Lunes, 23 de mayo de 2011

Evidentemente, la humanidad ha comprado esta falsa ilusi?n de que la igualdad es un objetivo en s? mismo
Autor: Alberto Medina M?ndez | Fuente: Pol?tica y desarrollo

Muchos, casi todos, dicen luchar por la igualdad y se ufanan de ello como si el t?rmino en si mismo representara un valor indiscutible. Se lo menciona como si el vocablo tuviera un aura especial, una bendici?n superior, como si se tratara de una virtud superlativa.

En el discurso pol?tico y ciudadano se ha instalado una certeza que pretende ser irrefutable. Se ha constituido en, algo as? como, un monumento a la verdad inmaculada. Es la obsesi?n de un fundamentalista objetivo ya no solo ret?rico, sino de orden pr?ctico, que se plasma a diario en implementaciones concretas en todo el globo.

Muchos, casi todos, dicen luchar por la igualdad y se ufanan de ello como si el t?rmino en si mismo representara un valor indiscutible. Se lo menciona como si el vocablo tuviera un aura especial, una bendici?n superior, como si se tratara de una virtud superlativa, de una utopia por la que valiera la pena trabajar incansablemente.

Habr? que decir, sin vueltas ni tapujos, sin rodeos ni eufemismos, que la igualdad, esa de la que tanto hablan, es el atributo que menos describe a la especie humana. Los individuos no somos iguales en casi nada. Si algo nos distingue, son nuestras diferencias, aquello que nos hace naturalmente distintos.

No nos parecemos ni f?sicamente, ni en nuestra personalidad, mucho menos en las intransferibles vivencias que nos tocan en suerte. Todo, absolutamente todo, nos hace seres infinitamente distintos, y esa desigualdad, si que es un cualidad, una caracter?stica ?nica e irrepetible.

Son nuestras diferencias, las que nos hicieron progresar y sobrevivir como especie. Es justamente eso lo que nos ha permitido evolucionar. Esas disparidades, nos hace creativos, competitivos y se convierte en el principal motor que nos moviliza lo suficiente como para esmerarnos y superarnos a nosotros mismos.

No es la igualdad, sino justamente su opuesto, la desigualdad, lo que mejor describe nuestros talentos y mayores virtudes. Tambi?n es ella la que identifica claramente nuestros peores defectos, y nos posibilita la chance de ocuparnos de ellos.

No somos iguales, no deber?amos querer serlo. Sin embargo, una corriente cada vez mayor, casi un?nime, parece ser el discurso esperado, el pol?ticamente correcto, ese que dice pretender ajustar lo que presenta como desv?os. La sociedad parece aplaudir, algunos porque suponen que alguien tiene el poder de otorgarles lo que no tienen, y otros porque no se animan siquiera a decir lo que piensan y defender lo propio.

Resulta deseable que todos juguemos bajo las mismas reglas. Se puede pretender cierta igualdad ante la ley, frente a los objetivos criterios que rigen la convivencia humana, pero solo eso, solo esa cuesti?n de rutina, que es casi una cuesti?n de sentido com?n.

En el resto, habr? que comprender que las diferencias, la desigualdad y nuestras propias particularidades, deben ser bienvenidas. Por eso, resulta dif?cil entender como esa palabra, igualdad, ha pasado a ocupar un lugar de privilegio en los discursos, y como su implementaci?n efectiva ha significado despojarnos de nuestra propia singularidad.

Y es que la pol?tica ha convertido ese culto a la igualdad en una pr?ctica cotidiana que consiste en quitar talentos a los mejores, poner l?mites al progreso, establecer pisos artificiales intentando brindar coercitivamente a unos lo que naturalmente no tienen, sin dejar previamente de despojar a otros para que lo anterior suceda.

La redistribuci?n tan mentada sigue haciendo estragos. Bajo esa muletilla que se ha puesto de moda, el paradigma de la justicia humana, hace eso, quita a unos y otorga a otros, discrecional, arbitraria, selectiva y coactivamente.

