Mi?rcoles, 27 de abril de 2011

Fuente: chiesa.espresso.repubblica.it
Autor: Sandro Magister

En las tres Misas celebradas durante su viaje a Par?s y a Lourdes, Benedicto XVI ha seguido el rito postconciliar. Pero la ha enriquecido voluntariamente con elementos caracter?sticos del viejo rito: la cruz en el centro del altar, la comuni?n dada en la boca a los fieles arrodillados, la sacralidad del conjunto.

Lo del rec?proco ?enriquecimiento? entre los dos ritos es el objetivo principal que ha impulsado a Benedicto XVI a promulgar en el 2007 el motu proprio "Summorum Pontificum", en el que ha liberalizado el uso del rito antiguo de la Misa, el del Misal romano de 1962.

Por el contrario, los opositores del motu proprio consideran que el uso del rito antiguo no enriquece, sino que vac?a las conquistas del Concilio Vaticano II en su conjunto. Los obispos franceses se han contado entre los m?s cr?ticos de la iniciativa del Papa, antes y despu?s de la promulgaci?n del motu proprio.

El domingo 14 de septiembre, al encontrar en Lourdes a los obispos de Francia, el Papa Joseph Ratzinger no ha dejado de solicitarles que sean pastores que acogen a todos, tambi?n a los fieles que se sienten m?s ?en casa? con el rito antiguo.

El Papa hab?a anticipado sus ideas sobre los dos ritos de la Misa, al responder a los periodistas en el avi?n que llevaba a Francia, el viernes 12 de septiembre.

Pero en los cuatros d?as de su visita a Par?s y a Lourdes, a prop?sito de esto, Benedicto XVI ha dicho mucho m?s.

En la exposici?n llevada a cabo el 12 de septiembre en el Coll?ge des Bernardins ha explicado el nacimiento de la gran m?sica occidental, en los monasterios del Medioevo, en palabras que obligan a reflexionar sobre la cualidad exultante de la m?sica lit?rgica de hoy y sobre la necesidad de volver a darle vida, conforme a su sentido originario.

En la homil?a de las v?speras, en la catedral de Notre-Dame, ha invocada para las liturgias terrenas una "belleza" que las aproxime a las liturgias celestiales. Y ha exhortado a los sacerdotes a ser fieles a la oraci?n cotidiana de la Liturgia de las Horas.

En la homil?a de la Misa celebrada en la Explanada de los Inv?lidos, el 13 de septiembre, ha esbozado la doctrina de la eucarist?a y de la ?presencia real? del cuerpo y de la sangre de Cristo, con palabras muy exigentes que obligan a celebrar la Misa con un fervor sagrado que ha sido demasiado descuidado en las ?ltimas d?cadas.

Y en la meditaci?n conclusiva de la procesi?n eucar?stica en Lourdes, la tarde del 14 de septiembre, Benedicto XVI ha vuelto a tratar el tema de la ?presencia real?. Con un pasaje dedicado a los que ?no pueden recibir a Jes?s en el sacramento, pero que pueden contemplarlo con fe y amor, y expresar el deseo de poder unirse finalmente a ?l?. Entre ?stos se pueden contar a los cat?licos divorciados y vueltos a casar, a quienes la Iglesia no les da la comuni?n. Pero su ?deseo?, ha dicho el Papa, ?tiene gran valor delante de Dios?.

A estos llamados para recuperar el esp?ritu aut?ntico de la liturgia, Benedicto XVI ha agregado adem?s, el 14 de septiembre en Lourdes, una ilustraci?n del sentido profundo del Angelus Domini, la oraci?n mariana que ?l recita en p?blico cada domingo del a?o al mediod?a.

A continuaci?n, cuanto ha dicho d?a tras d?a Benedicto XVI, sobre cada uno de estos puntos:


Sobre la misa seg?n el rito antiguo

De la conferencia de prensa en el avi?n papal, el 12 de septiembre de 2008

P. ? Su Santidad, ?qu? dice a los que en Francia temen que el motu proprio "Summorum Pontificum" signifique un retroceso respecto a las grandes intuiciones del Concilio Vaticano II?

