Viernes, 08 de abril de 2011

Fuente: Revista Cristiandad
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Cuando el rayo imbatible de la verdad golpea el pecho de Satan?s, padre de la mentira, ?ste recurre, para perdici?n de las almas, a dos estrategias: la negaci?n abierta de la verdad o a su ridiculizaci?n. El demonio es, como se ha dicho con anterioridad, "la mona de Dios".


Estrategias de Satan?s para inducir al error

La primera estrategia la utiliza con los pecadores declarados y con todos los que adhieren a la mentira sin poner reservas a lo que se le dice, porque no tienen verdadero amor a la verdad. Para Lucifer ?ste grupo no es mayor problema, ya que a su sola inspiraci?n es obedecido.

La segunda f?rmula tiene dos objetivos: al falsificar la verdad llev?ndola al rid?culo, los enemigos de ?sta tienen una punzante herramienta para ridiculizar a quienes siguen la verdad plena. S?lo les basta unir a los fieles con la falsificaci?n de la Verdad para alejar a las personas de lo verdadero y para persuadir a los fieles de que sostienen un absurdo, y, en consecuencia, alejarlas de Dios. El segundo objetivo consiste en reunir al mayor n?mero de fieles posible en torno a este rid?culo, suponiendo ?stos que siguen la verdad que aman profundamente.

Recordemos que un demonio es un ?ngel es un ser de inteligencia pura, y por lo tanto lo grotesco y evidente lo reserva s?lo para quienes caminan en sus pasos. Para los hijos de la luz sugiere cosas tan sutilmente err?neas, tan aparentemente ciertas y virtuosas que s?lo el ojo atento puede detectarlas y denunciarla por amor de Dios. Es el caso de las apariciones falsas, y de todas las falsas devociones. Para detectar este error es preciso, en estos casos en que no aparece evidente ante los ojos, llevar la sentencia hasta su ?ltimo extremo. As? salta a la vista el mal que hay en ella.


Infalibilidad: respuestas e historia

Uno de estos sutiles errores comenz? a proclamarlo en el siglo XIX, cuando se vio gravemente herido con la doble proclamaci?n dogm?tica de la Inmaculada Concepci?n y la Infalibilidad Pontificia. Contra la primera su orgullo se her?a por hacerse tan gran reconocimiento a las consideraciones divinas esa mujer que fue Madre del Creador, Reina de los ?ngeles y Quien le aplasta la cabeza con su humildad. Los errores contra esto los analizaremos en una pr?xima oportunidad.

Contra la segunda se rebel? de todas las formas posibles, pero no pudo impedir la corroboraci?n fulminante. Entonces habl? al orgullo de los hombres para que se rebelasen contra la idea de que un hombre tan humano como cualquiera de ellos pudiese ser infalible. Y llev?ndolos por los caminos del error, sent? as? los t?rminos: el Papa es un hombre y por lo tanto puede errar, luego, el dogma es un absurdo de los cat?licos. Y as? protestantes, modernistas, masones, librepensadores, socialistas y toda la caterva de secuaces del mal declarado se unieron para atacar a la Iglesia acus?ndola de sostener el rid?culo de que el Papa, por el s?lo hecho de sentarse en el trono del Pescador, autom?ticamente queda libre de error y de pecado. En otras palabras, gozaba del don de la inerrancia. Y como la historia papal denunciaba que esto no era as?, que s?lo el Renacimiento aportaba suficiente material de contradicci?n contra el dogma, etc. no era posible ser re?do y aceptado esta propuesta como dogma. En otras palabras, todo el mundo se equivoca menos el Papa. El Papa, por l?gica, nunca puede equivocarse.

A esta propuesta surgieron tres respuestas entre los cat?licos. La primera fue de abandonar las filas de la Iglesia porque ?sta mandaba creer cosas que iban contra el sentido com?n. La segunda fue de enmarcar las cosas seg?n los Padres Conciliares definieron, y por lo tanto, aprovechar las llamaradas infernales para dar mayor brillo al pronunciamiento de la Iglesia. Y la tercera fue de, por un sentimiento de piedad pura sin preparaci?n doctrinaria, aceptar y defender la propuesta de los enemigos de la Iglesia como cierta, es decir, que el Papa es inerrante y no puede pecar. Lo que equivale a sostener que el Papa no puede pecar y condenarse.


