Mi?rcoles, 16 de marzo de 2011

11. EL CELIBATO IMPOSIBLE PARA AGUSTIN, AGUST?N DISCUTE CON ALIPIO
EL MATRIMONIO Y EL CELIBATO.
Alipio me imped?a el que me casase, alegando que era absolutamente
imposible, si me casaba, que vivi?semos los dos juntos dedicados quieta y
seguramente al amor y estudio de la sabidur?a, como hab?a mucho tiempo que
dese?bamos. Porque ?l aun en aquella edad era cast?simo, y tanto que
causaba admiraci?n, pues aunque a la entrada de su juventud comenz? a
experimentar el vicio opuesto, en lugar de atollarse en aquel lodo, qued?
muy arrepentido y despreci? de tal suerte los deleites de la sensualidad,
que desde entonces viv?a con muy grande continencia.
Mas yo le contradec?a, oponiendo contra su sentencia los ejemplos de
aqu?llos que siendo casados hab?an continuado el estudio de la sabidur?a,
hab?an servido a Dios y conservado y amado fielmente a sus amigos. Pero a
la verdad, estaba yo muy lejos de la grandeza de ?nimo de aqu?llos que
citaba: atado a la dolencia de mi carne con el mort?fero deleite que me
ten?a esclavizado, arrastraba mi cadena temiendo ser desatado de ella; y
al modo que una llaga se estremece s?lo con que la toque la mano que va a
curarla, as? desechaba yo los buenos consejos y palabras de Alipio, que
eran como la mano que me iba a desatar de mi cadena. Yo le dec?a a Dios:
?Dame la castidad, pero ahora no?. La serpiente infernal se val?a de mi
boca para hablar a Alipio; por medio de mi lengua tej?a dulces lazos y los
esparc?a en el camino de su vida, para que se enredasen en ellos aquellos
pies tan libres como honestos.
Admir?ndose Alipio de que un hombre como yo, a quien ?l ten?a en gran
concepto, estuviese tan preso con la liga de aquel deleite, que siempre
que habl?bamos de esto, le dec?a que de ning?n modo me era posible el
vivir sin casarme, y viendo tambi?n que yo me defend?a al mismo tiempo que
?l se admiraba dici?ndole que hab?a mucha diferencia entre lo que ?l hab?a
experimentado muy ligera y furtivamente (de lo cual apenas ya se acordaba
y por eso pod?a despreciarlo f?cilmente y sin trabajo alguno), y los
deleites de mi larga costumbre, que si se cohonestaron con el matrimonio,
no tendr?a raz?n de maravillarse de que yo me hallase imposibilitado de
mirar aquella vida con desprecio; comenzaba ya ?l tambi?n a desear
casarse, no vencido ni por asomo de aquel deleite, sino ?nicamente movido
de la curiosidad. Porque dec?a que solamente deseaba saber qu? delicias
ven?an a ser las de aquel estado sin las cuales mi vida, que ?l amaba
tanto, no me parec?a vida, sino tormento. Y es que su ?nimo, como estaba
libre de aquella prisi?n, se espantaba de la esclavitud del m?o y
admir?ndose de ella caminaba por el deseo de experimentarla, hasta llegar
a la experiencia misma, para caer acaso en la misma esclavitud que en m?
admiraba, porque esto ser?a contratar con la muerte, pues quien ama el
peligro caer? en ?l. Ni a ?l ni a m? nos mov?a mucho al estado conyugal lo
que hace decoroso y recomendable el matrimonio, como es la buena direcci?n
de una familia y la procreaci?n de los hijos, sino que lo que a m? me
llevaba principalmente y con vehemencia era la costumbre de saciar la
insaciable concupiscencia que me ten?a cautivo y me atormentaba, y al otro
la admiraci?n era lo que le tra?a a ser cautivo.

12. SU MADRE Y AGUSTIN NO PUEDE RESISTIR
Me instaban fuertemente a que me casase. Ya hab?a llegado a pedir a una
joven para que se casase conmigo, y ya tambi?n me la hab?an prometido,
procur?ndolo principalmente mi madre. La joven no ten?a la edad, le
faltaban casi dos a?os para cumplir los que se requieren para el
matrimonio, y porque aqu?lla parec?a buena ocasi?n por su posici?n,
esper?bamos hasta que cumpliese la edad competente.
