Mi?rcoles, 16 de marzo de 2011

San Agust?n, con su vida nos muestra la misericordia de Dios en los
hombres, el fue un pecador como mucho de todos nosotros, con su vida,
relatada tan honestamente por el en el libro confesiones, nos ense?a que
el camino a la santidad comienza cuando se reconoce la grandeza y majestad
de Dios y se enciende en deseos de alabarle.
Dec?a San Agust?n: ?Grande sois, Se?or, y muy digno de toda alabanza,
grande es vuestro poder, e infinita vuestra sabidur?a: y no obstante eso,
os quiere alabar el hombre, que es una peque?a parte de vuestras
criaturas: el hombre que lleva en s? no solamente su mortalidad y la
marca. De su pecado, sino tambi?n la prueba y testimonio de que Vos
resist?s a los soberbios. Pero Vos mismo lo exist?is a ello de tal modo,
que hac?is que se complazca en alabaros; porque nos criasteis para Vos, y
est? inquieto nuestro coraz?n hasta que descanse en Vos.
Pero ense?adme, Se?or, y haced que entienda si debe ser primero el
invocaros que el alabaros, y antes el conoceros que el invocaros. Mas
?qui?n os invocar? sin conoceros?, porque as? se expondr?a a invocar otra
cosa muy diferente de Vos, el que sin conoceros os invocara y llamara. O
decidme, si es menester antes invocaros, para poder conoceros.
Mas ?c?mo os han de invocar, sin haber antes cre?do en Vos?, y ?c?mo han
de creer, si no han tenido quien les predique y les d? conocimiento de
Vos? Pero tambi?n es cierto que alabar?n al Se?or los que te buscan:
porque los que le busquen, le hallar?n, y luego que le hallen, le
alabar?n. Pues concededme, Se?or, que os busque yo invoc?ndoos, y que os
invoque creyendo en Vos, pues ya me hab?is anunciado y predicado. Mi fe,
Se?or, os invoca: la fe, digo, que Vos me hab?is dado e inspirado por la
humanidad de vuestro sant?simo Hijo, y por el ministerio de vuestros
ap?stoles y predicadores.

1. BIOGRAFIA
Su nombre fue Aurelio Agust?n y naci? en Tagaste (hoy Souk-Arhas, en
Argelia), ciudad de Numidia, en el ?frica romana, es hijo de padre pagano
y madre cristiana (Santa M?nica)
Fue educado en Tagaste y Madaura (aproximadamente a 28 km de Tagaste) y
estudi? ret?rica (Arte de hablar y escribir bien y de emplear el lenguaje
de manera eficaz para deleitar, persuadir o conmover) en Cartago; leyendo
a Cicer?n se inici? en la filosof?a y se cuenta que uno de sus di?logos,
el Hortensius, hoy perdido, le llevar?a m?s tarde a convertirse al
cristianismo. En su juventud fue seguidor del manique?smo, (Doctrina de
Manes, te?logo persa del siglo III que defiende la existencia de dos
principios creadores contrarios entre s?, uno para el bien y otro para el
mal, todo es bueno o malo, sin grados intermedios) en el que inicialmente
le pareci? hallar respuesta a sus dudas sobre el mal en el mundo.
Desencantado de la secta, se dirigi? a Roma, donde se adhiri? al
escepticismo (Incredulidad, desconfianza o duda sobre la verdad o la
eficacia de algo) de la Academia nueva y al epicure?smo, (Doctrina
filos?fica expuesta por Epicuro, fil?sofo griego del siglo IV a. C., que
considera que la felicidad humana consiste en disfrutar de los placeres
evitando los sufrimientos) y donde ense?? ret?rica, para pasar luego a
Mil?n. Ley? por esta ?poca a algunos autores neoplat?nicos y probablemente
las En?adas de Plotino.
La posesi?n de la verdad s?lo la encontr? Agust?n en el cristianismo, al
que se convirti?, por influencia del obispo Ambrosio, de Mil?n, en el a?o
387. Ordenado sacerdote (391) y luego (396) obispo de Hipona (Annaba,
ciudad de Argelia), inici? su producci?n literaria de mayor importancia,
como defensor y expositor de la fe cristiana, al escribir primero contra
los maniqueos: Sobre el libre arbitrio (388 y 391-395), La verdadera
religi?n (390); contra los donatistas, cristianos puritanos que hac?an
depender la validez de los sacramentos de la intenci?n del ministro:
Contra Gaudencio, obispo de los donatistas; y contra los pelagianos,
seguidores de Pelagio, para quien el hombre, al no tener pecado original,
pod?a ?l solo, sin la gracia divina, realizar obras buenas: El esp?ritu y
la letra (412), Sobre las haza?as de Pelagio (417). A esta ?poca
pertenecen tambi?n otras grandes obras y tratados: La trinidad (399-419),
Confesiones (397), obra literariamente importante, y su gran obra
apolog?tica La ciudad de Dios (413-427). En Retractaciones (426-427),
Agust?n revisa algunas doctrinas anteriores. Su muerte acaeci? en el a?o
430, mientras los v?ndalos sitiaban Hipona, cuando desaparec?a el Imperio
Romano de Occidente.