Condiciones de infalibilidad

Ya antes hemos probado ampliamente por qu? es sumamente conforme a la doctrina y a la raz?n el dogma de infalibilidad y en qu? casos opera, en que casos no, etc. Por lo tanto no fundamentaremos aqu? la definici?n dogm?tica Pero de esta tercera respuesta nos faltaba hablar.

Repit?moslo con la Iglesia: El Papa es infalible en lo doctrinal s?lo y ?nicamente cuando se cumplen estas cuatro condiciones:

    1) Cuando habla como Papa, es decir, como Pastor y Doctor de la Iglesia

    2) No basta lo anterior. Tiene que ser ense?ando a toda la Iglesia universal

    3) Tampoco basta con esto. Tiene que se haciendo uso de toda su autoridad

    4) E incluso todo lo anterior tampoco basta. Tiene que ser en sentencia ?ltima e irrevocable en materia de fe o de costumbres

Por lo tanto, el Papa puede equivocarse cuando habla de pol?tica, de medicina, de f?sica, de econom?a, de historia, etc. En todo menos en asuntos religiosos. Pero incluso tambi?n puede errar en asuntos religiosos, si habla de ellos en charlas de sobremesa, o en un paseo con amigos, o discutiendo privadamente de religi?n. E incluso cuando habla como Fulano de Tal y expone sus propias teor?as personales, aunque fuera en un libro de venta p?blica puede equivocarse. De hecho, las acusaciones puntuales que pueden hacer los enemigos de Dios se?alando algunos casos en los 20 siglos de historia de la Iglesia, carecen de una, dos, tres o las cuatro condiciones.

El razonamiento del demonio confunde, maliciosamente, infalibilidad con impecabilidad. El Papa puede caer en pecado mortal y a?n ser hereje, pero , precisamente por lo que creemos en el dogma de infalibilidad, sabemos que nunca ense?ar? ex-cathedra una herej?a o error.

Como tratamos antes, hablando de las acusaciones sobre Papas viejos o enfermos, es de maravillarnos que habiendo sufrido estos augustos pont?fices toda clase de males f?sicos y morales, nunca, jam?s, eso haya impedido ense?ar la Verdad plena, pura y ortodoxa. ?sta es la certeza que tenemos en la asistencia particular del Esp?ritu Santo prometida por el Redentor.

Cuando nos se?alan dolorosos recuerdos, lejos de confundirnos, debemos ver en esto una prueba patente del origen sobrenatural de la Iglesia.

De hecho, en nada se opone a la infalibilidad pontificia, definida como dogma de nuestra fe cat?lica, el que un Papa, considerado como una persona particular, pueda incurrir en la herej?a, no s?lo en el error.


Historia del problema

Ya en el Decreto de Graciano, se recuerda a San Bonifacio, Arzobispo de Mayence (ya citado por el Cardenal Deusdedit [?1087]): "Huius (I.e. papae) culpas istic redarguere praesumit mortalium nullus, quia qui cunctos ipsae iudicaturus a nemine est iudicandus, nisi deprendatur a fide devius" (Decretum part. I. dist. XL. c6) (Las culpas del Papa nadie presuma, entre los mortales, poner de manifiesto, porque el que ha de juzgar a todos no debe ser juzgado por ninguno, a no ser que sea sorprendido desviado del recto camino de la fe).

En uno de los sermones del Papa Inocente III, el Sumo Pont?fice dice; "Me es tan necesaria la fe, que siendo as? que s?lo Dios puede juzgarme de los dem?s pecados, por el solo pecado que pudiera cometer contra la fe, podr?a ser juzgado por la Iglesia" [In tantum fides mihi necessaria est ut, cum de ceteris peccatis solum Deum iudicem habeam, propter solum peccatum quod in fide committitu possm ab Ecclesia iudicari] (Patrolog?a Latina, t. 217, col. 656).

Si bien los te?logos del siglo de oro de la escol?stica supusieron innecesario tratar el tema, todos los canonistas de los siglos XII y XIII comentaron el problema. Un?nimemente admiten sin dificultad que el Papa puede caer en la herej?a como en cualquier otro pecado grave; su estudio se concentra en explicar la raz?n por la cual en s?lo los pecados de la fe pueda el Papa ser juzgado por la Iglesia.

Para algunos la ?nica excepci?n de la inviolabilidad pontificia es la herej?a: "Non potest accusari nisi de haeresi" (S?lo puede ser acusado de herej?a) (Summa Lipsiensis, antes de 1170) Otros canonistas, en cambio, equiparan a la herej?a el cisma, la simon?a, la incredulidad: pero el pecado contra la fe es siempre y para todos un pecado por el cual el Papa puede ser juzgado.