La sociedad parece aclamar la destrucci?n de su mayor virtud. Supone que se puede igualar a una comunidad, por medio de leyes, decretos y normas. Que sacando a unos y entregando a otros, se nos ayuda a evolucionar. Nada m?s alejado de la realidad. Esos mecanismos, solo consiguen desestimular a los talentosos y parad?jicamente tambi?n a los menos h?biles, ya que as?, tampoco precisan de incentivos para progresar, para superarse. Despu?s de todo, alg?n Mes?as, se ocupar? de darles lo que no son capaces de conseguir por si mismos. Pero en este caso, con el agravante de tratarlos indignamente como verdaderos incompetentes e in?tiles, rebaj?ndolos a la deshonrosa categor?a de mendicantes de favores. Debilitan as? su desgastada autoestima para condenarlos eternamente a la fr?gil e indecorosa posici?n de par?sitos sociales, esos que a partir de ahora depender?n exclusivamente de la d?diva clientelista del mandam?s de turno. Eso ocurrir?, claro est?, cuando el poderoso decida otorgarle esa limosna. Antes se ocupar? de esquilmar a algunos, esos que producen y generan riqueza a su alrededor, para poder concretar su generosa acci?n popular.

Ese mecanismo, que aparentemente goza de una impunidad sin igual en el planeta, parece haber venido para quedarse. Se trata de pr?cticas que celebran pol?ticos y votantes al un?sono. Diera la sensaci?n, que cierto sector de la humanidad est? dispuesto a bajar los brazos definitivamente, para vivir de lo que otros generen, para dejarse humillar por los que se han empe?ado en demostrarle su demostrada incapacidad, como una fotograf?a est?tica de ese presente inmutable e inmodificable.

Ellos, no parecen estar listos para dar la batalla, ese dif?cil pero imprescindible desaf?o para recuperar la fe, de iniciar la b?squeda de su propia felicidad e intentarlo en la satisfacci?n de identificar sus arraigadas y desconocidas fortalezas, esas que todo ser humano tiene, ese don preciado que hemos recibido cada uno de nosotros en forma particular, individual e indelegable, ese atributo magn?fico que nos hace esencialmente diferentes y por ello ?nicos e inimitables. Extraordinariamente distintos. Fant?sticamente desiguales.

Ninguna ley funcionar? como los pol?ticos y muchos ingenuos ciudadanos suponen. Las normas podr?n saquear a unos para regalar a otros, pero no crear?n talento all? donde este est? ausente o simplemente dormido. Tampoco generar?n creatividad, en ese espacio en el que ellos mismos se ocuparon de apagar la voluntad.

Esos atributos, la creatividad, el talento, la perseverancia, el esfuerzo, la capacidad, el esmero, no son solo cuestiones innatas, las m?s de ellas se desarrollan y se logran solo cuando se atraviesan momentos dif?ciles, verdaderas crisis, situaciones que requieren de retos frente a los escollos que nos propone siempre el presente.

La innumerable lista de invenciones de la historia humana, esa n?mina inagotable que nos hace la especie que m?s se ha desarrollado como tal, proviene de los mejores. Son ellos y no otros, los que sentaron las bases del progreso.

Si eliminamos las diferencias, si seguimos venerando la homogeneidad, estaremos conden?ndonos a pedirle a los que se destacan, a que ya no lo hagan y a los peores, a despreocuparse por la ausencia de habilidades, pues alg?n pol?tico, apoyado por la inmensa mayor?a de ciudadanos, pondr? las cosas en su lugar.

Evidentemente, la humanidad ha comprado esta falsa ilusi?n de que la igualdad es un objetivo en s? mismo. La fantas?a de la igualdad parece estar apoder?ndose de nosotros sin resistencia alguna y con una t?cita aprobaci?n c?vica que explica el discurso de los pol?ticos, que es solo una mera consecuencia y no su verdadera causa.

Publicado por mario.web @ 21:28
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