2. EL PEQUE?O AGUST?N, LA INFANCIA
3. LA FAMILIA
La ciudad donde naci? Agust?n era peque?a, en tiempos de la ?frica romana,
es parte de el Afrecha que mira hacia el Mar Mediterr?neo, su padres
fueron tenia una posici?n econ?mica intermedia, se dice que el padre de
Aurelio Agust?n, Patricio, fue un pagano de temperamento violento, pero,
gracias al ejemplo y a la prudente conducta de su esposa, quien fue Santa
M?nica, se bautiz? poco antes de morir. Sabemos que Agust?n ten?a otros
hermanos, uno de ellos fue Navigio, quien muri? joven dejando varios hijos
al morir, sabemos de una hermana que consagr? su virginidad al Se?or. El
padre de Agust?n muri? en 371, Santa M?nica muri? ah? en noviembre de 387
4. BAUTISMO NO RECIBIDO
Aunque Agust?n ingres? en el catecumenado desde la infancia, no recibi?
por entonces el bautismo, de acuerdo con la costumbre de la ?poca. En su
juventud se dej? arrastrar por los malos ejemplos y, hasta los treinta y
dos a?os, llev? una vida licenciosa, aferrado a la herej?a maniquea. Su
Madre, M?nica, hab?a ense?ado a orar a su hijo desde ni?o y le hab?a
instruido en la fe, de modo que el mismo Agust?n que cay? gravemente
enfermo, pidi? que le fuese conferido el bautismo y su madre hizo todos
los preparativos para que lo recibiera; pero la salud del joven mejor? y
el bautismo fue diferido. Agust?n, conden? m?s tarde, con mucha raz?n, la
costumbre de diferir el bautismo por miedo de pecar despu?s de haberlo
recibido.
5. LA EDUCACI?N PRIMARIA
"Mis padres me pusieron en la escuela para que aprendiese cosas que en la
infancia me parec?an totalmente in?tiles y, si me mostraba yo negligente
en los estudios, me azotaban. Tal era el m?todo ordinario de mis padres y,
los que antes que nosotros hab?an andado ese camino nos hab?an legado esa
pesada herencia". Agust?n daba gracias a Dios porque, si bien las personas
que le obligaban a aprender, s?lo pensaban en las "riquezas que pasan" y
en la gloria perecedera", la Divina Providencia se vali? de su error para
hacerle aprender cosas que le ser?an muy ?tiles y provechosas en la vida.
Agust?n se reprochaba por haber estudiado frecuentemente s?lo por temor al
castigo y por no haber escrito, le?do y aprendido las lecciones como deb?a
hacerlo, desobedeciendo as? a sus padres y maestros. Algunas veces ped?a a
Dios con gran fervor que le librase del castigo en la escuela; sus padres
y maestros se re?an de su miedo, axial es como el comenta: "Nos castigaban
porque jug?bamos; sin embargo, ellos hac?an exactamente lo mismo que
nosotros, aunque sus juegos recib?an el nombre de ?negocios?. El
continuaba diciendo: Reflexionando bien, es imposible justificar los
castigos que me impon?an por jugar, alegando que el juego me imped?a
aprender r?pidamente las artes que, m?s tarde, s?lo me servir?an para
jugar juegos peores". Agust?n a?ade: "Nadie hace bien lo que hace contra
su voluntad" y observa que el mismo maestro que le castigaba por una falta
sin importancia, "se mostraba en las disputas con los otros profesores
menos due?o de si y m?s envidioso que un ni?o al que otro vence en el
juego". Agust?n estudiaba con gusto el lat?n, que hab?a aprendido en
conversaciones con las sirvientas de su casa y con otras personas; no el
lat?n "que ense?an los profesores de las clases inferiores, sino el que
ense?an los gram?ticos". Desde ni?o detestaba el griego y nunca lleg? a
gustar a Homero, porque jam?s logr? entenderlo bien. En cambio, muy pronto
tom? gusto por los poetas latinos.
