Viernes, 29 de abril de 2011

Fuente: Catholic.net
Autor: P. Fernando Pascual

??Y qu? gano si me porto bien?? Cuando un adolescente o un joven pregunta esto, quiere que le demos un motivo para portarse bien, para vivir ?ticamente, para ver si realmente vale la pena no seguir sus gustos sino lo que le dicen (o ya sabe) que es correcto.

Cuando es un adulto quien hace esta pregunta, quiz? lo hace porque los golpes de la vida le llevan a pensar que actuar honestamente no siempre produce felicidad. Incluso, porque cree que los malos, con su aparente victoria y su sonrisa de triunfo, muestran que es posible ser felices en medio del vicio y la injusticia.

Necesitamos demostrar que no hay verdadera felicidad sin vivir ?ticamente. Lo cual implica tres cosas. Primero, tener una idea clara de lo que es la felicidad. Segundo, comprender bien lo que es la ?tica. Y tercero, ver que el ?nico camino para ser felices es vivir ?ticamente.

?Qu? es la felicidad? Alguno podr?a pensar que la felicidad coincide con satisfacer cualquier deseo de las personas, o con vivir seg?n las opiniones que est?n de moda. Entonces ser?a feliz el que realiza sus sue?os de pir?mano, o el que abusa de los pobres a trav?s de la usura, o los que simplemente se contentan con escuchar mil veces la m?sica de moda sin molestar a nadie y sin dejar que nadie les moleste.

Intuimos que esta respuesta es muy insuficiente, pues si identificamos la felicidad con seguir cualquier deseo, cualquier capricho, millones de personas que no logran lo que anhelan ser?n infelices. A la vez, ser?an felices quienes llevan a cabo fechor?as sin nombre, como los criminales o los terroristas que ?gozan? y aplauden cada vez que consiguen matar a v?ctimas inocentes.

La felicidad tiene que ser algo mucho m?s profundo y m?s noble. Seg?n pensadores como Plat?n, Arist?teles, san Agust?n y santo Tom?s, la felicidad ser?a el resultado de alcanzar la plenitud humana. Es decir, consistir?a en vivir de acuerdo con lo que significa nuestra naturaleza vista no de modo parcial (caprichos, ocurrencias), sino de modo integral: con nuestra alma y con nuestro cuerpo, con nuestras aspiraciones personales y con nuestra condici?n de hombres que viven en sociedad y abiertos a lo eterno.

Estos grandes pensadores griegos y cristianos reconocieron que el hombre es sensible y espiritual, ?solitario? y miembro de un grupo, temporal y eterno, necesitado de bienes materiales y capaz de prescindir de los mismos por motivos superiores. Su felicidad s?lo es posible si alcanza su plenitud en todos esos campos.

Definir as? la felicidad no evita, sin embargo, un serio problema: cualquier vida humana est? continuamente sometida a imprevistos, en todos los niveles, personal y social, corporal y espiritual. ?No era otro griego, Sol?n, quien afirmaba que no podemos llamar a nadie feliz mientras viva, sino s?lo cuando haya cerrado la historia de su existencia terrena?

Este problema nos hace mirar m?s all? de la muerte, y preguntarnos por lo que pueda haber detr?s de la frontera. De lo contrario, tendr?amos que aceptar tr?gicamente que muchos hombres honestos han sufrido enormes desgracias, mientras muchos malhechores presumen de aparentes ?alegr?as?. Y que luego, unos y otros se pierden en la nada, como si no hubiese ning?n juicio que pusiese las cosas en su sitio, como si no existiese ning?n Dios que llene de gozo a los buenos y que ?castigue? a los criminales irredentos.

No basta, desde luego, con suponer y ?esperar? que exista otra vida para completar la idea de felicidad: sobre un punto tan importante hace falta la m?xima certeza posible. La misma filosof?a ha ofrecido buenos argumentos para mostrar que el hombre es un ser inmortal, que la muerte no absorbe a quienes llegan a la tumba. Argumentos, hay que reconocerlo, que no todos aceptan, pero eso no les priva de validez. Tambi?n hay quienes piensan que la violencia puede ser usada cuando a uno le beneficia, y no por ello la idea contraria deja de ser verdadera y defendible desde un punto de vista simplemente racional.