Pero Agust?n no pude resistir y sustituye la primera amante que se volvi?
a ?frica, por otra mujer. Entretanto se iban multiplicando mis pecados, y
siendo violentamente arrancada de mi lado como estorbo para mi casamiento
aquella mujer con quien yo ten?a relaciones y en quien ten?a puesto mi
coraz?n, me qued? ?ste tan lastimado y herido que la daga todav?a estaba
fluyendo sangre. Ella, despu?s de hacer a Vos el voto de no conocer otro
var?n en toda su vida, se hab?a vuelto al ?frica, dejando en mi compa??a
un hijo natural que tuve de la misma. Pero yo, infeliz, que a?n no tuve
valor para imitar el de una mujer, pareci?ndome mucha dilaci?n la de dos
a?os que hab?an de pasar antes de recibir la que hab?a pretendido por mi
mujer leg?tima, por no aguardar tanto tiempo y porque no era tan amante
del matrimonio como esclavo del deleite lascivo, tom? amistad con otra,
para que la continuaci?n de mi mala costumbre conservase la enfermedad de
mi alma y me la hiciese llevar entera o m?s agravada cuando llegase al
estado matrimonial. Ni por eso se me cur? la llaga que se hab?a hecho en
mi coraz?n con el apartamiento de la primera amiga; antes bien, adem?s de
haberme causado agud?simos dolores con el ardor primero, despu?s,
empobreci?ndose la llaga, cuanto m?s fr?a estaba, tanto dol?a m?s
insufrible y desesperadamente.
13. ??TARDE TE AME?
!Hasta que llegara el d?a de la luz: ??Tarde te am?, Hermosura tan antigua
y tan nueva, tarde te am?! Y t? estabas dentro de m? y yo afuera, y as?
por fuera te buscaba; y deforme como era, me lanzaba sobre estas cosas
hermosas que t? creaste? Me llamaste y clamaste, y quebrantaste mi
sordera; brillaste, resplandeciste, y curaste mi ceguera; exhalaste tu
perfume, y lo aspir?, y ahora te anhelo; gust? de ti y ahora tengo hambre
y sed de ti; me tocaste, y dese? con ansia la paz que procede de ti?
Hasta que los hombres no lleguen a esta meta, todo ser? perdido, caer y
levantarse, angustia y guerra. Si queremos triunfar en este campo de
batalla hemos de empezar por donde ha terminado Agust?n, porque ?Nos has
hecho, Se?or, para ti, y nuestro coraz?n est? inquieto hasta que descanse
en ti?.
14. LA GRACIA Y LA MISERICORDIA
En el Libro VIII, Agust?n comienza el capitulo I diciendo: ?Recuerdo yo mi
vida, Se?or, d?ndote gracias y confieso tus muchas misericordias para con
migo?.
En el capitulo VIII, Agust?n nos cuenta como se levant? y sali? al
jard?n. Alipio le sigui?, sorprendido de sus palabras y de su conducta.
Ambos se sentaron en el rinc?n m?s alejado de la casa. Agust?n era presa
de un violento conflicto interior, desgarrado entre el llamado del
Esp?ritu Santo a la castidad y el deleitable recuerdo de sus excesos. En
el capitulo XII, dice Agust?n, ?se levanto en mi una inmensa tempestad,
que desencadeno un torrente de l?grimas, ? y me aparte de Alipio, para
llorar, y fui a tenderme, no recuerdo como debajo de una higuera; solt?
rienda a las l?grimas y de mis ojos salieron como sacrificio aceptable
para ti r?os enteros. Y muchas cosas te dije; "?Hasta cu?ndo, Se?or? ?Vas
a estar siempre airado? ?Olvida mis antiguos pecados!" Y se repet?a con
gran aflicci?n: "?Hasta cu?ndo? ?Hasta cu?ndo? ?Hasta ma?ana? ?Por qu? no
hoy? ?Por qu? no voy a poner fin a mis iniquidades en este momento?" En
tanto que se repet?a esto y lloraba amargamente, oy? la voz de un ni?o que
cantaba en la casa vecina una canci?n que dec?a: "Tolle lege, tolle lege"
(Toma y lee, toma y lee). Agust?n empez? a preguntarse si los ni?os
acostumbraban repetir esas palabras en alg?n juego, pero no pudo recordar
ninguno en el que esto sucediese.