6. UN ADOLESCENTE INQUIETO
Agust?n es un adol?cesete inquieto, agitado, sin tranquilidad ni reposo,
interesado por descubrir o conocer cosas nuevas. Fue a Cartago a fines del
a?o 370, cuando acababa de cumplir diecisiete a?os. Pronto se distingui?
en la escuela de ret?rica y se entreg? ardientemente al estudio, aunque lo
hac?a sobre todo por vanidad y ambici?n. Poco a poco se dej? arrastrar a
una vida licenciosa, pero a?n entonces conservaba cierta decencia de alma,
como lo reconoc?an sus propios compa?eros. No tard? en entablar relaciones
amorosas con una mujer y, aunque eran relaciones ilegales, supo
permanecerle fiel hasta que la mand? a Mil?n, en 385. Con ella tuvo un
hijo, llamado Adeodato, el a?o 372. Agust?n prosigui? sus estudios en
Cartago. La lectura del "Hortensius" de Cicer?n le desvi? de la ret?rica a
la filosof?a. Tambi?n ley? las obras de los escritores cristianos, pero la
sencillez de su estilo le impidi? comprender su humildad y penetrar su
esp?ritu. Por entonces cay? Agust?n en el manique?smo. Aquello fue, por
decirlo as?, una enfermedad de un alma noble, angustiada por el "problema
del mal", que trataba de resolver por un dualismo metaf?sico (la
metaf?sica es la rama de la filosof?a que estudia la esencia del ser, sus
propiedades, sus principios y sus causas primeras) y religioso, afirmando
que Dios era el principio de todo bien y la materia el principio de todo
mal. La mala vida lleva siempre consigo cierta oscuridad del entendimiento
y cierta torpeza de la voluntad; esos males, unidos al del orgullo,
hicieron que Agust?n profesara el manique?smo hasta los veintiocho a?os.
Agust?n confiesa: "Buscaba yo por el orgullo lo que s?lo pod?a encontrar
por la humildad. Henchido de vanidad, abandon? el nido, crey?ndome capaz
de volar y s?lo consegu? caer por tierra".
San Agust?n dirigi? durante nueve a?os su propia escuela de gram?tica y
ret?rica en Tagaste y Cartago. Entre tanto, su madre, confiada en las
palabras de un santo obispo que, le hab?a anunciado que "el hijo de tantas
l?grimas no pod?a perderse", no cesaba de tratar de convertirle por la
oraci?n y la persuasi?n. Despu?s de una discusi?n con Fausto, el jefe de
los maniqueos, Agust?n empez? a desilusionarse de la secta. El a?o 383,
parti? furtivamente a Roma, a impulsos del temor de que su madre tratase
de retenerle en ?frica. En la Ciudad Eterna abri? una escuela, pero,
descontento por la perversa costumbre de los estudiantes, que cambiaban
frecuente de maestro para no pagar sus servicios, decidi? emigrar a Mil?n,
donde obtuvo el puesto de profesor de ret?rica.
Ah? fue muy bien acogido y el obispo de la ciudad, San Ambrosio, le dio
ciertas muestras de respeto. Por su parte, Agust?n ten?a curiosidad por
conocer a fondo al obispo, no tanto porque predicase la verdad, cuanto
porque era un hombre famoso por su erudici?n. As? pues, asist?a
frecuentemente a los sermones de San Ambrosio, para satisfacer su
curiosidad y deleitarse con su elocuencia. Los sermones del obispo eran
m?s inteligentes que los discursos del hereje Fausto y empezaron a
producir impresi?n en la mente y el coraz?n de Agust?n, quien al mismo
tiempo, le?a las obras de Plat?n y Plotino. "Plat?n me llev? al
conocimiento del verdadero Dios y Jesucristo me mostr? el camino". Su
madre, que le hab?a seguido a Mil?n, quer?a que Agust?n se casara; por
otra parte, la madre de Adeodato, hijo de Agust?n, retorn? al ?frica y
dej? al ni?o con su padre. Pero nada de aquello consigui? mover a Agust?n
a casarse o a observar la continencia y la lucha moral, espiritual e
intelectual continu? sin cambios.
7. UN LLANTO AMARGO EN LA ADOLESCENCIA
En el libro II de Confesiones, llora amargamente al decimosexto a?o de su
edad, en que apartado de los estudios estuvo en su casa y se dejo llevar
de los halagos de la lascivia y se entrego a una vida derramada y
licenciosa, es as? como, en el capitulo I y II, De su adolescencia y
vicios de aquella edad, dice:
?Quiero traer a la memoria mis fealdades pasadas y las torpezas carnales
que causaron la corrupci?n de mi alma; no porque las ame ya, Dios m?o,
sino para exc?tame m?s a vuestro amor. Correspondiendo a vuestro amor hago
esto, recorriendo mis perversos caminos con pena y amargura de mi alma;
para que Vos, Se?or se?is dulce para mi dulzura verdadera. Dulzura
felic?sima y segura; y me reun?is y saqu?is de la disipaci?n y
distraimiento que ha dividido mi coraz?n en tantos trozos como objetos ha
amado diferentes, mientras he estado separado de Vos, que sois la eterna y
soberana Unidad. En alg?n tiempo de mi adolescencia deseaba ardientemente
s?ciame de estas cosas de ac? abajo, y al modo que un ?rbol nuevo brota
por todas partes espesas y frondosas ramas, yo tambi?n me entregu?
osadamente a varios y sombr?os afectos y pasiones, con 10 cual se afe? la
hermosura de mi alma, y agrad?ndome a mi mismo. y deseando agradar y
parecer bien a los ojos de los hombres. Vine a ser hediondez y corrupci?n
en los vuestros?.
