La
liturgia invita a la Iglesia a renovar su anuncio a
todos los pueblos y lo resume en dos palabras: Dios
viene. Esta expresión tan sintética contiene una fuerza de sugestión
siempre nueva.
Detengámonos un momento a reflexionar: no usa el
pasado--Dios ha venido-- ni el futuro, --Dios vendrá--, sino el
presente: Dios viene. Si prestamos atención, se trata de un
presente continuo, es decir, de una acción que siempre tiene
lugar: está ocurriendo, ocurre ahora y ocurrirá una vez más.
En cualquier momento, «Dios viene».
El verbo «venir» se presenta
como un verbo «teológico», incluso «teologal», porque dice algo que
tiene que ver con la naturaleza misma de Dios. Anunciar
que «Dios viene» significa, por lo tanto, anunciar simplemente al
mismo Dios, a través de uno de sus rasgos esenciales
y significativos: es el Dios-que-viene.
El Adviento invita a los
creyentes a tomar conciencia de esta verdad y a actuar
coherentemente. Resuena como un llamamiento provechoso que tiene lugar con
el pasar de los días, de las semanas, de los
meses: ¡Despierta! ¡Recuerda que Dios viene! ¡No vino ayer, no
vendrá mañana, sino hoy, ahora! El único verdadero Dios, el
Dios de Abraham, de Isaac y Jacob» no es un
Dios que está en el cielo, desinteresándose de nosotros y
de nuestra historia, sino que es el Dios-que-viene.
Es un
Padre que no deja nunca de pensar en nosotros, respetando
totalmente nuestra libertad: desea encontrarnos, visitarnos, quiere venir, vivir en
medio de nosotros, permanecer en nosotros. Este «venir» se debe
a su voluntad de liberarnos del mal y de la
muerte, de todo aquello que impide nuestra verdadera felicidad, Dios
viene a salvarnos.
Vivamos pues este nuevo Adviento --tiempo que
nos regala el Señor del tiempo--, despertando en nuestros corazones
la espera del Dios-que-viene y la esperanza de que su
nombre sea santificado, de que venga su reino de justicia
y de paz, y que se haga su voluntad así
en el cielo como en la tierra.
Dejémonos guiar en
esta espera por la Virgen María, madre del Dios-que-viene, Madre
de la Esperanza, a quien celebraremos dentro de unos días
como Inmaculada: que nos conceda la gracia de ser santos
e inmaculados en el amor cuando tenga lugar la venida
de nuestro Señor Jesucristo, a quien, con el Padre y
el Espíritu Santo, se alabe y glorifique por los siglos
de los siglos. Amén.
Extracto de la homilía que pronunció
Benedicto XVI durante la celebración de las vísperas del primer
domingo de Adviento. Diciembre 2006
Autor: SS Benedicto XVI