Entonces le vino a la memoria que San Antonio se hab?a convertido al o?r
la lectura de un pasaje del Evangelio. Interpret? pues, las palabras del
ni?o como una se?al del cielo, dej? de llorar y se dirigi? al sitio en que
se hallaba Alipio con el libro de las Ep?stolas de San Pablo.
Inmediatamente lo abri? y ley? en silencio las primeras palabras que
cayeron bajo sus ojos: "No en las ri?as y en la embriaguez, no en la
lujuria y la impureza, no en la ambici?n y en la envidia: poneos en manos
del Se?or Jesucristo y abandonad la carne y la concupiscencia". Ese texto
hizo desaparecer las ?ltimas dudas de Agust?n, que cerr? el libro y relat?
serenamente a Alipio todo lo sucedido. Alipio ley? entonces el siguiente
vers?culo de San Pablo: "Tomad con vosotros a los que son d?biles en la
fe". Aplic?ndose el texto a s? mismo, sigui? a Agust?n en la conversi?n.
Ambos se dirigieron al punto a narrar lo sucedido a Santa M?nica, la cual
alab? a Dios "que es capaz de colmar nuestros deseos en una forma que
supera todo lo imaginable".
15. EL NUEVO CAMINO DE AGUST?N
Agust?n renunci? inmediatamente al profesorado y se traslad? a una casa de
campo en Casiciaco, cerca de Mil?n, que le hab?a prestado su amigo
Verecundo. Su madre, Santa M?nica, su hermano Navigio, su hijo Adeodato,
San Alipio y algunos otros amigos, le siguieron a ese retiro, donde
vivieron en una especie de comunidad. Agust?n se consagr? a la oraci?n y
el estudio y, aun ?ste era una forma de oraci?n por la devoci?n que pon?a
en ?l. Entregado a la penitencia, a la vigilancia diligente de su coraz?n
y sus sentidos, dedicado a orar con gran humildad, Agust?n se prepar? a
recibir la gracia del bautismo, que hab?a de convertirle en una nueva
criatura, resucitada con Cristo. "Demasiado tarde, demasiado tarde empec?
a amarte. ?Hermosura siempre antigua y siempre nueva, demasiado tarde
empec? a amarte! T? estabas conmigo y yo no estaba contigo. Yo estaba
lejos, corriendo detr?s de la hermosura por T? creada; las cosas que
hab?an recibido de T? el ser, me manten?an lejos de T?. Pero t? me
llamaste. Me llamaste a gritos, y acabaste por vencer mi sordera. T? me
iluminaste y tu luz acab? por penetrar en mis tinieblas. Ahora que he
gustado de tu suavidad estoy hambriento de T?. Me has tocado y mi coraz?n
desea ardientemente tus abrazos". Los tres di?logos "Contra los
Acad?micos", "Sobre la vida feliz" y "Sobre el orden", se basan en las
conversaciones que Agust?n tuvo con sus amigos en esos siete meses.
16. AGUST?N SE BAUTIZA
La v?spera de la Pascua del a?o 387, San Agust?n recibi? el bautismo,
junto con Alipio y su querido hijo Adeodato, quien ten?a entonces quince
a?os y muri? poco despu?s. En el oto?o de ese a?o, Agust?n resolvi?
retornar a ?frica y fue a embarcarse en Ostia con su madre y algunos
amigos. Poco tiempo despu?s muere su madre. Agust?n consagra seis
conmovedores cap?tulos de las "Confesiones" a la vida de su madre. Viaj? a
Roma unos cuantos meses despu?s y, en septiembre de 388, se embarc? para
?frica. En Tagaste vivi? casi tres a?os con sus amigos, olvidado del mundo
y al servicio de Dios con el ayuno, la oraci?n y las buenas obras. Adem?s
de meditar sobre la ley de Dios, Agust?n instru?a a sus pr?jimos con sus
discursos y escritos. Agust?n y sus amigos hab?an puesto todas sus
propiedades en com?n y cada uno las utilizaba seg?n sus necesidades.
