Domingo, 27 de febrero de 2011

Encontramos el relato en Mt. 15, 21-28 y en Mc 7, 24-30.

Nos encontramos el ejemplo de una mujer an?nima, llamada "La Cananea" por su origen, no por nombre propio. Nos va a ense?ar c?mo la fe es capaz de ganarle a Dios ese pulso que Dios le echa. Es un relato tan hermoso que parece casi un cuento de hadas. Sin embargo, aquella mujer se llev? en el coraz?n aquello que tanto quer?a: la curaci?n de su hija.

"Ten piedad de m?, Se?or. Mi hija est? malamente endemoniada". Esta mujer parte de una realidad: nadie, a excepci?n de Dios, puede solucionarle eso que atormenta tanto su coraz?n, el tormento de su hija a manos del demonio. En nuestras vidas cu?ntas veces Dios no entra en nuestros c?lculos humanos: son nuestras propias fuerzas, son los dem?s, es la esperanza en el progreso, es el psic?logo, las primeras puertas a las que llamamos. C?mo nos cuesta poder decir que aquella sencillez de Marta y Mar?a: "Se?or, el que amas, est? enfermo" C?mo nos cuesta ser ni?os ante Dios y decirle con esta mujer: "Ten piedad de m?".?

Parece que Jes?s no escucha aquel grito desgarrado, porque no le responde. Sin embargo, c?mo le doli? a Cristo aquella s?plica. Quiere poner a prueba la fe de aquella mujer para que su fe fuera m?s grande si cab?a. Y son los disc?pulos quienes intervienen abogando en favor de ella, pero no por motivos profundos, sino para quit?rsela de encima, pues ya molestaba. Parece que Dios muchas veces no nos escucha, no nos oye. Nos llega a desesperar a veces el silencio de Dios. Es posible que hasta a veces pensemos que a Dios no le interesamos. Y es ah? justamente cuando Dios est? esperando ese ?ltimo gesto de entrega a ?l, de confianza en su amor de Padre.?


Jes?s responde a los disc?pulos, no a ella, que ?l no ha sido enviado m?s que a las ovejas perdidas de la casa de Israel. Es como un gesto de desprecio, de rechazo, como queriendo zanjar todo aquello de golpe. Pero ella insiste en su oraci?n: "Se?or, soc?rreme". Hay que ser humildes para aceptar a Dios. "Si no os hac?is como ni?os, no entrar?is en el Reino de los Cielos". Ante aquel grito de dolor, Cristo va a poner la ?ltima prueba. Le dice que no est? bien quitarle el pan a los hijos para d?rselo a los perritos. Es como un insulto. Hoy dir?amos que Cristo ha pisoteado la dignidad humana de aquella persona. Pero ?l sabe lo que est? haciendo, y lo que est? haciendo es purificar aquel coraz?n plenamente antes de hacer el gran milagro.?

Por ello responde la mujer que tambi?n los perritos comen de las migajas que caen de la mesa de sus se?ores. Aquello doblega el coraz?n de Cristo que ya desde antes ven?a sufriendo junto con aquella mujer aquel dolor terrible que experimentaba por la enfermedad de su hija. Ya no puede m?s, y ante tanta humildad dice: "Mujer, grande es tu fe; que te suceda como deseas". Y la hija qued? curada. La fe siempre lo puede todo hasta lo imposible. La fe y la humildad de una pobre mujer cananea hab?an doblegado el Coraz?n de Dios. "A los humildes Dios los bendice". ?C?mo se llenar?a de gozo el coraz?n de aquella mujer que ahora contemplaba a su hija curada! Dir?a: "Ha valido la pena pasar por esto mil veces", y tal vez no se daba cuenta del todo de que hab?a sido su fe perseverante quien hab?a ganado aquel duelo.

Nosotros los cristianos tenemos que aprender de esta mujer muchas cosas hermosas y bellas. A Dios se le vence con la fe, no con el orgullo. De Dios se obtiene todo no con el racionalismo, sino con la confianza. En Dios siempre encuentra uno acogida cuando se le acerca con humildad, no con auto-suficiencia. Por ello, estos ejercicios nos dan la oportunidad de revisar nuestra fe.

?Es mi fe la primera actitud que define mi relaci?n personal con Dios? O m?s bien, ?la fe es el ?ltimo recurso, cuando ya no cabe ninguna otra esperanza? A Dios le gusta que mi relaci?n habitual, diaria, personal con ?l se de siempre en el campo de la fe. Dios quiere que me f?e de ?l, que tenga la suficiente confianza como para pedirle cosas de ni?o, que nunca ponga en duda su amor y su poder.

?Es mi fe humilde? Parecer?a una contradicci?n porque la fe sin humildad no es tal. Pero conviene preguntarse si s? agarrarme de Dios incluso cuando no entiendo nada de nada, cuando no comprendo sus planes, cuando me resulta imposible ver su amor en algo que me ha sucedido. Entonces, tengo que hacerme peque?o y decirle a Dios: "No te entiendo, pero me f?o de ti", como tuvo que hacer Mar?a al comprobar que duros eran los planes de Dios sobre el modo y el c?mo del Nacimiento de su Hijo, o al ignorar c?mo se iba a resolver el tema de su embarazo con Jos?, o al escuchar que una espada iba a atravesar su coraz?n por culpa de aquel ni?o que llevaba a presentar ante el Se?or.

?Es mi fe tan grande que, incluso no entendiendo nada de nada de los planes de Dios sobre m? o sobre los dem?s, pongo por delante siempre mi fe absoluta en ?l? ?C?mo nos gustar?a escuchar de los labios del mismo Dios: "Qu? grande es tu fe. Que se haga como quieres"! Hay que apostar en la vida por Dios y aceptar que Dios nos sobrepasa y nos supera. No somos nada a su lado. Todo lo que de ?l venga ser? bienvenido. No dejemos nunca que el orgullo nos someta y dejemos de curarnos porque se nos hace humillante ba?arnos en el r?o que nos ha aconsejado Dios cuando tenemos r?os tan bellos en nuestra tierra (2 Re 5, 1-15).


El Evangelio de la gracia, la Buena Nueva de Cristo, nos ha ense?ado que la fe es fundamental en el cristiano. Incluso cuando uno ve el futuro y siente ansiedad, incluso cuando uno ve los problemas y siente impotencia, incluso cuando uno constata los graves problemas que afligen al mundo, al hombre, a la familia. No hay otra soluci?n que la fe. Dios es m?s grande que todo eso. Dios es quien me garantiza mi alegr?a y mi salvaci?n.

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Publicado por mario.web @ 12:34
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