    R. ? Es un miedo infundado, pues este motu proprio es sencillamente un acto de tolerancia, con un objetivo pastoral, para personas que han sido formadas en esta liturgia, que la aman, la conocen, y quieren vivir con esta liturgia. Es un peque?o grupo, pues supone una formaci?n en lat?n, una formaci?n en una cierta cultura. Pero me parece una exigencia normal de la fe y de la pastoral para un obispo de nuestra Iglesia tener amor y tolerancia por estas personas y permitirles vivir con esta liturgia.

    No hay oposici?n alguna entre la liturgia renovada por el Concilio Vaticano II y esta liturgia. Cada d?a, los padres conciliares celebraron la misa seg?n el rito antiguo y, al mismo tiempo, han concebido un desarrollo natural para la liturgia en todo este siglo, pues la liturgia es una realidad viva, que se desarrolla y que conserva en su desarrollo su identidad. Por tanto, hay ciertamente acentos diferentes, pero una identidad fundamental que excluye una contradicci?n, una oposici?n entre la liturgia renovada y la liturgia precedente.

    Creo que existe una posibilidad de enriquecimiento de las dos partes. De un lado, los amigos de la antigua liturgia pueden y deben conocer a los nuevos santos, los nuevos Prefacios de la liturgia, etc. Del otro lado, la nueva liturgia subraya mayormente la participaci?n com?n, pero que no es simplemente una asamblea de una cierta comunidad, sino siempre una acci?n de la Iglesia universal, en comuni?n con todos los creyentes de todos los tiempos, y un acto de adoraci?n. En este sentido, me parece que hay un enriquecimiento mutuo, y est? claro que la liturgia renovada es la liturgia ordinaria de nuestro tiempo.


Sobre el nacimiento de la gran m?sica occidental

De la exposici?n ofrecida en el Coll?ge des Bernardins, Par?s, 12 de septiembre de 2008

    Los Salmos contienen frecuentes instrucciones incluso sobre c?mo deben cantarse y acompa?arse de instrumentos musicales. Para orar con la Palabra de Dios el s?lo pronunciar no es suficiente, se requiere la m?sica. Dos cantos de la liturgia cristiana provienen de textos b?blicos, que los ponen en los labios de los ?ngeles: el "Gloria", que fue cantado por los ?ngeles al nacer Jes?s, y el "Sanctus", que seg?n Isa?as 6 es la aclamaci?n de los Serafines que est?n junto a Dios. A esta luz, la Liturgia cristiana es invitaci?n a cantar con los ?ngeles y dirigir as? la palabra a su destino m?s alto. Escuchemos en ese contexto una vez m?s a Jean Leclercq: "Los monjes ten?an que encontrar melod?as que tradujeran en sonidos la adhesi?n del hombre redimido a los misterios que celebra. Los pocos capiteles de Cluny, que se conservan hasta nuestros d?as, muestran los s?mbolos cristol?gicos de cada uno de los tonos" (cf. Ibid., p. 229).

    En San Benito, para la plegaria y para el canto de los monjes, la regla determinante es lo que dice el Salmo: "Coram angelis psallam Tibi, Domine" ?delante de los ?ngeles ta?er? para ti, Se?or (cf. 138, 1). Aqu? se expresa la conciencia de cantar en la oraci?n comunitaria en presencia de toda la corte celestial y por tanto de estar expuestos al criterio supremo: orar y cantar de modo que se pueda estar unidos con la m?sica de los Esp?ritus sublimes que eran tenidos como autores de la armon?a del cosmos, de la m?sica de las esferas.

    De ah? se puede entender la seriedad de una meditaci?n de san Bernardo de Claraval, que usa un dicho de tradici?n plat?nica transmitido por Agust?n para juzgar el canto feo de los monjes, que obviamente para ?l no era de hecho un peque?o matiz, sin importancia. Califica la confusi?n de un canto mal hecho como un precipitarse en la "zona de la desemejanza", en la "regio dissimilitudinis". Agust?n hab?a echado mano de esa expresi?n de la filosof?a plat?nica para calificar su estado interior antes de la conversi?n (cf. Confesiones VII, 10.16): el hombre, creado a semejanza de Dios, al abandonarlo se hunde en la "zona de la desemejanza" ? en un alejamiento de Dios en el que ya no lo refleja y as? se hace desemejante no s?lo de Dios, sino tambi?n de s? mismo, del verdadero ser hombre. Es ciertamente dr?stico que Bernardo, para calificar los cantos mal hechos de los monjes, emplee esta expresi?n, que indica la ca?da del hombre alejado de s? mismo. Pero demuestra tambi?n c?mo se toma en serio este asunto. Demuestra que la cultura del canto es tambi?n cultura del ser y que los monjes con su plegaria y su canto han de estar a la altura de la Palabra que se les ha confiado, a su exigencia de verdadera belleza.