Aunque Agust?n no pensaba en el sacerdocio, fue ordenado el a?o 391 por el
obispo de Hipona, Valerio, quien le tom? por asistente. As? pues, Agust?n
se traslad? a dicha ciudad y estableci? una especie de monasterio en una
casa pr?xima a la iglesia, como lo hab?a hecho en Tagaste. San Alipio, San
Evodio, San Posidio y otros, formaban parte de la comunidad y viv?an
"seg?n la regla de los santos Ap?stoles". El obispo, que era griego y
ten?a adem?s cierto impedimento de la lengua, nombr? predicador a Agust?n.
En el oriente era muy com?n la costumbre de que los obispos tuviesen un
predicador, a cuyos sermones asist?an; pero en el occidente eso constitu?a
una novedad. M?s todav?a, Agust?n obtuvo permiso de predicar aun en
ausencia del obispo, lo cual era inusitado. Desde entonces, Agust?n no
dej? de predicar hasta el fin de su vida. Se conservan casi cuatrocientos
sermones de San Agust?n, la mayor?a de los cuales no fueron escritos
directamente por ?l, sino tomados por sus oyentes. En la primera ?poca de
su predicaci?n, Agust?n se dedic? a combatir el manique?smo y los
comienzos del donatismo y consigui? extirpar la costumbre de efectuar
festejos en las capillas de los m?rtires. Agust?n predicaba siempre en
lat?n, a pesar de que los campesinos de ciertos distritos de la di?cesis
s?lo hablaban el p?nico y era dif?cil encontrar sacerdotes que les
predicasen en su lengua.
17. OBISPO DE HIPONA

El a?o 395, San Agust?n fue consagrado obispo coadjutor de Valerio. Poco
despu?s muri? este ?ltimo y Agust?n le sucedi? en la sede de Hipona.
Procedi? inmediatamente a establecer la vida com?n regular en su propia
casa y exigi? que todos los sacerdotes, di?conos y subdi?conos que viv?an
con ?l renunciasen a sus propiedades y se atuviesen a las reglas. Por otra
parte, no admit?a a las ?rdenes sino a aquellos que aceptaban esa forma de
vida. San Posidio, su bi?grafo, cuenta que los vestidos y los muebles eran
modestos pero decentes y limpios. Los ?nicos objetos de plata que hab?a en
la casa eran las cucharas; los platos eran de barro o de madera. Agust?n
era muy hospitalario, pero la comida que ofrec?a era frugal; el uso
mesurado del vino no estaba prohibido. Durante las comidas, se le?a alg?n
libro para evitar las conversaciones ligeras. Todos los cl?rigos com?an en
com?n y se vest?an del fondo com?n. Como lo dijo el Papa Pascual XI, "San
Agust?n adopt? con fervor y contribuy? a regularizar la forma de vida
com?n que la primitiva Iglesia hab?a aprobado como instituida por los
Ap?stoles". Agust?n fund? tambi?n una comunidad femenina. A la muerte de
su hermana, que fue la primera "abadesa", escribi? una carta sobre los
primeros principios asc?ticos de la vida religiosa. En esa ep?stola y en
dos sermones se halla comprendida la llamada "Regla de San Agust?n", que
constituye la base de las constituciones de tantos can?nigos y canonesas
regulares. Agust?n obispo empleaba las rentas de su di?cesis, como lo
hab?a hecho antes con su patrimonio, en el socorro de los pobres. Posidio
refiere que, en varias ocasiones, mand? fundir los vasos sagrados para
rescatar cautivos, como antes lo hab?a hecho San Ambrosio. San Agust?n
menciona en varias de sus cartas y sermones la costumbre que hab?a
impuesto a sus fieles de vestir una vez al a?o a los pobres de cada
parroquia y, algunas veces, llegaba hasta a contraer deudas para ayudar a
los necesitados. Su caridad y celo por el bien espiritual de sus pr?jimos
era ilimitado. As?, dec?a a su pueblo, como un nuevo Mois?s o un nuevo San
Pablo: "No quiero salvarme sin vosotros". "?Cu?l es mi deseo? ?Para qu?
