Domingo, 27 de febrero de 2011

Al leer las ?ltimas cartas de Pablo, nos hemos encontrado con una larga lista de saludos inusual. No son precisamente los amigos y amigas de las otras cartas, sino los colaboradores que tiene en el Evangelio.

En sus cartas les lanza a todos este piropo que no se compra con millones:
?Ap?stoles de las Iglesias, gloria de Cristo? (2Co 8,23)
Adem?s, les asegura una recompensa inimaginable, el galard?n supremo:
?Sus nombres est?n escritos en el libro de la vida? (Flp 4,3)

Y Pablo no dice esto de Pedro, Juan, Santiago, Mateo o Tom?s, los ap?stoles elegidos por Jes?s.
?No! Pablo se refiere a Silas, a Clemente, a Dimas, a Tr?fimo, a S?patro, a Segundo, a Gayo, a Erasto, a T?quico y Artemas, a Zenas y Apolo, a Aristarco, a Urbano, a Epafras, a otros m?s?
?Qu? nombres, verdad?...
S? que los hemos o?do y le?do, pero no caemos en la cuenta de lo grandes que son.

Nos suenan mucho Bernab?, Lucas, Timoteo, Tito y Marcos, como los m?s conocidos; mientras que los otros han quedado en la penumbra, pero que son tan gloriosos ante Dios y tan benem?ritos de la Iglesia.

Tiene Pablo muy presentes a las mujeres que le ayudaron mucho y de manara ejemplar en el apostolado.
Como evangelizadoras, aparte de Febe la diaconisa, cita Pablo a varias con el mismo elogio de muy trabajadoras: Trifena y Trifosa, ?que han trabajado por el Se?or?; Mar?a la jud?a romana, ?que tanto ha trabajado?; Pr?side, ?que ha trabajado mucho en el Se?or??

Y trae adem?s el recuerdo emocionado de aquellas que le sirvieron de manera tan singular: Priscila, que junto con su marido se jug? la cabeza por Pablo; Lidia, la imprescindible de Filipos; la madre de Rufo, ?que es tambi?n madre m?a??
El trabajo de la mujer en la Iglesia, con responsabilidad propia, no es cosa de nuestros d?as: es algo tan antiguo como la Iglesia primera de los Ap?stoles.

Eso que dice Pablo sobre los ?nombres escritos en el libro de la vida? no nos resulta del todo nuevo, pues el Se?or ya se lo hab?a dicho a aquellos que regresaban locos de felicidad despu?s de la misi?n que les hab?a encomendado:
?Al?grense, porque sus nombres est?n escritos en el cielo? (Lc 10,20)

?sta es la dicha de los evangelizadores.
?ste es el est?mulo nuestro cuando queremos trabajar en la obra del Se?or.
Y esta es la gran bendici?n de la Iglesia: contar con hombres y mujeres entregados, que siguen las huellas de los grandes ap?stoles, muchas veces sin apariencias, sin meter ruido, pero cuya generosidad conoce bien el Dios que sabe escribir con letras de oro all? arriba?

Hemos admirado siempre a Pablo; su obra nos pasma. Pero, ?hab?amos reparado lo suficiente en este hecho que nos ocupa hoy: que siempre cont? con unos compa?eros magn?ficos en su obra de evangelizaci?n?
Pablo supo rodearse de hombres con su mismo ideal, enamorados de Jesucristo y entregados del todo a la obra del Se?or.

?Qu? decir, por ejemplo, de Bernab?? Es una figura muy querida en la Iglesia. Jud?o helenista, natural de Chipre, en los principios de la Iglesia de Jerusal?n realiz? aquel gesto tan generoso de caridad con los pobres narrado por los Hechos. Pose?a un campo, lo vendi?, y puso el dinero a los pies de los ap?stoles para que lo distribuyeran entre los necesitados.

Cuando nadie se fiaba de Pablo, el perseguidor que se hab?a convertido, Bernab? fue el clarividente que tom? al antiguo enemigo y lo present? confiadamente a los ap?stoles y a la primera comunidad de Jerusal?n.
Recordamos a Bernab? en Antioqu?a, en Chipre, en el Concilio de Jerusal?n?
Bondadoso y humilde, pronto dej? el protagonismo en manos de Pablo, qued?ndose ?l en segundo lugar a lo largo de aquella primera misi?n evangelizadora por dentro del Asia Menor.

Junto con Bernab? hay que traer obligatoriamente a su sobrino Marcos, que en la primera Iglesia de Jerusal?n era tan familiar a los Ap?stoles.

Muchacho joven, acompa?? a su t?o Bernab? y a Pablo en la evangelizaci?n de Chipre
Durante la primera prisi?n de Roma, Pablo lo ten?a consigo, y en la prisi?n siguiente le pidi? a Timoteo: ?Tr?eme contigo a Marcos!... Se?al esto de su valer y de lo mucho que Pablo lo apreciaba y quer?a.

?Y qu? decir de Lucas? Compa?ero fidel?simo de Pablo, no lo dej? nunca, ni en la prisi?n de Cesarea ni en las dos c?rceles de Roma.
Escribi? con cuidado hist?rico sin igual su Evangelio, del cual dec?a un racionalista e incr?dulo famoso que era ?el libro m?s bello del mundo?.
Los que amamos a la Virgen Mar?a no sabemos c?mo agradecer a Lucas todo lo que nos cuenta de Ella.
Y sin su otro libro, los ?Hechos de los Ap?stoles?, tendr?amos en el Nuevo Testamento un vac?o imposible de llenar.
?Lo que en la Iglesia debemos a Lucas!...

Tito y Timoteo nos son familiares por las cartas que les dirigi? Pablo.
Tito, convertido del paganismo, fue por designaci?n de Pablo evangelizador de Creta y de Dalmacia.

Timoteo, el muchacho jud?o de Listra, lleg? a ser el disc?pulo m?s mimado y entra?able de Pablo, el cual parece que no pod?a pasar sin ?l. Timoteo era d?bil y algo enfermizo. Pablo, con cari?o grande, le recomienda:
-Est? bien tu austeridad, pero toma moderadamente algo de vino, pues lo necesitas por tu d?bil est?mago y por tus frecuentes enfermedades.
Al leer unas l?neas como ?stas a Timoteo, adivinamos lo que era Pablo para sus colaboradores: todo amor, todo ternura, todo solicitud de padre.

Pablo estaba orgulloso de todos los que le ayudaban en el Evangelio.

?Ap?stoles de las Iglesias?, los llama con satisfacci?n inmensa.
?Gloria de Cristo?, les dice como elogio sin igual.
?Inscritos en el registro del Cielo?, les asegura rebosante de gozo inefable.

Esto eran entonces para Pablo, y esto son siempre para la Iglesia, los anunciadores de la Buena Nueva del Se?or Jes?s.


Publicado por mario.web @ 17:04
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