    De esa exigencia intr?nseca de hablar y cantar a Dios con las palabras dadas por ?l mismo naci? la gran m?sica occidental. No se trataba de una "creatividad" privada, en la que el individuo se erige un monumento a s? mismo, tomando como criterio esencialmente la representaci?n del propio yo. Se trataba m?s bien de reconocer atentamente con los "o?dos del coraz?n" las leyes intr?nsecas de la m?sica de la creaci?n misma, las formas esenciales de la m?sica puestas por el Creador en su mundo y en el hombre, y encontrar as? la m?sica digna de Dios, que al mismo tiempo es verdaderamente digna del hombre e indica de manera pura su dignidad.


Sobre la Liturgia de las Horas

De la homil?a de las V?speras en la catedral de Notre-Dame, Par?s, 12 de septiembre de 2008

    El Hijo de Dios se encarn? en el seno de una Mujer, de una Virgen. Vuestra catedral es un himno vivo de piedra y de luz para alabanza de este acto ?nico de la historia humana: la Palabra eterna de Dios entrando en la historia de los hombres en la plenitud de los tiempos para rescatarlos por la ofrenda de s? mismo en el sacrificio de la Cruz. Las liturgias de la tierra, ordenadas todas ellas a la celebraci?n de un Acto ?nico de la historia, no alcanzar?n jam?s a expresar totalmente su infinita densidad. En efecto, la belleza de los ritos nunca ser? lo suficientemente esmerada, lo suficientemente cuidada, elaborada, porque nada es demasiado bello para Dios, que es la Hermosura infinita. Nuestras liturgias de la tierra no podr?n ser m?s que un p?lido reflejo de la liturgia, que se celebra en la Jerusal?n de arriba, meta de nuestra peregrinaci?n en la tierra. Que nuestras celebraciones, sin embargo, se le parezcan lo m?s posible y la hagan presentir.

    Desde ahora, la Palabra de Dios nos ha sido dada para ser el alma de nuestro apostolado, el alma de nuestra vida de sacerdotes. Cada ma?ana, la Palabra nos despierta. Cada ma?ana, el Se?or mismo nos "espabila el o?do" (Is 50,5) para los salmos del Oficio de Lecturas y Laudes. A lo largo de la jornada, la Palabra de Dios se convierte en la materia de la oraci?n de toda la Iglesia, que desea as? dar testimonio de su fidelidad a Cristo. Seg?n la c?lebre f?rmula de san Jer?nimo, que ser? retomada por la XII Asamblea del S?nodo de los Obispos, en el pr?ximo mes de octubre: "Ignorar las Escrituras es ignorar a Cristo" (Pr?logo del comentario a Isa?as). Queridos hermanos sacerdotes, no teng?is miedo de dedicar mucho tiempo a la lectura, a la meditaci?n de la Escritura y al rezo del Oficio divino. Casi sin saberlo, la Palabra le?da y meditada en la Iglesia act?a sobre vosotros y os transforma. Como manifestaci?n de la Sabidur?a de Dios, si se transforma en la "compa?era" de vuestra vida, ser? vuestra "compa?era en la prosperidad", vuestro "alivio en las preocupaciones y tristezas" (Sab 8,9).


