Lunes, 23 de mayo de 2011

Invocamos a la Sant?sima Trinidad para iniciar la oraci?n en su nombre. Carta Cardenal Norberto Rivera.
Autor: Carta del Cardenal Norberto Rivera | Fuente: Catholic.net



Porque no me envi? Cristo a bautizar, sino a predicar el Evangelio. Y no con palabras sabias, para no desvirtuar la cruz de Cristo. Pues la predicaci?n de la cruz es una necedad para los que se pierden; mas para los que se salvan -para nosotros- es fuerza de Dios. Porque dice la Escritura: Destruir? la sabidur?a de los sabios, e inutilizar? la inteligencia de los inteligentes. ?D?nde est? el sabio? ?D?nde el docto? ?D?nde el sofista de este mundo? ?Acaso no ha convertido Dios en necedad la sabidur?a del mundo? De hecho, como el mundo mediante su propia sabidur?a no conoci? a Dios en su divina sabidur?a, quiso Dios salvar a los creyentes mediante la necedad de la predicaci?n. As?, mientras los jud?os piden se?ales y los griegos buscan sabidur?a, nosotros predicamos a un Cristo crucificado: esc?ndalo para los jud?os, necedad para los gentiles; mas para los llamados, lo mismo jud?os que griegos, un Cristo, fuerza de Dios y sabidur?a de Dios. Porque la necedad divina es m?s sabia que la sabidur?a de los hombres, y la debilidad divina, m?s fuerte que la fuerza de los hombres (I Corintios 1, 17-25).

Es l?gico comenzar esta serie de doce cartas sobre la oraci?n cristiana de la misma forma con la que iniciamos toda oraci?n: con la se?al de la cruz. Comenzamos a rezar ?en el nombre del Padre y del Hijo y del Esp?ritu Santo, Am?n?. Invocamos a la Sant?sima Trinidad e iniciamos nuestra oraci?n en su nombre. Recordamos as? el centro de nuestra fe recibida en el Bautismo (Mateo 28, 19). Al hacer un ofrecimiento de obras al inicio del d?a para dar un sentido sobrenatural a todas nuestras actividades; al empezar un examen de conciencia que, m?s que simple contabilidad moral, es un acto de di?logo con Dios, Padre de misericordia; en el inicio del rezo del Angelus; en las primeras palabras de la Misa: siempre est? presente la se?al de la cruz y la invocaci?n a Dios, Padre, Hijo y Esp?ritu Santo, de quien procede toda bondad y a cuyo santo nombre nos confiamos.

Rezamos en nombre de Dios y este ?nombre? encierra en s? toda la misteriosa realidad de ?Aquel que es el que es? (?xodo 3, 13-15) y no necesita de nada ni nadie. El Catecismo de la Iglesia Cat?lica explica muy bien la profundidad que encierra el nombre de Dios: A su pueblo Israel, Dios se revel? d?ndole a conocer su Nombre. El nombre expresa la esencia, la identidad de la persona y el sentido de su vida. Dios tiene un nombre. No es una fuerza an?nima. Comunicar su nombre es darse a conocer a los otros. Es, en cierta manera, comunicarse a s? mismo haci?ndose accesible, capaz de ser m?s ?ntimamente conocido y de ser invocado personalmente... Al revelar su nombre misterioso de YHWH, "Yo soy el que es" o "Yo soy el que soy" o tambi?n "Yo soy el que Yo soy", Dios dice qui?n es y con qu? nombre se le debe llamar. Este Nombre Divino es misterioso como Dios es Misterio. Es, a la vez, un Nombre revelado y como la resistencia a tomar un nombre propio, y por esto mismo expresa mejor a Dios como lo que ?l es, infinitamente por encima de todo lo que podemos comprender o decir: es el "Dios escondido" (Isa?as 45, 15), su nombre es inefable (Cf Jueces 13, 18), y es el Dios que se acerca a los hombres. Al revelar su nombre, Dios revela, al mismo tiempo, su fidelidad que es de siempre y para siempre, valedera para el pasado ("Yo soy el Dios de tus padres", ?xodo 3, 6) como para el porvenir ("Yo estar? contigo", ?xodo 3, 12). Dios, que revela su nombre como "Yo soy", se revela como el Dios que est? siempre all?, presente junto a su pueblo para salvarlo (Catecismo de la Iglesia Cat?lica 203 y 206-207).

