Domingo, 16 de enero de 2011

Cuentan que un joven paseaba una vez por una ciudad desconocida, cuando, de pronto, se encontr? con un comercio sobre cuya marquesina se le?a un extra?o r?tulo: ?La Felicidad?. Al entrar descubri? que, tras los mostradores, quienes despachaban eran ?ngeles. Y, medio asustado, se acerc? a uno de ellos y le pregunt?: ?Por favor, ? qu? venden aqu? ustedes?? ??Aqu?? ?respondi? en ?ngel?. Aqu? vendemos absolutamente de todo?. ??Ah! ? dijo asombrado el joven?. S?rvanme entonces el fin de todas las guerras del mundo; muchas toneladas de amor entre los hombres; un gran bid?n de comprensi?n entre las familias; m?s tiempo de los padres para jugar con sus hijos...? Y as? prosigui? hasta que el ?ngel, muy respetuoso, le cort? la palabra y le dijo: ?Perdone usted, se?or. Creo que no me he explicado bien. Aqu? no vendemos frutos, sino semillas.?

En los mercados de Dios (y en los del alma) siempre es as?. Nunca te venden amor ya fabricado; te ofrecen una semillita que t? debes plantar en tu coraz?n; que tienes luego que regar y cultivar mimosamente; que has de preservar de las heladas y defender de los fr?os, y que, al fin, tarde, muy tarde, qui?n sabe en qu? primavera, acabar? floreci?ndote e ilumin?ndote el alma.

Y con la paz ocurre lo mismo. Hay quienes gustar?an de acudir a un comercio, pagar unas cuantas pesetas o unos cuantos millones y llevarse ya bien empaquetaditos unos kilos de paz para su casa o para el mundo.

Claro que a la gente este negocio no le gusta nada. Ser?a mucho m?s c?modo y sencillo que te lo dieran ya todo hecho y empaquetado. Que uno s?lo tuviera que arrodillarse ante Dios y decirle: ?Quiero paz? y la paz viniera volando como una paloma. Pero resulta que Dios tiene m?s coraz?n que manos.

Bueno, voy a explicarme, no vayan ustedes a entender esta ?ltima frase como una herej?a.

Sucedi? en la ?ltima guerra mundial: en una gran ciudad alemana, los bombardeos destruyeron la m?s hermosa de sus iglesias, la catedral. Y una de las ?victimas? fue el Cristo que presid?a el altar mayor, que qued? literalmente destrozado. Al concluir la guerra, los habitantes de aquella ciudad reconstruyeron con paciencia de mosaicistas su Cristo bombardeado, y, pegando trozo a trozo, llegaron a formarlo de nuevo en todo su cuerpo... menos en los brazos. De ?stos no hab?a quedado ni rastro. ?Y qu? hacer? ?Fabricarle unos nuevos? ?Guardarlo para siempre, mutilado como estaba, en una sacrist?a? Decidieron devolverlo al altar mayor, tal y como hab?a quedado, pero en el lugar de los brazos perdidos escribieron un gran letrero que dec?a:
?Desde ahora, Dios no tiene m?s brazos que los nuestros.?

Y all? est?, invitando a colaborar con ?l, ese Cristo de los brazos inexistentes.

Bueno, en realidad, siempre ha sido as?. Desde el d?a de la creaci?n Dios no tiene m?s brazos que los nuestros. Nos los dio precisamente para suplir los suyos, para que fu?ramos nosotros quienes multiplic?ramos su creaci?n con las semillas que ?l hab?a sembrado.



Tomado de "Razones para la esperanza"


Publicado por mario.web @ 0:26
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