Sobre la presencia real de Jes?s en la eucarist?a

De la homil?a de la Misa en la Explanada de los Inv?lidos, Par?s, 13 de septiembre de 2008

    ?C?mo llegar a Dios? ?C?mo lograr encontrar o reencontrar a Aquel que el hombre busca en lo m?s profundo de s? mismo, hasta olvidarse frecuentemente de s?? San Pablo nos invita a usar no solamente nuestra raz?n, sino sobre todo nuestra fe para descubrirlo. Ahora bien, ?qu? nos dice la fe? El pan que partimos es comuni?n con el Cuerpo de Cristo; el c?liz de acci?n de gracias que bendecimos es comuni?n con la Sangre de Cristo. Extraordinaria revelaci?n que proviene de Cristo y que se nos ha transmitido por los Ap?stoles y toda la Iglesia desde hace casi dos mil a?os: Cristo instituy? el sacramento de la Eucarist?a en la noche del Jueves Santo. Quiso que su sacrificio fuera renovado de forma incruenta cada vez que un sacerdote repite las palabras de la consagraci?n del pan y del vino. Desde hace veinte siglos, millones de veces, tanto en la capilla m?s humilde como en las m?s grandiosas bas?licas y catedrales, el Se?or resucitado se ha entregado a su pueblo, llegando a ser, seg?n la famosa expresi?n de San Agust?n, "m?s ?ntimo en nosotros que nuestra propia intimidad" (cf. Confesiones, III, 6.11).

    Hermanos y hermanas, veneremos fervientemente el sacramento del Cuerpo y la Sangre del Se?or, el Sant?simo Sacramento de la presencia real del Se?or en su Iglesia y en toda la humanidad. Hagamos todo lo posible por mostrarle nuestro respeto y amor. D?mosle nuestra mayor honra. Nunca permitamos que con nuestras palabras, silencios o gestos, quede desva?da en nosotros y en nuestro entorno la fe en Cristo resucitado presente en la Eucarist?a. Como dijo magistralmente San Juan Cris?stomo: "Consideremos los favores inefables de Dios y todos los bienes de los que nos hace gozar cuando le ofrecemos la copa, cuando comulgamos, d?ndole gracias por haber liberado al g?nero humano del error, por haber acercado a ?l a los que estaban alejados y haber convertido a los desesperados y ateos de este mundo en un pueblo de hermanos, de coherederos del Hijo de Dios" (Homil?a 24 sobre la Primera Carta a los Corintios, 1). De hecho, sigue diciendo, "lo que est? en la copa es precisamente lo que ha brotado de su costado, y eso es lo que participamos" (ib?d.). No se trata s?lo de participar y compartir, sino que hay "uni?n", nos dice.

    La Misa es el sacrificio de acci?n de gracias por excelencia, el que nos permite unir nuestra propia acci?n de gracias a la del Salvador, el Hijo eterno del Padre. Por s? misma, la Misa nos invita tambi?n a huir de los ?dolos, porque, como reitera San Pablo, "no pod?is participar en dos mesas, la del Se?or y la de los malos esp?ritus" (1 Co 10,21). La Misa nos invita a discernir lo que en nosotros obedece al Esp?ritu de Dios y lo que en nosotros a?n permanece a la escucha del esp?ritu del mal. En la Misa s?lo queremos pertenecer a Cristo, y repetimos con gratitud ?con "acci?n de gracias"- el clamor del salmista: "?C?mo pagar? al Se?or todo el bien que me ha hecho?" (Sal 116,12). S?, ?c?mo dar gracias al Se?or por la vida que me ha dado? La respuesta a la pregunta del salmista est? en el mismo Salmo, pues la Palabra de Dios responde con misericordia a las cuestiones que plantea. ?C?mo pagar al Se?or todo el bien que nos hace sino retomando sus propias palabras: "Alzar? la copa de la salvaci?n, invocando su nombre" (Sal 116,13)?

    Alzar la copa de la salvaci?n e invocar el nombre del Se?or, ?no es precisamente la mejor manera de "no tener que ver con la idolatr?a", como nos pide San Pablo? Cada vez que se celebra una Misa, cada vez que Cristo se hace sacramentalmente presente en su Iglesia, se realiza la obra de nuestra salvaci?n. Celebrar la Eucarist?a significa, por tanto, reconocer que s?lo Dios puede darnos la felicidad plena, ense??ndonos los verdaderos valores, los valores eternos que nunca declinar?n. Dios est? presente en el altar, pero tambi?n est? presente en el altar de nuestro coraz?n cuando en la comuni?n le recibimos en el sacramento de la Eucarist?a. S?lo ?l nos ense?a a huir de los ?dolos, espejismos del pensamiento.