soy obispo? ?Para qu? he venido al mundo? S?lo para vivir en Jesucristo,
para vivir en El con vosotros. Esa es mi pasi?n, mi honor, mi gloria, mi
gozo y mi riqueza".
Pocos hombres han pose?do un coraz?n tan afectuoso y fraternal como el de
San Agust?n. Se mostraba amable con los infieles y frecuentemente los
invitaba a comer con ?l; en cambio, se rehusaba a comer con los cristianos
de conducta p?blicamente escandalosa y les impon?a con severidad las
penitencias can?nicas y las censuras eclesi?sticas. Aunque jam?s olvidaba
la caridad, la mansedumbre y las buenas maneras, se opon?a a todas las
injusticias sin excepci?n de personas. San Agust?n se quejaba de que la
costumbre hab?a hecho tan comunes ciertos pecados que, en caso de oponerse
abiertamente a ellos, har?a m?s mal que bien y segu?a fielmente las tres
reglas de San Ambrosio: no meterse a hacer matrimonios, no incitar a nadie
a entrar en la carrera militar y no aceptar invitaciones en su propia
ciudad para no verse obligado a salir demasiado. Generalmente, la
correspondencia de los grandes hombres es muy interesante por la luz que
arroja sobre su vida y su pensamiento ?ntimos. As? sucede, particularmente
con la correspondencia de San Agust?n. En la carta quincuag?sima cuarta,
dirigida a Januario, alaba la comuni?n dir?a, con tal de que se la reciba
dignamente, con la humildad con que Zaqueo recibi? a Cristo en su casa;
pero tambi?n alaba la costumbre de los que, siguiendo el ejemplo del
humilde centuri?n, s?lo comulgan los s?bados, los domingos y los d?as de
fiesta, para hacerlo con mayor devoci?n. En la carta a Ecdicia explica las
obligaciones de la mujer respecto de su esposo, dici?ndole que no se vista
de negro, puesto que eso desagrada a su marido y que practique la humildad
y la alegr?a cristiana visti?ndose ricamente por complacer a su esposo.
Tambi?n la exhorta a seguir el parecer de su marido en todas las cosas
razonables, particularmente en la educaci?n de su hijo, en la que debe
dejarle la iniciativa. En otras cartas, Agust?n habla del respeto, el
afecto y la consideraci?n que el marido debe a la mujer. La modestia y
humildad de San Agust?n se muestran en su discusi?n con San Jer?nimo sobre
la interpretaci?n de la ep?stola a los G?latas. A consecuencia de la
p?rdida de una carta, San Jer?nimo, que no era muy paciente, se dio por
ofendido. San Agust?n le escribi?: "Os ruego que no dej?is de corregirme
con toda confianza siempre que cre?is que lo necesito; porque, aunque la
dignidad del episcopado supera a la del sacerdocio, Agust?n es inferior en
muchos aspectos a Jer?nimo". Agust?n obispo lamentaba la actitud de la
controversia que sostuvieron San Jer?nimo y Rufino, pues tem?a en esos
casos que los adversarios sostuviesen su opini?n m?s por vanidad que por
amor de la verdad. Como ?l mismo escrib?a, "sostienen su opini?n porque es
la propia, no porque sea la verdadera; no buscan la verdad, sino el
triunfo".
