Sus brazos y Su madre me bendijo. Claro, en la persona de dos desamparados. Pero como le manifest? Dios a San Pablo: ?Te basta Mi gracia; Mi fortaleza se manifiesta en tu debilidad?.

Hoy, a casi 20 a?os de mi primer encuentro con Cristo, cada vez que escucho el Ave Mar?a de Schubert no puedo evitar que el coraz?n me salte de j?bilo y los ojos se me llenen de l?grimas.


Publicado por mario.web @ 1:29
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