    Ahora bien, queridos hermanos y hermanas, ?qui?n puede alzar la copa de la salvaci?n e invocar el nombre del Se?or en nombre de todo el pueblo de Dios, sino el sacerdote ordenado para ello por el Obispo? A este respecto, queridos ciudadanos de Par?s y de la regi?n parisina, as? como los venidos de toda Francia y de otros pa?ses vecinos, permitidme hacer un llamamiento, esperanzado en la fe y en la generosidad de los j?venes que se plantean la cuesti?n de la vocaci?n religiosa o sacerdotal: ?No teng?is miedo! ?No teng?is miedo de dar la vida a Cristo! Nada sustituir? jam?s el ministerio de los sacerdotes en el coraz?n de la Iglesia. Nada suplir? una Misa por la salvaci?n del mundo!


Sobre la oraci?n del Angelus Domini

Del mensaje en el Angelus del mediod?a, Lourdes, 14 de septiembre de 2008

    Cada d?a, la oraci?n del ?ngelus nos ofrece la posibilidad de meditar unos instantes, en medio de nuestras actividades, en el misterio de la encarnaci?n del Hijo de Dios. A mediod?a, cuando las primeras horas del d?a comienzan a hacer sentir el peso de la fatiga, nuestra disponibilidad y generosidad se renuevan gracias a la contemplaci?n del "s?" de Mar?a. Ese "s?" limpio y sin reservas se enra?za en el misterio de la libertad de Mar?a, libertad plena y total ante Dios, sin ninguna complicidad con el pecado, gracias al privilegio de su Inmaculada Concepci?n.

    Este privilegio concedido a Mar?a, que la distingue de nuestra condici?n com?n, no la aleja, m?s bien al contrario la acerca a nosotros. Mientras que el pecado divide, nos separa unos de otros, la pureza de Mar?a la hace infinitamente cercana a nuestros corazones, atenta a cada uno de nosotros y deseosa de nuestro verdadero bien. Est?is viendo, aqu?, en Lourdes, como en todos los santuarios marianos, que multitudes inmensas llegan a los pies de Mar?a para confiarle lo que cada uno tiene de m?s ?ntimo, lo que lleva especialmente en su coraz?n. Lo que, por miramiento o por pudor, muchos no se atreven a veces a confiar ni siquiera a los que tienen m?s cerca, lo conf?an a Aquella que es toda pura, a su Coraz?n Inmaculado: con sencillez, sin fingimiento, con verdad. Ante Mar?a, precisamente por su pureza, el hombre no vacila a mostrarse en su fragilidad, a plantear sus preguntas y sus dudas, a formular sus esperanzas y sus deseos m?s secretos. El amor maternal de la Virgen Mar?a desarma cualquier orgullo; hace al hombre capaz de verse tal como es y le inspira el deseo de convertirse para dar gloria a Dios.

    Mar?a nos muestra de este modo la manera adecuada de acercarnos al Se?or. Ella nos ense?a a acercarnos a ?l con sinceridad y sencillez. Gracias a Ella, descubrimos que la fe cristiana no es un fardo, sino que es como un ala que nos permite volar m?s alto para refugiarnos en los brazos de Dios.

    La vida y la fe del pueblo creyente manifiestan que la gracia de la Inmaculada Concepci?n hecha a Mar?a no es s?lo una gracia personal, sino para todos, una gracia hecha al entero pueblo de Dios. En Mar?a, la Iglesia puede ya contemplar lo que ella est? llamada a ser. En Ella, cada creyente puede contemplar desde ahora la realizaci?n cumplida de su vocaci?n personal. Que cada uno de nosotros permanezca siempre en acci?n de gracias por lo que el Se?or ha querido revelar de su designio salvador a trav?s del misterio de Mar?a. Misterio en el que estamos todos implicados de la m?s impresionante de las maneras, ya que desde lo alto de la Cruz, que celebramos y exaltamos hoy, Jes?s mismo nos ha revelado que su Madre es Madre nuestra. Como hijos e hijas de Mar?a, aprovechemos todas las gracias que le han sido concedidas, y la dignidad incomparable que le procura su Concepci?n Inmaculada redunda sobre nosotros, sus hijos.