18. LA DEFENSA DE LA FE CAT?LICA CONTRA MUCHAS HEREJ?AS
Durante los treinta y cinco a?os de su episcopado, San Agust?n tuvo que
defender la fe cat?lica contra muchas herej?as. Una de las principales fue
la de los donatistas, quienes sosten?an que la Iglesia cat?lica hab?a
dejado de ser la Iglesia de Cristo por mantener la comuni?n con los
pecadores y que los herejes no pod?an conferir v?lidamente ning?n
sacramento. Los donatistas eran muy numerosos en ?frica, donde no
retrocedieron ante el asesinato de los cat?licos y todas las otras formas
de la violencia. Sin embargo, gracias a la ciencia y el infatigable celo
de San Agust?n y a su santidad de vida, los cat?licos ganaron terreno
paulatinamente. Ello exasper? tanto a los donatistas, que algunos de ellos
afirmaban p?blicamente que quien asesinara al santo prestar?a un servicio
insigne a la religi?n y alcanzar?a gran m?rito ante Dios. El a?o 405, San
Agust?n tuvo que recurrir a la autoridad p?blica para defender a los
cat?licos contra los excesos de los donatistas y, en el mismo a?o, el
emperador Honorio public? severos decretos contra ellos. Agust?n desaprob?
al principio esas medidas, aunque m?s tarde cambi? de opini?n, excepto en
cuanto a la pena de muerte. En 411, se llev? a cabo en Cartago una
conferencia entre los cat?licos y los donatistas que fue el principio de
la decadencia del donatismo. Pero, por la misma ?poca, empez? la gran
controversia pelagiana.
Pelagio era originario de la Gran Breta?a. San Jer?nimo le describ?a como
un hombre alto y gordo, repleto de avena de Escocia". Algunos
historiadores afirman que era irland?s. En todo caso, lo cierto es que
hab?a rechazado la doctrina del pecado original y afirmaba que la gracia
no era necesaria para salvarse; como consecuencia de su opini?n sobre el
pecado original, sosten?a que el bautismo era un mero t?tulo de admisi?n
en el cielo. Pelagio pas? de Roma a ?frica el a?o 411, junto con su amigo
Celestio y aquel mismo a?o, el s?nodo de Cartago conden? por primera vez
su doctrina. San Agust?n no asisti? al concilio, pero desde ese momento
empez? a hacer la guerra al pelagianismo en sus cartas y sermones. A fines
del mismo a?o, el tribuno San Marcelino le convenci? de que escribiese su
primer tratado contra los pelagianos. Sin embargo, Agust?n no nombr? en ?l
a los autores de la herej?a, con la esperanza de as? gan?rselos y aun
tribut? ciertas alabanzas a Pelagio: "Seg?n he o?do decir, es un hombre
santo, muy ejercitado en la virtud cristiana, un hombre bueno y digno de
alabanza". Desgraciadamente Pelagio se obstin? en sus errores. San Agust?n
le acos? implacablemente en toda la serie de disputas, subterfugios y
condenaciones que siguieron. Despu?s de Dios, la Iglesia debe a San
Agust?n el triunfo sobre el pelagianismo. A ra?z del saqueo de Roma por
Alarico, el a?o 410, los paganos renovaron sus ataques contra el
cristianismo, atribuy?ndole todas las calamidades del Imperio. Para
responder a esos ataques, San Agust?n empez? a escribir su gran obra, ?La
Ciudad de Dios", en el a?o de 413 y la termin? hasta el a?o 426. ?La
Ciudad de Dios" es, despu?s de las "Confesiones", la obra m?s conocida de
Agust?n. No se trata simplemente de una respuesta a los paganos, sino de
toda una filosof?a de la historia providencial del mundo.