??Y qu? era lo que me deleitaba sino amar y ser amado? Pero en esto no
guardaba yo el modo que debe haber en amarse las al- mas mutuamente, que
son los limites claros y lustrosos a que se ha de ce?ir la verdadera
amistad, sino que levant?ndose nieblas y vapores del cenagal de mi
concupiscencia y pubertad, anublaban y oscurec?an mi coraz?n y esp?ritu de
tal modo, que no discern?a entre la clara serenidad del amor casto y la
inquietud tenebrosa del amor impuro. Uno y otro herv?an confusamente en mi
coraz?n, y entrambos arrebataban mi flaca edad, llev?ndola por unos
precipicios de deseos desordenados, y me sumerg?an en un pi?lago de
maldades. Vos, Se?or, estabais muy irritado contra mi, y yo no lo advert?a
ni reflexionaba.?
8. EL EJEMPLO DE LOS SANTOS INFLUYE
Agust?n tenia treinta y dos a?os, entonces por el a?o 386, dice en el
Libro VIII, capitulo I, ?Entonces me pusiste en el coraz?n un pensamiento
que me pareci? prudente, el de buscar a Simplicianos, que en mi concepto
era un buen servidor tuyo?. As? fue como San Simpliciano le hab?a hecho en
uno de sus relatos, la conversi?n de Victorino, el profesor romano
neoplat?nico, le impresion? profundamente. Poco despu?s, Agust?n y su
mejor amigo, Alipio, recibieron la visita de Ponticiano, un africano.
Viendo las ep?stolas de San Pablo sobre la mesa de Agust?n, Ponticiano les
habl? de la vida de San Antonio y qued? muy sorprendido al enterarse de
que no conoc?an al santo. Despu?s les refiri? la historia de dos hombres
que se hab?an convertido por la lectura de la vida de San Antonio. Las
palabras de Ponticiano conmovieron mucho a Agust?n, quien vio con perfecta
claridad las deformidades y manchas de su alma. En sus precedentes
intentos de conversi?n Agust?n hab?a pedido a Dios la gracia de la
continencia, pero con cierto temor de que se la concediese demasiado
pronto: "En la aurora de mi juventud, te hab?a yo pedido la castidad, pero
s?lo a medias, porque soy un miserable. Te dec?a yo, pues: ?Conc?deme la
gracia de la castidad, pero todav?a no?; porque ten?a yo miedo de que me
escuchases demasiado pronto y me librases de esa enfermedad y lo que yo
quer?a era que mi lujuria se viese satisfecha y no extinguida".
Avergonzado de haber sido tan d?bil hasta entonces, Agust?n dijo a Alipio
en cuanto parti? Ponticiano: (Libro VIII, capitulo VIII, ??Por qu? tenemos
que aguantar todo esto?, ?Te das cuenta cabal de lo que hemos o?do?, ?Mira
como los indoctos (ignorante), se levantan y arrebatan el reino de los
Cielos, mientras nosotros, llenos de saber pero sin coraz?n, nos estamos
revolcando en la carne y en la sangre!, ?No queremos seguirlos nada mas
porque nos han tomado la delantera?, ?Y mayor verg?enza, ni siquiera
intentamos seguirlos?
9. LA VIRTUD DE LA CASTIDAD EN SAN AGUSTIN
San Agust?n, en el Cap?tulo XII de la VI parte de sus Confesiones nos
relata su desconcierto y esclavitud en que le tiene encadenada la lujuria.
Dejar? sus palabras casi textualmente porque ellas de por s? tienen m?s
fuerza de la que puedan recibir de fuera y hoy, cuando el mundo y la
Iglesia se est?n ya hace tiempo, desangrando lastimosamente, en palabras
del Cardenal Oddi, son muy necesarias y ejemplarizantes porque nos
muestran a un hombre de buena voluntad esclavizado por completo, que no
quiere luchar para librarse de las cadenas y, como en el reinado de Felipe
VII en Espa?a, gritaba desesperado: ??Vivan las cadenas?!
10. ?NONDUM AMABAM ET AMARE AMABAM?
Vio a Agust?n su padre en el ba?o y se dio cuenta de que ya era p?ber y se
llen? de alegr?a. De entonces son las palabras de Agust?n: ?Nondum amabam
et amare amabam?, ?a?n no amaba y deseaba amar?, sin darme cuenta de las
tribulaciones, celos, angustias que trae el amor.
?


Publicado por mario.web @ 23:57  | religion
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