Domingo, 27 de febrero de 2011

?Queridos hermanos y hermanas!


Que grande debe ser nuestra alegr?a sabiendo que en el altar,(?) cada d?a se ofrecer? el sacrificio de Cristo; sobre este altar ?l seguir? inmol?ndose, en el sacramento de la Eucarist?a, para nuestra salvaci?n y la del mundo entero. En el Misterio eucar?stico, que se renueva en cada altar, Jes?s se hace realmente presente. La suya es una presencia din?mica, que nos aferra para hacernos suyos, para asimilarnos a ?l; nos atrae con la fuerza de su amor haci?ndonos salir de nosotros mismos para unirnos a ?l, haciendo de nosotros una sola cosa con ?l.

La presencia real de Cristo hace de cada uno de nosotros su "casa", y todos juntos formamos su Iglesia, el edificio espiritual del que habla tambi?n san Pedro. "Acerc?ndoos a ?l, piedra viva, desechada por los hombres, pero elegida, preciosa ante Dios -escribe el ap?stol-, tambi?n vosotros, cual piedras vivas, entrad en la construcci?n de un edificio espiritual, para un sacerdocio santo, para ofrecer sacrificios espirituales, aceptos a Dios por medio de Jesucristo" (1 Pe 2, 4-5).?

Casi desarrollando esta bella met?fora, san Agust?n observa que mediante la fe los hombres son como maderos y piedras cogidos de los bosques y de los montes para la construcci?n; mediante el bautismo, la catequesis y la predicaci?n se van desbastando, escuadrando y puliendo; pero se convierten en casa del Se?or s?lo cuando se acompa?an por la caridad. Cuando los creyentes se ponen en contacto en un orden determinado, se yuxtaponen y cohesionan mutua y estrechamente, cuando todos est?n unidos con la caridad se convierten verdaderamente en casa de Dios que no teme derrumbarse (cfr Serm., 336).

Es por tanto el amor de Cristo, la caridad que "no tendr? fin" (1 Cor 13,8), la energ?a espiritual que une a cuantos participan del mismo sacrificio y se nutren del ?nico Pan partido para la salvaci?n del mundo. De hecho ?es posible estar en comuni?n con el Se?or si no estamos en comuni?n entre nosotros? ?C?mo podemos presentarnos ante el altar de Dios divididos, lejanos unos de otros? Este altar, sobre el cual dentro de poco se renueva el sacrificio del Se?or, sea para vosotros, queridos hermanos y hermanas, una constante invitaci?n al amor; a ?l os deb?is acercar siempre con el coraz?n dispuesto a acoger el amor de Cristo y a difundirlo, a recibir y a conceder el perd?n.

(?) Cada vez que os acerqu?is al altar para la celebraci?n eucar?stica, vuestra alma debe abrirse al perd?n y a la reconciliaci?n fraterna, dispuestos a aceptar las excusas de cuantos os hayan herido y dispuestos, por vuestra parte, a perdonar.

En la liturgia romana el sacerdote, tras presentar la ofrenda del pan y del vino, inclinado hacia el altar, reza en sumisamente:

"Humildes y arrepentidos ac?genos, Se?or: acepta nuestro sacrificio que hoy te presentamos".?

Se prepara as? a entrar, con toda la asamblea de los fieles, en el coraz?n del misterio eucar?stico, en el coraz?n de esa liturgia celeste a la que se refiere la segunda lectura, tomada del Apocalipsis. San Juan presenta a un ?ngel que ofrece "muchos perfumes para que, con las oraciones de los santos, los ofreciera sobre el altar de oro colocado delante del trono" (cfr Ap 8, 3). El altar del sacrificio se convierte, de cierta forma, en punto de encuentro entre el Cielo y la tierra; el centro, podr?amos decir, de la ?nica Iglesia que es celeste y al mismo tiempo peregrina en la tierra, donde, entre las persecuciones del mundo y las consolaciones de Dios, los disc?pulos del Se?or anuncian su pasi?n y muerte hasta que vuelva en la gloria (cfr Lumen gentium, 8). Es m?s, cada celebraci?n eucar?stica anticipa el triunfo de Cristo sobre el pecado y sobre el mundo, y muestra en el misterio el fulgor de la Iglesia, "esposa inmaculada del Cordero sin mancha, Esposa que Cristo a amado y por la que se ha entregado, a fin de hacerla santa" (ibid., 6).


Es necesario que toda la comunidad crezca en la caridad y en la dedicaci?n apost?lica y misionera. Concretamente se trata de dar testimonio con la vida de vuestra fe en Cristo y la confianza total que pon?is en ?l. Se trata tambi?n de cultivar la comuni?n eclesial que es ante todo un don, fruto del amor libre y gratuito de Dios, y que por tanto es divinamente eficaz, y est? siempre presente y operante en la historia, m?s all? de cualquier apariencia contraria.?

La comuni?n eclesial es tambi?n una tarea confiada a la responsabilidad de cada uno. Que el Se?or os conceda una comuni?n cada vez m?s convencida y operante, en la colaboraci?n y en la corresponsabilidad en todos los niveles: entre presb?teros, consagrados y laicos, entre las distintas comunidades cristianas de vuestro territorio, entre las distintas agrupaciones de laicos. (?)


Homil?a del Papa en la dedicaci?n del altar de la catedral de Albano, el lunes 22 de septiembre de 2008.


Publicado por mario.web @ 12:29
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