Jueves, 31 de marzo de 2011

Lleg? una vez un profeta a una ciudad y comenz? a gritar, en su plaza mayor, que era necesario un cambio de la marcha del pa?s. El profeta gritaba y gritaba y una multitud considerable acudi? a escuchar sus voces, aunque m?s por curiosidad que por inter?s. Y el profeta pon?a toda su alma en sus voces, exigiendo el cambio de las costumbres.

Pero, seg?n pasaban los d?as, eran menos cada vez los curiosos que rodeaban al profeta y ni una sola persona parec?a dispuesta a cambiar de vida. Pero el profeta no se desalentaba y segu?a gritando. Hasta que un d?a ya nadie se. detuvo a escuchar sus voces. Mas el profeta segu?a gritando en la soledad de la gran plaza.

Y pasaban los d?as. Y el profeta segu?a gritando. Y nadie le escuchaba. Al fin, alguien se acerc? y le pregunt?: ??Por qu? sigues gritando? ?No ves que nadie est? dispuesto a cambiar?? ?Sigo gritando -dijo el profeta- porque si me callara, ellos me habr?an cambiado a mi.?

La moraleja de esta fabulilla me parece bastante simple y muy necesaria. No se debe trabajar porque esperemos que se va a conseguir un fruto, sino ante todo porque es nuestro deber, porque creemos en lo que estamos diciendo.

Como es l?gico, todo el que proclama una idea lo hace para que esa idea penetre en sus oyentes; pero el que se desanima porque sus pensamientos no son o?dos o seguidos, es que no tiene suficiente fe en lo que piensa y en lo que hace. La utilidad, el puro fruto, no puede ser el ?nico baremo de nuestras acciones. Y, sobre todo, si esos frutos se esperan de inmediato, se est? uno ya preparando al desaliento.

Cambiar el mundo, por lo dem?s, es cosa muy dif?cil. Casi imposible, y en todo caso, el sembrador no suele llegar a ver el fruto de su siembra, porque en el mundo son r?pidos los cambios de las modas, de todo lo accidental, mientras que los corazones cambian con freno y a veces con marchas atr?s y adelante.

Esto lo puede entender cualquiera que contemple con ojos agudos qu? lentamente cambia su coraz?n, cu?nto nos cuesta a todos evolucionar, qu? despacio nos crece dentro la madurez y la paz del alma.

Pero todo esto no encadena ni al verdadero profeta ni al aut?ntico trabajador. Porque no se es ni aut?ntico ni verdadero si no se tiene terquedad y paciencia.

Pero tal vez lo que quiero expresar quede m?s claro si a?ado una segunda f?bula, tomada esta de un viejo libro de narraciones ?rabes.

Cuentan que el viejo suf? Bayacid dec?a a sus disc?pulos: ?Cuando yo era joven, era revolucionario, y mi oraci?n consist?a en decirle a Dios: "Dame fuerzas para cambiar el mundo." Pero m?s tarde, a medida que me fui haciendo adulto, me di cuenta de que no hab?a cambiado ni una sola alma. Entonces mi oraci?n empez? a ser: " Se?or, dame la gracia de transformar a los que est?n en contacto conmigo, aunque s?lo sea a mi familia." Y, ahora, que soy viejo, empiezo a entender lo est?pido que he sido. Y mi ?nica oraci?n es ?sta: "Se?or, dame la gracia de cambiarme a mi mismo." Y pienso que si yo hubiera orado as? desde el principio, no habr?a malgastado mi vida.?

Esta segunda f?bula no necesita, me parece, comentario. Tal vez, reafirmaci?n. Porque este mundo est? lleno de reformadores que no han empezado siquiera a reformarse a si mismos. ?C?mo ser pacifista si no se respira paz? ?C?mo hablar de la libertad si no se es espiritualmente libre? ?C?mo predicar el amor si no se ama? ?Qu? sentido tiene exigir la justicia con palabras agresivas e injustas? ?C?mo esperar respeto de los hijos si no se les respeta? ?C?mo exigir a los padres cuando no se es exigente consigo mismo?

Yo me temo que muchas de nuestras peticiones de cambio del mundo no sean sino una coartada para esquivar nuestro fracaso a la hora de cambiarnos a nosotros mismos y que un alta porcentaje de las acusaciones de inhonestidad que hacemos a los dem?s no sean otra cosa que un autoenga?o para no mirarnos en el espejo de nuestra propia deshonestidad.

Porque, adem?s, el ?nico modo de que cambiemos a los que nos rodean es conseguir que nuestro cambio irradie. Un hombre en paz consigo mismo no necesita hablar de la alegr?a, porque le saldr? por todas sus palabras. Un ser humano con verdadera fe en sus ideas las predicar? sin abrir los labios, simplemente viviendo.

Est? bien, claro, preocuparse por la marcha del mundo. Siempre que no sea una coartada para dispensarnos de cultivar nuestro propio jard?n. Porque el d?a que nuestro jard?n mejore, ya habr? empezado a mejorar el mundo.


Publicado por mario.web @ 20:16
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