Lunes, 28 de febrero de 2011

Felipe el Ap?stol, distinto del di?cono Felipe (Hc 2,18), naci? en Betsaida (Jn 1,44). Sabemos que Cristo le llama a su seguimiento y ?l a su vez acerca a Cristo a Natanael o Bartolom? (Jn 1,45), asegur?ndole que han encontrado al que anunciaban los profetas y anim?ndole a ir a su busca (Jn 1,46). Encontramos a Felipe como interlocutor de Cristo en la multiplicaci?n de los panes (Jn 6,5-7), a?adiendo el Evangelio que lo hac?a para probarle. Se presenta como portavoz de unos griegos que deseaban ver a Jes?s (Jn 12,20-22). A ?l se dirige Jes?s invit?ndole a reconocer al Padre en el Hijo hecho hombre (Jn 14,8-11). Nos presentan a Felipe como evangelizador de Escitia y sit?an su tumba en Hier?polis de Frigia (Turquia). Sus reliquias fueron trasladadas, junto con las del Ap?stol Santiago, a Roma, donde reposan en la bas?lica de los dos Doce Ap?stoles Celebramos su fiesta el 3 de Mayo.

Vamos a contemplar en la figura de Felipe especialmente un aspecto que se repite a lo largo de su contacto con el Maestro varias veces: Felipe es un hombre que se f?a de Cristo.


En los Evangelios la confianza en Dios se convierte desde el principio, tanto en una condici?n para seguir a Cristo como en una necesidad de cara a los milagros que Jes?s hace. Con la fe se puede todo: se echan demonios, se devuelve la vista a los ciegos o la salud a los leprosos, se trasladan montes o ?rboles. Es impensable la relaci?n con Cristo de los Ap?stoles y de los Disc?pulos sin fe. Incluso podemos afirmar que la traici?n de Judas se empez? a gestar por culpa de su falta de fe en Jes?s. El mismo Jes?s ense?a que sin fe no se puede agradar a Dios. As? en las diatribas a los fariseos les acusa de descuidar la fe (Mt 23,23). Pone la fe como condici?n para no perecer (Jn 3,16). La fe es tambi?n el camino seguro hacia la vida eterna (Jn 6,35-40). Y proclama dichosos a quienes sin ver crean (Jn 20, 24-29).


Para un cristiano la esencia de la confianza en Dios es contemplar en Jesucristo al Mes?as, al Esperado de las Naciones, al Hijo de Dios que viene a salvarnos, que viene a guiarnos, que viene a ense?arnos, convirti?ndose as? en "camino, verdad y vida". En esta confianza en Dios entra tambi?n la Iglesia, divina y humana, instrumento de salvaci?n y certeza de los bienes futuros. Y entra tambi?n la Persona del Papa, Vicario de Cristo, Maestro de nuestra fe y Pastor de nuestros corazones. Fiarse de Dios es, pues, entregarse a Dios sin condiciones, sin exigencias, sin reticencias, en la certeza de que ?l es lo mejor que tenemos, El ?nico que no nos puede fallar, la Verdad que nos puede guiar en la confusi?n de la vida. Fiarse de Dios es poner a su servicio nuestra inteligencia y nuestra libertad sin pedirle pruebas. Fiarse de Dios es creer de veras en el que tanto nos ama.


En la vida de Felipe hay varios momentos en los que tiene que vivir la confianza a tope, es decir, fiarse de Cristo. A todo Ap?stol, llamado por Cristo, se le exige de una forma radical fiarse de su Maestro. Es verdad que Cristo realiz? grandes signos ante sus Ap?stoles, como echar demonios, resucitar muertos, devolver la vista a los ciegos o la salud a los leprosos, pero indudablemente la confianza en ?l estaba m?s all? de estas cosas, porque la confianza no es asombro, sino entrega incondicional. Se puede en la vida admirar, pero no amar. Se puede en la vida asombrarse ante un gesto de alguien, pero ello no significa decisi?n de seguirlo. Se pude en la vida quedarse anonadado ante un l?der, pero ello no lleva a dar la vida por ?l sin m?s. Vamos a recorrer esos momentos en que Felipe se f?a de Cristo.

S?gueme? (Jn 1,43). Es una de las pocas veces que Cristo, en el momento de llamar a sus Ap?stoles, se dirige a uno de ellos con esta palabra. Nada sab?amos hasta ese momento de Felipe: ?Qui?n era? ?Qui?n le hab?a acercado a Cristo? ?Qu? sab?a ?l de Cristo? El caso es que Felipe escucha aquella invitaci?n y a continuaci?n ?l mismo acerca a Natanael a Cristo anunci?ndole que ?l es el Mes?as de quien hab?a hablado Mois?s. En el comportamiento de Felipe percibimos e intuimos que se f?a plenamente de Cristo. No le pide explicaciones; no le pregunta qu? significa aquello de seguirle, no le pide tiempo para pens?rselo. Simplemente la personalidad de Cristo le cautiva de tal manera que ?l se entrega sin m?s. All? comienza una vida de fidelidad, con sus altibajos, hasta ese momento culminante en que da la vida por el Maestro.

?D?nde nos procuraremos panes para que coman ?stos?? (Jn 6,5-7). Nos encontramos ante una escena bell?sima. Cristo se da cuenta de que le estaba siguiendo mucha gente y quiere ayudarles, no s?lo espiritualmente, sino tambi?n materialmente. Se dirige a Felipe sin m?s y le hace la pregunta citada. El Evangelio dice intencionadamente que lo hace para probarle, porque ?l sab?a lo que iba a hacer. El bueno de Felipe le hace un c?lculo humano correcto: Doscientos denarios de pan no bastan para que cada uno tome un poco. Despu?s viene el milagro. Deteng?monos un momento realmente en lo que Cristo pretende con Felipe al hacerle aquella pregunta. Jes?s quiere fortalecer la confianza absoluta de Felipe y por ello, a trav?s de aquel milagro, le va a ense?ar que ?l se debe fiar siempre de su Maestro, aunque las dificultades parezcan insalvables. Sin duda, tras el milagro, Felipe se dio cuenta de que en toda ocasi?n y circunstancia hab?a que fiarse de Jes?s. As? la fe de Felipe en Jes?s madur? un poco m?s.