Podr?amos decir, como una primera conclusi?n, que la felicidad consiste en la plenitud integral del hombre. Una plenitud que le permite desarrollar arm?nicamente sus distintas dimensiones, sea como persona individual, sea como persona en sociedad, sea en el tiempo, sea en la eternidad. Cuando la plenitud se consigue, somos felices. En el cuerpo y en el alma, con los bienes materiales y con los amigos verdaderos, con las satisfacciones de una vida plena que pone orden a tendencias no siempre orientadas a lo bueno, y que acrecienta las potencialidades espirituales de quienes buscan lo noble, lo bello.

Lo anterior nos pone ya en camino para buscar una definici?n de lo que sea la ?tica. Si la felicidad consiste en lograr esa plenitud integral a la que todos estamos llamados, la ?tica no podr? ser un conjunto de normas, leyes o costumbres que nos aparten de ese objetivo, sino que tiene que orientarnos necesariamente a conseguir una meta tan valiosa.

Por desgracia, a lo largo de los ?ltimos 300 a?os se han elaborado teor?as sobre la ?tica que han dejado de lado un profundo y serio estudio sobre el hombre. En vez de reconocer las dimensiones fundamentales que componen la naturaleza humana, se han limitado a analizar deseos, sentimientos, estados psicol?gicos de las personas.

En este contexto, algunos han afirmado que es bueno aquello que nos llena de una satisfacci?n m?s o menos profunda, que es malo aquello que nos provoca inquietudes o sentimientos de fracaso. Si acept?semo esto, habr?a que reconocer que hay tantas visiones ?ticas como ideas pasan por las cabezas y los corazones de millones de seres humanos que viven de modos muy distintos entre s?.

Otros autores, m?s que fijarse en el sujeto que act?a, han elaborado sus teor?as ?ticas con la mirada puesta en la sociedad. Seg?n estas teor?as, son los dem?s, los otros, esa ?mayor?a? que aprueba o condena lo que hacemos, quienes imponen costumbres y normas, quienes dicen lo que es bueno o lo que es malo. Lo cual lleva a un sinf?n de problemas, pues a lo largo de los siglos y a lo ancho del planeta, las normas han sido y son sumamente diferentes. Para los antiguos griegos y romanos era algo aceptable el eliminar a los ni?os defectuosos, el hacer esclavos a los vencidos, el ver a la mujer como alguien inferior y sometido. Para muchos modernos, el aborto es visto como un ?derecho?, e incluso un deber, cuando se trata de evitar el nacimiento de hijos no deseados. Y los ejemplos se podr?an multiplicar casi hasta el infinito.

Ni el subjetivismo ni el sociologismo nos llevan a comprender lo que es la ?tica. Entonces, ?qu? es la ?tica? En su definici?n m?s profunda, es una disciplina que nos ayuda a orientar nuestros actos libres en orden a conseguir, en la medida de lo posible, la realizaci?n completa de nuestra humanidad. Aunque tengamos que sacrificar alg?n deseo no muy loable, aunque tengamos que enfrentarnos a las ideas de los que viven a nuestro lado.

Esta definici?n se apoya en una antropolog?a integral: una antropolog?a que no deje de lado lo corp?reo, como en ciertas corrientes ?angelistas?. Ni tampoco lo espiritual, como en los materialismos que han querido sofocarnos durante m?s de 200 a?os, y que no acaban de desaparecer en las cabezas de algunos pensadores que se declaran ?iluminados? en medio de la oscuridad de sus dudas y sus errores...

Con las definiciones de ?tica y de felicidad que acabamos de esbozar en cierto modo ya estamos en v?as de entrever el nexo entre ?tica y felicidad. Si la felicidad consiste en la plenitud del vivir humano, y si la ?tica nos ayuda a orientar nuestros actos hacia esa plenitud, entonces la ?tica nos deber?a llevar a ser felices. Es decir, quien vive ?ticamente se pone en marcha para vivir plenamente su condici?n humana, y en la medida en que lo logra alcanzar? la deseada felicidad.

