Martes, 28 de diciembre de 2010


Juan era hijo de Zebedeo, pescador de Betsaida y de Salom?, una de las mujeres que estuvieron al servicio de Jes?s. Era hermano de Santiago, a quienes se les designaba con el t?tulo de "hijos del trueno". Fue disc?pulo de Juan el Bautista de donde pas? a ser seguidor de Cristo, convirti?ndose en uno de sus ap?stoles preferidos, el ?disc?pulo amado".
Parece ser que Juan vivi? despu?s de todo esto en Antioqu?a y en Efeso. Adem?s de escribir el Evangelio, Juan escribi? el Apocalipsis y tres cartas. Finalmente recordamos que fue el acompa?ante de Mar?a .

Entre todos los aspectos que podr?amos se?alar en S. Juan, vamos a quedarnos en esta meditaci?n con esa realidad que le caracteriza tanto: su amor a Cristo.

En la vida de todo hombre est?n en disputa siempre una serie de valores que compiten entre s? por su primac?a. Muchas veces en la esfera de la mente y de la raz?n se hace evidente para un cristiano que Dios es lo primero. Pero posteriormente en la esfera de lo existencial, de lo vital, del d?a a d?a, Dios se oscurece en la conciencia para dar paso a otras realidades que copan plenamente la energ?a, la atenci?n, el pensamiento, la preocupaci?n, hasta el punto de que se convierten as? en las verdaderas razones de nuestro existir.

Es ?sta una lucha constante y normal en nuestro interior. La realidad de Dios se ve frecuentemente vapuleada por otras realidades que la desplazan. Se termina teniendo tiempo para casi todo, pero no para Dios. Hay frases muy usadas y muy conocidas como ?no tengo tiempo para el esp?ritu?, ?me es imposible ir a misa?, ?no encuentro tiempo para confesarme?, ?ya quisiera tener un minuto para poder leer el Evangelio o alg?n libro formativo?. En el fondo de todo ello est? la derrota del esp?ritu frente a la fuerza y empuje de lo material, de lo inmanente, de lo pasajero. A veces queremos reaccionar frente a esta situaci?n, pero enseguida el tr?fago de la vida y las ocupaciones nos apartan de nuestros prop?sitos.

Como consecuencia de todo ello, sentimos que el esp?ritu empieza a perder entusiasmo por Dios y nos encontramos cada vez m?s con un vac?o que nos angustia y llena de culpabilidad. Es como si masc?ramos el fracaso de una vida que, a medida que avanza, se siente m?s vac?a. Y es que no podemos apagar la sed del esp?ritu, es que no podemos negar al coraz?n lo que el coraz?n necesita de veras, porque tras el olvido de Dios llega a continuaci?n el poner en un lugar tambi?n secundario la familia, la esposa, los hijos, la honradez, la verdad. El fracaso del esp?ritu siempre arrastra tras s? a todo el hombre.

Todo ello hace comprender por qu? Dios quiere ser Dios en nuestra vida o por qu? el hombre no puede concebir una vida sin Dios. La medida de nuestra dicha, de nuestro gozo, de nuestra paz no puede ser otro que Dios. ?Nos hiciste, Se?or, para ti?. Son palabras que han tenido, tienen y seguir?n teniendo una fuerza y una verdad incontestables. Por m?s que los hombres se empe?en en llenar el vac?o de Dios con otras realidades, nunca lo lograr?n. Ah? est? el porqu? Dios es el Se?or de nuestras vidas. Ser?a un suicidio querer plantear una vida y un futuro lejos de ?l.

Pero no basta que Dios sea Dios en nuestra vida. Desde su realidad de Dios, Dios debe ser vivido como Padre, Amigo, Compa?ero, Confidente. Un Dios en quien se crea, pero que no afecte cordialmente a mi vida, con quien yo no tenga una relaci?n personal e ?ntima, que yo no sienta a mi lado, nunca terminar?a convirti?ndose en mi vida en lo primero. Puedo creer en Dios, puedo respetar a Dios, puedo temer a Dios, pero esto necesariamente no es amor. Y realmente lo que necesito es amar a Dios, es decir, sentirlo como persona, sentirlo cercano, sentirlo necesario.


Publicado por mario.web @ 9:43
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