Domingo, 27 de febrero de 2011

Vamos a contemplar en estos dos Ap?stoles ese cambio profundo de vida. Son para nosotros los hombres que cambiaron sus valores pol?ticos religiosos por una vida al lado de Cristo basada en la humildad, en la mansedumbre y en el perd?n.

Pertenec?an seg?n podemos saber al grupo de los celotes, un grupo de jud?os convencidos de su fe y de sus tradiciones, pero que combat?an al opresor romano y esperaban un Mes?as que los liberara de aquella opresi?n. Cristo les sale al paso, sin importarle su militancia y sus convicciones, y les invita a seguirle. Ello va a suponer un cambio de mentalidad, una conversi?n interior, un abandono de algo muy metido en sus corazones. As? se convertir?n con el tiempo en hombres que luchar?n por liberar al hombre de otras esclavitudes distintas a las pol?ticas: la esclavitud del pecado, la esclavitud de las pasiones, la esclavitud, sobre todo, del propio yo. En este contexto vamos a contemplar el cambio que l?gicamente se tuvo que realizar en ellos.


Del odio al amor.

Sabemos que todo jud?o odiaba a los romanos. Aquello s?lo era s?mbolo de una realidad que se repite en el coraz?n del hombre: el rencor, el odio, la acepci?n de personas. Al ser llamados por Cristo Judas y Sim?n empiezan a comprender que el Maestro centra su mensaje en el amor, en el perd?n, en el olvido de las ofensas. Sin duda, en su interior tuvo que darse una revoluci?n profunda, dif?cil, sangrante. Pero poco a poco empez? a entrar en ellos la comprensi?n de una nueva visi?n del hombre, no como enemigo, sino como hermano, hijo del mismo Padre, que ama a todos y hace salir el sol sobre buenos y malos. As? el odio, el rencor, la venganza fueron desapareciendo y en su lugar se situaron la paz, la oraci?n por los enemigos, el amor.


De la ira a la mansedumbre.

Los celotas emprend?an campa?as de acoso violentas contra los romanos, aunque casi siempre llevaron las de perder. Les mov?a en rencor, y el rencor engendra ira y violencia. Desde el principio Judas y Sim?n empezaron a escuchar del Maestro palabras de mansedumbre: Bienaventurados los mansos, porque ellos poseer?n en herencia la tierra (Mt 5,4). ?Qu? dif?cil debi? ser para ellos abandonar el camino de la ira para acercarse a los hombres con bondad, con respeto, con comprensi?n! Sin embargo, estamos seguros de que pronto comprendieron que aquel camino lograba mejores frutos en la relaci?n entre los hombres. No les ped?a Cristo que destruyeran su forma de ser, sino que emplearan para el bien aquella fuerza interior que un d?a usaron mal, porque la pusieron al servicio de sus pasiones.


Del Dios de la venganza al Dios del amor.

Tambi?n Judas y Sim?n tuvieron que entrar por medio de Cristo, Dios hecho hombre, a la comprensi?n de un Dios distinto, un Dios que es Padre bondadoso, amable, bueno. Esta conversi?n debi? ser dura para hombres que ten?an una clara conciencia de ser parte del pueblo elegido y que precisamente rechazaban a los romanos porque ?stos intentaban arrebatarles su fe, sus costumbres, sus tradiciones. Es curioso, pero Dios nos pide que amemos incluso a quienes le odian a ?l, a quienes le persiguen en su Iglesia, a quienes parecen enemigos irreconciliables de la fe. M?s a?n, nos asegura que con el amor convenceremos al mundo de la autenticidad de nuestra fe.


A la luz del Evangelio de Cristo y del ejemplo de estos dos Ap?stoles, nosotros, hombres de hoy, tenemos que revisar nuestra vida y decidir qu? cambios debemos realizar para ser cristianos de veras. ?Qu? nos puede pedir Dios tomando como punto de referencia los valores de la humildad, de la pobreza y de la abnegaci?n? Sin duda, podr?an ser much?simas cosas e, incluso, cada uno tendr? necesidades distintas. Sin embargo, vamos a repasar algunas de las exigencias contenidas en estos valores para nosotros, hombres, padres de familia, esposos, profesionales, miembros de la Iglesia.