La se?al del cristiano es la se?al de la cruz. En ella muri? Nuestro Se?or Jesucristo para alcanzarnos la salvaci?n eterna. As?, la cruz se ha convertido en signo de esperanza y de victoria. Es el s?mbolo de la victoria de Jesucristo, una victoria que descubrimos en la resurrecci?n despu?s de haber visto a Jes?s sufrir una aparente derrota, la m?s cruel. La cruz es el icono de Jesucristo y el indicio de la vida eterna que nos espera. Toda esta riqueza de significado hace que mostremos con orgullo y llevemos con amor este instrumento de tortura que para nosotros es mucho m?s que eso, es un instrumento de amor. La cruz que llevamos y la cruz que se?alamos, sobre la frente o el pecho, es s?mbolo de aquella que nos pide tomar Jesucristo para ser sus disc?pulos aut?nticos: ?Si alguno quiere venir en pos de m?, ni?guese a s? mismo, tome su cruz y s?game? (Mateo 10, 38; 16, 24; Marcos 8, 34; Lucas 9, 23; 14, 27). Los contempor?neos de Jes?s no entendieron aquella petici?n que s?lo se aclar? cuando vieron al Maestro morir sobre una cruz y resucitar. Entonces comprendieron que el secreto del seguimiento de Cristo est? en morir a s? mismo para tener vida (Marcos 8, 35); perder la vida por Jesucristo y por su Evangelio es salvarla.

En el cap?tulo 9 (vers?culos 4-7) del libro del profeta Ezequiel, encontramos un texto enigm?tico donde aparece por primera vez la se?al de la cruz. Es el primer lugar de la Biblia en que se cita esta palabra. Dios env?a un castigo contra los id?latras, pero respeta a los que han recibido la se?al de la cruz en su frente, aquellos que no compartieron las idolatr?as y las abominaciones. En el libro de los N?meros se nos relata una situaci?n similar que el propio Jesucristo interpreta como un s?mbolo de lo que ser? la salvaci?n por la cruz (Juan 3, 14-15). Dios hab?a castigado con mordeduras de serpiente al pueblo de Israel que caminaba por el desierto y no dejaba de quejarse contra Dios. Hab?an muerto ya muchos israelitas y pidieron perd?n a Dios. Mois?s intercedi? por el pueblo y Dios le dijo que hiciera una serpiente de bronce y la pusiera sobre un m?stil. Los que miraran a la serpiente de bronce quedar?an curados: ?Hizo Mois?s una serpiente de bronce y la puso en un m?stil. Y si una serpiente mord?a a un hombre y ?ste miraba la serpiente de bronce, quedaba con vida? (N?meros 21, 9). Los israelitas tentaron al Se?or (I Corintios 10, 9), como tantos hombres lo han seguido tentando y desafiando a lo largo de la historia. La cruz de Jesucristo es la respuesta misericordiosa de Dios a la rebeld?a del hombre: ?Y como Mois?s levant? la serpiente en el desierto, as? tiene que ser levantado el Hijo del hombre, para que todo el que crea tenga por ?l vida eterna? (Juan 3, 14-15).

La cruz de Jesucristo es, a la vez, la se?al del libro de Ezequiel para los que aman a Dios y est?n libres de culpa y, al mismo tiempo, la serpiente de bronce de Mois?s para que los pecadores puedan volver a Dios. Estos ?ltimos, sin la cruz, estar?an perdidos para siempre, sufriendo en sus vidas los efectos de la desobediencia a Dios. Pero ?l cancel? nuestros cargos (Colosenses 2, 14). Llevar la cruz es llevar el signo de salvaci?n y de vida eterna que Dios nos ha entregado. Hacer la se?al de la cruz es manifestar el perd?n y la misericordia de Dios. Por ello, en el sacramento de la reconciliaci?n, la absoluci?n de los pecados se acompa?a con la se?al de la cruz, (Concilio de Trento, 25-XI-1551, Doctrina sobre el sacramento de la penitencia, cap 3. 5 y 6; Dz 896 y 899-902): ?La f?rmula sacramental: ?Yo te absuelvo ...?, y la imposici?n de la mano y la se?al de la cruz, trazada sobre el penitente, manifiesta que en aquel momento el pecador contrito y convertido entra en contacto con el poder y la misericordia de Dios? (Juan Pablo II, Exhortaci?n Apost?lica post-sinodal Reconciliatio et Paenitentia 31, 2-XII-1984).

La cruz es signo de obediencia. Jesucristo muere en ella por obediencia a la voluntad de Dios. San Pablo lo ilustra perfectamente en el himno cristol?gico de su ep?stola a los filipenses: ?Tened entre vosotros los mismos sentimientos que Cristo: El cual, siendo de condici?n divina, no retuvo ?vidamente el ser igual a Dios. Sino que se despoj? de s? mismo tomando condici?n de siervo haci?ndose semejante a los hombres y apareciendo en su porte como hombre; y se humill? a s? mismo, obedeciendo hasta la muerte y muerte de cruz. Por lo cual Dios lo exalt? y le otorg? el Nombre que est? sobre todo nombre. Para que al nombre de Jes?s toda rodilla se doble en los cielos, en la tierra y en los abismos, y toda lengua confiese que Cristo Jes?s es Se?or para gloria de Dios Padre? (Filipenses 2, 5-11). San Pablo nos invita a apropiarnos de la humildad y la obediencia de Jesucristo, a hacerlas nuestras. La obediencia humilde es signo de aut?ntica presencia de Dios en el alma, es indicio de santidad aut?ntica. La obediencia de Cristo fue la que nos redimi?. Mar?a tambi?n obedeci? (Lucas 1, 38). La Iglesia es obediente a la revelaci?n de Dios en Jesucristo y esta obediencia amorosa requiere muchas veces de la cruz vivida por amor. Obedecer es amar (Juan 14, 15; 14, 21; 14, 23; 15, 24) y, muchas veces, es tambi?n sufrir, pero este sufrimiento en la obediencia nos asocia a la cruz de Jesucristo y hace m?s aut?ntico nuestro seguimiento del Maestro de Nazaret, Dios y hombre a la vez. La cruz sin obediencia es cruz sin Cristo.