Aqu?, sin embargo, hay que reconocer de nuevo que un sinf?n de obst?culos nos separa de la meta. De modo especial, podemos fijarnos en dos aspectos ya en parte mencionados anteriormente.

El primero consiste en la fragilidad de nuestro cuerpo. Vivimos una existencia temporal en la que la enfermedad, los imprevistos, los peligros de todos los d?as, ponen en juego nuestra integridad f?sica y nuestras posibilidades de llevar a cabo aquello que desear?amos hacer.

Si una madre o un padre anhelan cuidar a sus hijos y se enferman, la debilidad del cuerpo les aleja de su deseo paterno. No podr?n mostrar su amor y su generosidad con aquellos actos con los que antes atend?an a cada hijo. La pena profunda que experimentan nace de ese sentirse impedidos, ?fracasados?, ante un deseo vehemente, profundo, noble.

En segundo lugar, constatamos la fragilidad de nuestra voluntad. Hay momentos en los que vemos con claridad que un acto nos conviene, que es bueno, que beneficia a otros. Luego, el cansancio, la pereza, el miedo al fracaso o a las cr?ticas, nos acorralan, y no hacemos aquello que deber?amos y que nos hab?amos propuesto.

Los casos son infinitos. Un se?or que se hab?a comprometido a visitar a un amigo enfermo termina la tarde en el bar junto a sus amigos. Un joven que estudia medicina y tiene que pasar un examen vuelve a suspender porque prefiri? ir a la discoteca en vez de dedicar la tarde para hacer sus deberes universitarios. Un pol?tico sabe que esta decisi?n le quitar? votos pero beneficiar?a al pa?s, y al final prefiere ceder al miedo y opta por otra decisi?n m?s c?moda que le permita mantenerse en el poder aunque a la larga provocar? muchos males sociales. Estos y otros miles de ejemplos muestran la debilidad que nos asalta, sea por miedo, sea por intereses turbios, sea por otros factores.

Por eso, el camino hacia la felicidad est? lleno de baches, de accidentes, de fracasos. Unos, que escapan a nuestro control. Nos llegan, previstos o imprevistos, y parecen truncar proyectos profundamente acariciados. Otros, que pudimos haber evitado, y no lo hicimos porque no quisimos o no supimos vencer perezas, deseos de placer o ambiciones de poder, porque nos dejamos esclavizar por un ?triunfo? aparente.

Al mirar hacia atr?s, y al ver nuestro presente, pensamos: ?qu? dif?cil resulta llegar a la plenitud humana! Parece un camino lleno de insidias, parece que no hay posibilidad alguna de ser felices. Sin embargo, quien es capaz de orientarse siempre hacia el bien, quien forma su conciencia y la sigue gustosamente, quien antepone la verdad y la justicia a cualquier inter?s ego?sta, podr? quiz? no realizar algunos de sus sue?os... Pero sentir? en su coraz?n que, a pesar de todo, ha querido hacer el bien, y ello produce una felicidad profunda, que permite brillar en una cama de dolor, en un campo de exterminio, en una casa mientras se vive abandonado por familiares y amigos, con una luz que es propia de almas grandes.

Esa luz nos lanza hacia lo eterno, descubre que existe un Dios que no es indiferente a la vida de sus hijos. Un Dios que acompa?a a los d?biles, levanta a los ca?dos, ayuda a los necesitados, consuela a los tristes, da la felicidad a los buenos, los justos, los sinceros, los limpios...

Vale la pena vivir a fondo los principios ?ticos. Vale la pena construir la vida no seg?n el capricho del instante, sino seg?n aquello que no pasa. Vale la pena arriesgarse a aparentes fracasos en el tiempo, cuando lo eterno llena de esperanza y da una felicidad profunda que inicia aqu? abajo e ingresa, de un modo que a?n no vislumbramos plenamente, en el cielo.


Publicado por mario.web @ 9:32
Comentarios (0)  | Enviar
Comentarios