Se?or, mu?stranos al Padre y nos basta (Jn 14,8-9). Es como un arrebato de Felipe que escucha emocionado las tiernas palabras de Cristo sobre el Padre. Y Cristo le responde: ?Tanto tiempo hace que estoy con vosotros y no me conoces, Felipe? El que me ha visto a m?, ha visto al Padre. ?C?mo dices t?: Mu?stranos al Padre? ?No crees que yo estoy en el Padre y el Padre est? en m?? Otra vez una invitaci?n a la confianza plena. Es como si le dijera: "Cree en todo lo que te digo y ense?o". El misterio de Dios s?lo puede entrar en la mente humana a trav?s de la fe, y por eso Cristo le est? pidiendo que crea en las verdades que ense?a agarr?ndose de la fe. Ese va a ser el medio con el que Felipe va a contar para recorrer el dif?cil camino de la vida, especialmente cuando muy pronto vaya a vivir el drama de la pasi?n y su fe se achique ante la muerte del Maestro.


Para nosotros cristianos, seguidores de Cristo, que arrastramos ya una historia de la Iglesia en la que se ha visto tan claramente la mano de Dios, es imperdonable el no fiarnos de Dios. Es realmente maravilloso el constatar c?mo las puertas del mal no han prevalecido contra la Iglesia de Cristo. Y es que al cristiano de hoy le siguen alentando aquellas palabras de Jes?s: Y he aqu? que yo estoy con vosotros todos los d?as hasta el fin del mundo (Mt 28,20). Ante esta realidad, vamos a reflexionar qu? implica para nosotros, hombres, este fiarnos de Cristo y las dificultades que encontramos a veces para ello.


Fiarnos de Dios para nosotros es, ante todo, doblegar nuestra mente con la humildad ante el que nos supera plenamente. Los hombres de hoy le damos excesiva importancia a nuestra raz?n. Exigimos que la raz?n sea la norma de la verdad. No somos conscientes de c?mo nuestra raz?n puede estar tocada por el subjetivismo o el relativismo. Al vivir en un mundo tremendamente pragm?tico y emp?rico queremos que todo pase por la raz?n, incluso Dios. No somos conscientes de que Dios nos supera absolutamente y que, por tanto, no puede caber su infinitud en nuestra finitud. Ser?a como querer meter el mar en una peque?a charca. Por eso, una de las realidades que en la vida cotidiana embellece m?s a la raz?n es reconocer su propia peque?ez y sus limitaciones.

Precisamente en la fe puede encontrar la raz?n las certezas, las seguridades, el conocimiento que por s? misma no puede alcanzar. La humildad de la raz?n se llama lucha contra el racionalismo, el orgullo y la vanidad; y se manifiesta en la sencillez, en la conciencia de sus propias limitaciones y en la paz del que se f?a en alguien que es m?s grande que ella, porque la ha creado.

Fiarnos de Dios para nosotros es, tambi?n, aprender a ver su amor y su presencia en las circunstancias de la vida, tanto favorables como adversas; es poner m?s nuestra confianza en ?l que en nuestros esfuerzos; es esperarlo m?s todo de ?l que de los dem?s. Es confiar en su Providencia que no permite que se nos caiga un pelo de la cabeza sin su consentimiento. Muchas veces los cristianos damos la impresi?n de que, confiando en ?l, tenemos miedo a que Dios se distraiga, no se entere, no nos eche una mano. Y tendr?amos que hacer ver a los dem?s que la confianza en Dios est? muy encima de nuestras seguridades personales. Da mucha paz al coraz?n del hombre que lucha todos los d?as por sacar un hogar adelante, por educar a los hijos, por mantenerse en el camino correcto la certeza de un Dios Padre que le acompa?a, que siente con ?l, que le protege. Esta certeza es la confianza aut?ntica.

Fiarnos de Dios para nosotros es, finalmente, erradicar de cara al futuro esa ansiedad que nos lleva con frecuencia a olvidarnos de Dios y a poner nuestro coraz?n y nuestras fuerzas en objetivos que consideramos fundamentales para nuestra vida. A veces constatamos que el coraz?n es prisionero de la ansiedad, que vivimos desasosegados, que no tenemos tiempo para pensar en las verdades esenciales de la vida. No se trata de vivir el reto del futuro con inconciencia, sino m?s bien de encontrar respuestas para este futuro en el Coraz?n de Dios, no dejando de luchar al mismo tiempo por lo inmediato. El problema se agudiza cuando el futuro nos atormenta como si todo dependiera de uno mismo o de las circunstancias. Un cristiano no puede vivir en esa din?mica. Para algo nos fiamos de Dios, sabiendo al mismo tiempo que Dios nos apremia, nos exige, nos anima a luchar. Todo esto se podr?a aplicar al campo de la propia santidad, de la familia, de la vida profesional, de los retos personales. Impresiona en la vida de los Ap?stoles como se lanzaron a un futuro incierto, solamente confiados en la Palabra de Aqu?l que los invitaba a seguirle. )?e qu? iban a vivir? ?Y sus familias? ?Y su futuro? ?Y si fallaba el plan?


Publicado por mario.web @ 13:51
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