La cruz es signo de persecuci?n e incomprensi?n. Los hombres de tiempos de Jes?s quer?an que bajase de la cruz para creer en ?l (Mateo 27, 42; Marcos 15, 32), quer?an la salvaci?n sin la cruz (Marcos 15, 30), y parece que esta tendencia contin?a muy arraigada en el hombre. As? lo se?ala el Papa Juan Pablo II en el n?mero 1 de la Carta Enc?clica Ut unum sint: ??La cruz! La corriente anticristiana pretende anular su valor, vaciarla de su significado, negando que el hombre encuentre en ella las ra?ces de su nueva vida, pensando que la cruz no puede abrir ni perspectivas ni esperanzas: el hombre, se dice, es s?lo un ser terrenal que debe vivir como si Dios no existiese?. Tambi?n a los cristianos nos toca esta tentaci?n de rechazar la cruz. Queremos creer, pero con una fe sin cruces. Queremos salvaci?n, pero salvarnos sin renunciar a nada, mucho menos a nosotros mismos. Volvemos a ver la cruz como un signo de oprobio. Sin embargo, sin cruz, ni la salvaci?n ni la fe son aut?nticas. Si queremos ser seguidores de Jesucristo, tenemos que aceptar la cruz, pero vi?ndola ya como un signo de gloria, como san Pablo: ?En cuanto a m? ?Dios me libre de gloriarme si no es en la cruz de nuestro Se?or Jesucristo, por la cual el mundo es para m? un crucificado y yo un crucificado para el mundo!? (G?latas 6,14). Es signo de gloria porque en ella est? la salvaci?n y el centro de nuestra fe. La primera predicaci?n de la Iglesia, seg?n podemos ver en el anuncio del kerigma en los Hechos de los Ap?stoles, se centra en la crucifixi?n y resurrecci?n de Jesucristo (Hechos 2, 23-24; 3, 15; 4, 10; 5, 30). La cruz es el signo de los verdaderos seguidores de Jesucristo, de los ciudadanos del Cielo (Filipenses 3, 18-21).

Si la se?al de la cruz nos distingue como cristianos, hay otro elemento que tambi?n nos debe distinguir: aquel por el que todos deben conocer que somos disc?pulos de Cristo, el amor: ?Os doy un mandamiento nuevo: que os am?is los unos a los otros. Que, como yo os he amado, as? os am?is tambi?n los unos a los otros. En esto conocer?n todos que sois disc?pulos m?os: si os ten?is amor los unos a los otros? (Juan 13, 34-35). Amar como nos am? Jesucristo significa dar la vida por los dem?s. Este debe ser el signo de los cristianos. La cruz debe ir siempre acompa?ada del amor. Jesucristo muri? en ella por amor a los hombres y nosotros hacemos de ella un signo del amor de Dios a cada ser humano y de nuestro deseo sincero de imitar ese amor de Dios a cada hombre. El amor a nuestros hermanos nos exige un sacrificio que va unido a la cruz de Cristo, y la cruz de Cristo nos exige una respuesta continua que no puede hacer a un lado el amor al pr?jimo. La cruz es signo de unidad (Efesios 2, 16), de paz y reconciliaci?n (Colosenses 1, 18-20). Junto a ella encontramos a Mar?a, nuestra Madre amorosa, entregada a nosotros por Jesucristo en un acto de amor muy especial (Juan 19, 25-27).

Cuando nos santiguamos haciendo sobre nosotros la se?al de la cruz, nos se?alamos como miembros de Jesucristo y de su Iglesia; ponemos a Dios en nuestra vida; le ofrecemos lo que somos, hacemos y tenemos. Mostrar la cruz es predicar que hay que morir para tener vida. Los primeros misioneros que llegaron a Am?rica usaban cruces grabadas para ense?ar la fe. La cruz es signo de fe aut?ntica, de esperanza cierta, de amor sincero y generoso. Es resumen de la ense?anza de Jesucristo. Todos estos significados sobre los que hemos reflexionado est?n presentes cuando hacemos la se?al de la cruz. Hacer ese signo sobre nosotros o portarlo en el pecho es ofrecer a Dios nuestra vida y manifestar al mundo nuestro deseo de seguir e imitar a Jesucristo. Santiguarse o signarse es la primera oraci?n del cristiano.


Publicado por mario.web @ 22:15
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