  • Dios nos pide en primer lugar un cambio de mentalidad. Con frecuencia nuestra mente, nuestra inteligencia, nuestra raz?n est?n prisioneras de lo material, de lo cotidiano, de lo intrascendente, de lo inmediato. Parecemos ciudadanos de una tierra sin horizontes y sin futuro. Nos parecemos a aquel hombre rico que, tras una buena cosecha, se construye unos grandes graneros y se invita a s? mismo a vivir bien (Lc 12, 16-21). ?C?mo necesitamos levantar nuestra mirada a la eternidad, dar prioridad a lo espiritual, apreciar m?s las realidades importantes de la vida como la fe, la familia, la amistad! No nos resulta f?cil esta liberaci?n, porque adem?s vivimos en una sociedad que s?lo nos habla de bienestar, de comodidad, de ?xito, de eficacia. Sin embargo, con los d?as y con los a?os vamos saboreando el sabor amargo de una vida que se encierra sobre s? misma sin horizontes y sin futuro.

    Tenemos que decidirnos, pues, por dar prioridad al esp?ritu y a sus cosas sobre la materia, poniendo a Dios como centro de nuestro vida, y no a nosotros como centro de Dios. Tenemos que optar por la oraci?n, por los sacramentos, por las practicas religiosas en lugar de dejarlas relegadas por culpa de nuestras ocupaciones. Tenemos que ser hombres de vida interior m?s que de acci?n. Tenemos que defender m?s la familia que el trabajo. Tenemos que cuidar m?s la paz interior que las cuentas bancarias.


  • Dios nos pide en segundo lugar un cambio de coraz?n. Y os dar? un coraz?n nuevo, infundir? en vosotros un esp?ritu nuevo, quitar? de vuestra carne el coraz?n de piedra y os dar? un coraz?n de carne (Ez 36, 26). El coraz?n de piedra es ese coraz?n endurecido por el racionalismo, el orgullo, la autosuficiencia, la vanidad, el sentido de superioridad. Y el coraz?n de carne es ese otro coraz?n humilde, anclado en la fe, sencillo, sin complicaciones, cordial. Es muy necesario para nosotros los hombres abandonar esa falsa madurez que nos conduce frecuentemente a actitudes marcadas por el individualismo, la seguridad, la fuerza, pero que encierran tal vez posturas ego?stas, cobard?as inconfesables, miedo a la verdad. Tenemos que hacernos como ni?os. Tenemos que aceptarnos como limitados. Tenemos que aprender a equivocarnos sin rubores. Tenemos que decidirnos a pedir ayuda a los dem?s y a recibir de los dem?s con paz sugerencias, correcciones. Tenemos, en definitiva, que dejar los h?bitos del hombre viejo para asumir los del hombre nuevo, creado a imagen de Cristo.

  • Dios nos pide en tercer lugar un cambio de actitudes. Con frecuencia nuestra vida responde a un esquema que dif?cilmente alteramos con los a?os. Nos convencemos de unas prioridades que casi sacralizamos; nos instalamos en unas costumbres que no dejamos por ning?n motivo; nos hacemos due?os de unos prejuicios que nadie nos har? cambiar; nos aficionamos a un estilo de vida que no nos complique nuestra relaci?n con el entorno; nos ponemos unos l?mites para no dar m?s de nosotros mismos; nos diferenciamos de todos para poder vivir a gusto con nuestra mediocridad. Hay que cambiar en todos estos campos, tras los cuales se puede ocultar desde la pereza hasta la presunci?n, desde la mentira hasta la avaricia, desde la cobard?a hasta la falsa prudencia.

    Por el contrario, tenemos que abrirnos al cambio, abandonar prejuicios, convencernos de nuestras mentiras, romper con nuestros h?bitos ego?stas, abrir las puertas a una vida m?s marcada por los sentimientos y la afectividad. Y evidentemente todo ello para ser personas equilibradas, ricas interiormente, abiertas a la felicidad, pues Dios nos quiere as?.

  • Publicado por mario.web @ 16:42
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