Algo m?s sobre la Misa en rito antiguo

Del discurso a los obispos de Francia, Lourdes, 14 de septiembre de 2008

    El culto lit?rgico es la expresi?n suprema de la vida sacerdotal y episcopal, como tambi?n de la ense?anza catequ?tica. Queridos hermanos, vuestro oficio de santificar a los fieles es esencial para el crecimiento de la Iglesia. Me he sentido impulsado a precisar en el motu proprio "Summorum Pontificum" las condiciones para ejercer esta responsabilidad por lo que respecta a la posibilidad de utilizar tanto el misal del beato Juan XXIII (1962) como el del Papa Pablo VI (1970). Ya se han dejado ver los frutos de estas nuevas disposiciones, y espero el necesario apaciguamiento de los esp?ritus que, gracias a Dios, se est? produciendo. Tengo en cuenta las dificultades que encontr?is, pero no me cabe la menor duda de que pod?is llegar, en un tiempo razonable, a soluciones satisfactorias para todos, para que la t?nica incons?til de Cristo no se desgarre todav?a m?s. Nadie est? de m?s en la Iglesia. Todos, sin excepci?n, han de poder sentirse en ella ?como en su casa?, y nunca rechazados. Dios, que ama a todos los hombres y no quiere que ninguno se pierda, nos conf?a esta misi?n haci?ndonos pastores de su grey. S?lo nos queda darle gracias por el honor y la confianza que ?l nos otorga. Por tanto, esforc?monos por ser siempre servidores de la unidad.


Algo m?s sobre la presencia real de Jes?s en la eucarist?a

De la meditaci?n conclusiva en la procesi?n eucar?stica, Lourdes, 14 de setiembre de 2008

    La Hostia Santa es el Sacramento vivo y eficaz de la presencia eterna del Salvador de los hombres en su Iglesia. [...] Una inmensa muchedumbre de testigos est? invisiblemente presente a nuestro lado, cerca de esta bendita gruta y ante esta iglesia querida por la Virgen Mar?a; la multitud de todos los que han contemplado, venerado, adorado, la presencia real de Quien se nos entreg? hasta la ?ltima gota de su sangre; la muchedumbre de todos los que pasaron horas ador?ndolo en el Sant?simo Sacramento del Altar. [...] San Pierre-Julien Eymard lo dijo todo cuando escribi?: "La Santa Eucarist?a, es Jesucristo pasado, presente y futuro".

    Jesucristo pasado, en la verdad hist?rica de la tarde en el cen?culo, que se nos recuerda en toda celebraci?n de la Santa Misa.

    Jesucristo presente, porque nos dice: "Tomad y comed todos, porque esto es mi cuerpo, ?sta es mi sangre". "Esto es", en presente, aqu? y ahora, como en todos los aqu? y ahora de la historia de los hombres. Presencia real, presencia que sobrepasa nuestros pobres labios, nuestros pobres corazones, nuestros pobres pensamientos. Presencia ofrecida a nuestras miradas como aqu?, esta tarde, cerca de la gruta donde Mar?a se revel? como Inmaculada Concepci?n.

    La Eucarist?a es tambi?n Jesucristo futuro, Jesucristo que viene. Cuando contemplamos la Hostia Santa, su cuerpo glorioso transfigurado y resucitado, contemplamos lo que contemplaremos en la eternidad, descubriendo el mundo entero llevado por su Creador cada segundo de su historia. Cada vez que lo comemos, pero tambi?n cada vez que lo contemplamos, lo anunciamos, hasta que el vuelva, "donec veniat". Por eso lo recibimos con infinito respeto.

    Algunos de nosotros no pueden todav?a recibirlo en el Sacramento, pero pueden contemplarlo con fe y amor, y manifestar el deseo de poder finalmente unirse a ?l. Es un deseo que tiene gran valor ante Dios: esperan con mayor ardor su vuelta; esperan a Jesucristo, que debe venir.

Publicado por mario.web @ 9:56
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