Mi?rcoles, 01 de junio de 2011

Me tomas de la mano y me conduces a la orilla del lago, justo a tiempo para ver al Maestro y los disc?pulos subir a una barca y alejarse.
Autor: Ma. Susana Ratero | Fuente: Catholic.net


Leo el Evangelio seg?n San Marcos (6,30-34).

Lo leo, Madrecita, refugiada en tu Coraz?n, pues por experiencia he aprendido que es el mejor sitio para escuchar a tu Hijo, para aprender sus ense?anzas y sacar el mayor fruto en mi propia vida.

As? pues, mirando tu peque?a imagen de Luj?n, el coraz?n se va a aquella casa, donde Jes?s est? con sus disc?pulos y ?los que iban y ven?an eran muchos y no les quedaba tiempo ni para comer?...

Me acompa?as, dulce Madre, me tomas de la mano y me sientas muy cerquita del Maestro, para escuchar su Palabra...

Cada palabra, cada mirada de ?l, es b?lsamo exquisito para mi alma dolorida. En un momento, al ver tanta gente, Jes?s les dice a los disc?pulos: ?Venid tambi?n vosotros aparte, a un lugar solitario, para descansar un poco?. Se despide de nosotras y se aleja.

- ?Ad?nde va, Madre? ?Podemos seguirle?

Me tomas de la mano y me conduces a la orilla del lago, justo a tiempo para ver al Maestro y los disc?pulos subir a una barca y alejarse. Una honda pena me llena el alma. Jes?s se aleja... se va... o lo que es peor, no puedo seguirle. Y las olas del lago marcan la distancia con acompasado canto en la orilla.

- Madre ?Qu? hago ahora?

- Aprende, hija, aprende. Mira las aguas ?Qu? ves?

Sin comprenderte aun y sin pensar un poco m?s all? de lo que tengo a la vista, te digo sorprendida:

- Pues... agua, Madre... el agua es... solo agua...

- No si la miras con el alma, hija. Vamos, atr?vete, te sorprender?s.

Y de tu mano dejo a mi alma mirar con sus ojos. Y el agua ya no es agua. Las olas no son olas, sino que son... son todos mis miedos, mis olvidos, mis excusas, mis pecados. Todo lo que no me permite seguir a Jes?s por donde va. Y mi alma gime en una pregunta:

- Madre ?Qu? hago? ?C?mo paso por encima de todo esto? ?C?mo torno en puente estas aguas turbulentas?

Me abrazas suavemente y me acaricias el cabello. Siente mi coraz?n inmensa paz. Siente mi alma que aun no se acabaron los caminos.

- No es un puente el ?nico camino para llegar, hija. Adem?s, en la barca se van las herramientas que necesitas para construirlo. No, no puedes hacer un puente.

- ?No hay esperanza, entonces, Madre?

- Siempre la hay, querida hija, siempre...Mira a tu alrededor.

All? noto que ?les vieron marcharse y muchos cayeron en cuenta; y fueron all? corriendo, a pie, de todas las ciudades y llegaron antes que ellos?

- ?Rodear el lago, Madre? ?Ir por tierra siguiendo al que va por las aguas? ?C?mo llegar?? Es demasiado lejos... no podr?, Maria, lo siento...

- ?Vaya, que pronto bajas los brazos!

- Es... que conozco mis fuerzas y s? que no podr?.

- Bien dices, hija. Conoces ?tus? fuerzas, pero ?Te aseguro que desconoces las m?as!

- No te comprendo, Madre.

Y estiras tu mano segura hacia la m?a, vacilante. Tu mano es segura, brillante, pur?sima ?C?mo negarme a tomarla? Y la aprieto con todas mis fuerzas.

- ?Lista?-me dices sonriente- Prep?rate, hija m?a, prepara tu alma para el milagro.

Y, antes que alguna pregunta turbase tan delicado momento, comienzas a correr por la orilla. Me llevas. Siento los pies ?giles y el coraz?n liviano. Conoces todos los atajos, todos los secretos del camino. La gente corre a esperar a Jes?s y noto que, de tu Mano, voy m?s r?pido. Y compruebo que eres el camino m?s corto, perfecto, f?cil y seguro para llegar a Jesucristo.

Estamos a pocos metros de la barca. Jes?s nos ve llegar. Tu, espl?ndida, yo, jadeante, asombrada, feliz... Las dem?s personas nos miran con asombro pues no comprenden c?mo hemos llegado antes que ellos.
Recupero el aliento mientras Jes?s se nos acerca.
Te abraza. Le hablas de m?. El Maestro me mira y se compadece.

Las palabras se me han volado... no hacen falta. ?l conoce bien cada dolor, cada espina de mi coraz?n, cada pecado cometido.

El Maestro, entonces, se dispone a ense?arnos.
Te sientas a mi lado, Madre, y das a mi alma el mejor de los consejos, el que repites a cada devoto tuyo: ?Haz todo lo que ?l te diga?

El alma se va serenando. Apoyo mi cabeza en tu hombro mientras le escucho. Cuando Jes?s hace unos segundos de silencio, t? te apresuras a explicarme lo que no entend?.

Ya cae la noche, el sol se ha escondido por completo en la ventana de la parroquia. Ya no estoy sentada a la orilla del lago sino en el banco... pero a?n siento Tu Mano entre las m?as... Al mirarlas, veo con alegr?a que aun sostienen el Rosario, rezado antes de Misa...

Te hab?a pedido abrazar al Maestro cuando terminase de hablar, pero tem? no poder hacerlo por tanta gente que hab?a a su alrededor. Pero record? tus palabras: ??Tu no conoces mis fuerzas!?. Y me diste el regalo del abrazo con Jes?s. No a la orilla del lago, sino en la Eucarist?a. Un abrazo de Coraz?n a coraz?n. Un abrazo lleno de palabras, de l?grimas, de caricias, de alivio para el alma.
Ahora s? que muchas veces sentir? que Jes?s se aleja y unas olas de dolor, de olvido y hasta de pereza intentar?n separarme de ?l. S?, Madre, que entonces deber? tomar tu Mano y correr contigo, porque T? conoces todos los caminos para llegar a ?l... todos los atajos, todos los secretos.


Amigo m?o, amiga m?a que lees este sencillo relato. Cuando sientas que las olas del dolor, del olvido, la indiferencia... o cualquier otra, te separe del Maestro, corre con tu coraz?n a los pies de Mar?a. P?dele te d? su Mano para seguir a Jes?s. Ella es el camino m?s corto, f?cil, seguro y perfecto para llegar al m?s ansiado de los destinos: El Coraz?n de Jes?s.


Publicado por mario.web @ 11:29
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