El inmortal y reputado Torquemada, (en Summa de Ecclesia l.II, c.112, Roma 1469) sostiene que el Papa hereje quedaba autom?ticamente depuesto. Para otros, el Papa pod?a ser juzgado por un Concilio, cuya autoridad quedaba limitada a juzgar dicha herej?a en el Pont?fice; y en el caso comprobado, deponerlo y nombrar un nuevo Papa. Thomas Netter (1430) afirma que esa es la antigua fe cat?lica.

En el siglo XVI la opini?n del cardenal Torquemada es reafirmada por el gran te?logo Salmantino en su obra "De Romani Pontificis institutione et auctoritate", cap. XIII. Lo mismo sostendr? Pi?rio (Summa Sylvestrina; t. II p. 276). Pighies niega la posibilidad de que el Papa pueda caer en la herej?a. Y contra esta sentencia el extraordinario te?logo del Concilio de Trento, Melchor Cano, O.P., despu?s de haber rechazado la mayor parte de las explicaciones dadas por Pighio, para defender a muchos papas en asuntos de fe, concluye que no se puede negar que el Sumo Pont?fice pueda caer en herej?a, pues basta un caso, un ejemplo, para que pueda haber dos o m?s ("De loctis theologicis 1. VIII, cap. VIII)


La ra?z del problema

Desde la definici?n de la Infalibilidad Pontificia, pronunciada por el Concilio Ecum?nico y Dogm?tico, Vaticano I, muchos te?logos, mini-te?logos y pseudo-te?logos, confundiendo la doctrina definida o, mejor, no entendi?ndola, han declarado que el Papa, por el hecho de ser Papa, es siempre y en todo infalible e impecable. Pero la misma definici?n dogm?tica nos previene sobre el problema: no basta con sentarse en el Sill?n de Pedro para ser autom?ticamente infalible e impecable. De hecho, la historia de la Iglesia contradice con hechos irrefutables este absurdo teol?gico lamentablemente tan extendido hasta en los mejores c?rculos de pensamiento.

La Iglesia nunca nos manda a creer cosas contrarias y opuestas a la raz?n. Y esta tesis afirma que la elecci?n de un hombre como Papa hace de este hombre, en todos y cada uno de sus momentos; en todas y cada una de sus palabras; en todos y cada uno de sus juicios la expresi?n sensible de la verdad divina. La raz?n nos dice que la verdad no cambia, es inmutable; luego, siendo el privilegio de todos y cada uno de los papas la infalibilidad no did?ctica, sino personal; no en especial?simas circunstancias, sino siempre y en todas ocasiones, l?gicamente deber?ase seguir que todos los papas deber?an tener un mismo sentir, una misma manera de pensar. Y una cosa es la infalibilidad pontificia y otra es que el Santo Padre est? confirmado en gracia.

El principio universal "lex orandi, lex, sed credendi" nos confirma lo contrario. En las letan?as mayores, as? como en otras oraciones de la Santa Iglesia, se pide expresamente por la conservaci?n de la fe del Sumo Pont?fice, y de todos los ?rdenes eclesi?sticos: "ut domum apostolicum, el omnes eclesiasticos ordines in sancta religione conservare digneris", "que te dignes conservar en la santa religi?n al Sumo Pont?fice y a todos los dem?s eclesi?sticos"

El Santo Padre puede, en resumen, caer como persona en el error, la herej?a, pero nunca, jam?s, con certeza absoluta de que esto no ocurrir? como Supremo Pont?fice en las condiciones especial?simas que exige el dogma de Infalibilidad. Esta es la augusta promesa de Nuestro Se?or. Es la asistencia eterna y cierta del Esp?ritu Santo de la Iglesia durar? por los siglos de los siglos, no importando nunca, maravill?monos de esto, la condici?n moral del Pastor de Pastores.

La historia nos demuestra que hemos tenido Papas moralmente reprobables e incluso simpatizantes de grav?simos errores, pero nunca la Iglesia ha ense?ado como tal una herej?a, un error o una inmoralidad. El Esp?ritu Santo ha velado, vela y velar? siempre por este faro maravilloso que ilumina a los hombres en su caminar por la tierra.

Sigamos con entusiasmo y reverenciemos siempre al Dulce, Dulce Sucesor de Pedro, la Voz de Cristo en la Tierra.


Publicado por mario.web @ 9:44  | religion
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