19. LAS CONFESIONES
En las ?Confesiones" San Agust?n hab?a expuesto con la m?s sincera
humildad y contrici?n los excesos de su conducta. A los setenta y dos
a?os, en las "Retractaciones", expuso con la misma sinceridad los errores
que hab?a cometido en sus juicios. En dicha obra revis? todos sus
numeros?simos escritos y corrigi? leal y severamente los errores que hab?a
cometido, sin tratar de buscarles excusas. A fin de disponer de m?s tiempo
para terminar ?se y otros escritos y para evitar los peligros de la
elecci?n de su sucesor, despu?s de su muerte, Agust?n propuso al clero y
al pueblo que eligiesen a Heraclio, el m?s joven de sus di?conos, quien
fue efectivamente elegido por aclamaci?n, el a?o 426. A pesar de esa
precauci?n, los ?ltimos d?as de San Agust?n fueron muy borrascosos. El
conde Bonifacio, que hab?a sido general imperial en ?frica, cayo
injustamente en desgracia de la regente Pl?cida, e incit? a Genserico, rey
de los v?ndalos, a invadir ?frica. Agust?n escribi? una carta maravillosa
a Bonifacio para recordarle su deber y el conde trat? de reconciliarse con
Placidia. Pero era demasiado tarde para impedir la invasi?n de los
v?ndalos. San Posidio, por entonces obispo de Calama, describe los
horribles excesos que cometieron y la desolaci?n que causaron a su paso.
Las ciudades quedaban en ruinas, las casas de campo eran arrasadas y los
habitantes que no lograban huir, mor?an asesinados. Las alabanzas a Dios
no se o?an ya en las iglesias, muchas de las cuales hab?an sido
destruidas. La misa se celebraba en las casas particulares, cuando llegaba
a celebrarse, porque en muchos sitios no hab?a alma viviente a quien dar
los sacramentos; por otra parte, los pocos cristianos que sobreviv?an no
encontraban un solo sacerdote a quien ped?rselos. Los obispos y cl?rigos
que sobrevivieron hab?an perdido todos sus bienes y se ve?an reducidos a
pedir limosna. De las numerosas di?cesis de ?frica, las ?nicas que
quedaban en pie eran Cartago, Hipona y Cirta, gracias a que dichas
ciudades no hab?an sucumbido a?n.
El conde Bonifacio huy? a Hipona. Ah? se refugiaron tambi?n San Posidio y
varios obispos de los alrededores. Los v?ndalos sitiaron la ciudad en mayo
de 430. El sitio se prolong? durante catorce meses. Tres meses despu?s de
establecido, San Agust?n cay? presa de la fiebre y desde el primer
momento, comprendi? que se acercaba la hora de su muerte. Desde que hab?a
abandonado el mundo, la muerte hab?a sido uno de los temas constantes de
su meditaci?n. En su ?ltima enfermedad, Agust?n habl? de ella con gozo:
"?Dios es inmensamente misericordioso!" Con frecuencia recordaba la
alegr?a con que San Ambrosio recibi? la muerte y mencionaba las palabras
que Cristo hab?a dicho a un obispo que agonizaba, seg?n cuenta San
Cipriano: "Si tienes miedo de sufrir en la tierra y de ir al cielo, no
puedo hacer nada por ti". Agust?n escribi? entonces: "Quien ama a Cristo
no puede tener miedo de encontrarse con El. Hermanos m?os, si decimos que
amamos a Cristo y tenemos miedo de encontrarnos con El, deber?amos
cubrirnos de verg?enza". Durante su ?ltima enfermedad, pidi? a sus
disc?pulos que escribiesen los salmos penitenciales en las paredes de su
habitaci?n y los cantasen en su presencia y no se cansaba de leerlos con
l?grimas de gozo. San Agust?n conserv? todas sus facultades hasta el
?ltimo momento, en tanto que la vida se iba escapando lentamente de sus
miembros. Por fin, el 28 de agosto de 430, exhal? apaciblemente el ?ltimo
suspiro, a los setenta y dos a?os de edad, de los cuales hab?a pasado casi
cuarenta consagrado al servicio de Dios. San Posidio comenta: "Los
presentes ofrecimos a Dios Agust?n sacrificio por su alma y le dimos
sepultura". Con palabras muy semejantes hab?a comentado Agust?n la muerte
de su madre. Durante su enfermedad, Agust?n hab?a curado a un enfermo,
s?lo con imponerle las manos. Posidio afirma: "Yo s? de cierto que, tanto
como sacerdote que como obispo, Agust?n hab?a pedido a Dios que librase a
ciertos posesos por quienes se le hab?a encomendado que rogase y los malos
esp?ritus los dejaron libres".


Publicado por mario.web @ 23:58  | religion
Comentarios (0)  | Enviar
Comentarios