Domingo, 17 de julio de 2011


Si se considera a qu? fin tiende la divina instituci?n del matrimonio, se ver? con toda claridad que Dios quiso poner en ?l las fuentes ub?rrimas de la utilidad y de la salud p?blicas. Y no cabe la menor duda de que, aparte de lo relativo a la propagaci?n del g?nero humano, tiende tambi?n a hacer mejor y m?s feliz la vida de los c?nyuges; y esto por muchas razones, a saber: por la ayuda mutua en el remedio de las necesidades, por el amor fiel y constante, por la comunidad de todos los bienes y por la gracia celestial que brota del sacramento. Es tambi?n un medio eficac?simo en orden al bienestar familiar, ya que los matrimonios, siempre que sean conformes a la naturaleza y est?n de acuerdo con los consejos de Dios, podr?n de seguro robustecer la concordia entre los padres, asegurar la buena educaci?n de los hijos, moderar la patria potestad con el ejemplo del poder divino, hacer obedientes a los hijos para con sus padres, a los sirvientes respecto de sus se?ores. De unos matrimonios as?, las naciones podr?n fundadamente esperar ciudadanos animados del mejor esp?ritu y que, acostumbrados a reverenciar y amar a Dios, estimen como deber suyo obedecer a los que justa y leg?timamente mandan amar a todos y no hacer da?o a nadie.

La ausencia de religi?n en el matrimonio

Estos tan grandes y tan valiosos frutos produjo realmente el matrimonio mientras conserv? sus propiedades de santidad, unidad y perpetuidad, de las que recibe toda su fruct?fera y saludable eficacia; y no cabe la menor duda de que los hubiera producido semejantes e iguales si siempre y en todas partes se hubiera hallado bajo la potestad y celo de la Iglesia, que es la m?s fiel conservadora y defensora de tales propiedades. Mas, al surgir por doquier el af?n de sustituir por el humano los derechos divino y natural, no s?lo comenz? a desvanecerse la idea y la noci?n elevad?sima a que la naturaleza hab?a impreso y como grabado en el ?nimo de los hombres, sino que incluso en los mismos matrimonios entre cristianos, por perversi?n humana, se ha debilitado mucho aquella fuerza procreadora de tan grandes bienes. ?Qu? de bueno pueden reportar, en efecto, aquellos matrimonios de los que se halla ausente la religi?n cristiana, que es madre de todos los bienes, que nutre las m?s excelsas virtudes, que excita e impele a cuanto puede honrar a un ?nimo generoso y noble? Desterrada y rechazada la religi?n, por consiguiente, sin otra defensa que la bien poco eficaz honestidad natural, los matrimonios tienen que caer necesariamente de nuevo en la esclavitud de la naturaleza viciada y de la peor tiran?a de las pasiones. De esta fuente han manado m?ltiples calamidades, que han influido no s?lo sobre las familias, sino incluso sobre las sociedades, ya que, perdido el saludable temor de Dios y suprimido el cumplimiento de los deberes, que jam?s en parte alguna ha sido m?s estricto que en la religi?n cristiana, con mucha frecuencia ocurre, cosa f?cil en efecto, que las cargas y obligaciones del matrimonio parezcan apenas soportables y que muchos ans?en liberarse de un v?nculo que, en su opini?n, es de derecho humano y voluntario, tan pronto como la incompatibilidad de caracteres, o las discordias, o la violaci?n de la fidelidad por cualquiera de ellos, o el consentimiento mutuo u otras causas aconsejen la necesidad de separarse. Y si entonces los c?digos les impiden dar satisfacci?n a su libertinaje, se revuelven contra las leyes, motej?ndolas de inicuas, de inhumanas y de contrarias al derecho de ciudadanos libres, pidiendo, por lo mismo, que se vea de desecharlas y derogarlas y de decretar otra m?s humana en que sean l?citos los divorcios.

Los legisladores de nuestros tiempos, confes?ndose partidarios y amantes de los mismos principios de derecho, no pueden verse libres, aun queri?ndolo con todas sus fuerzas, de la mencionada perversidad de los hombres; hay, por tanto, que ceder a los tiempos y conceder la facultad de divorcio. Lo mismo que la propia historia testifica. Dejando a un lado, en efecto, otros hechos, al finalizar el pasado siglo, en la no tanto revoluci?n cuanto conflagraci?n francesa, cuando, negado Dios, se profanaba todo en la sociedad, entonces se accedi?, al fin, a que las separaciones conyugales fueran ratificadas por las leyes. Y muchos propugnan que esas mismas leyes sean restablecidas en nuestros tiempos, pues quieren apartar en absoluto a Dios y a la Iglesia de la sociedad conyugal, pensando neciamente que el remedio m?s eficaz contra la creciente corrupci?n de las costumbres debe buscarse en semejantes leyes.

Males del divorcio

Realmente, apenas cabe expresar el c?mulo de males que el divorcio lleva consigo. Debido a ?l, las alianzas conyugales pierden su estabilidad, se debilita la benevolencia mutua, se ofrecen peligrosos incentivos a la infidelidad, se malogra la asistencia y la educaci?n de los hijos, se da pie a la disoluci?n de la sociedad dom?stica, se siembran las semillas de la discordia en las familias, se empeque?ece y se deprime la dignidad de las mujeres, que corren el peligro de verse abandonadas as? que hayan satisfecho la sensualidad de los maridos. Y puesto que, para perder a las familias y destruir el poder?o de los reinos, nada contribuye tanto como la corrupci?n de las costumbres, f?cilmente se ver? cu?n enemigo es de la prosperidad de las familias y de las naciones el divorcio, que nace de la depravaci?n moral de los pueblos, y, conforme atestigua la experiencia, abre las puertas y lleva a las m?s relajadas costumbres de la vida privada y p?blica. Y se advertir? que son mucho m?s graves estos males si se considera que, una vez concedida la facultad de divorciarse, no habr? freno suficientemente poderoso para contenerla dentro de unos l?mites fijos o previamente establecidos. Muy grande es la fuerza del ejemplo, pero es mayor la de las pasiones: con estos incentivos tiene que suceder que el prurito de los divorcios, cundiendo m?s de d?a en d?a, invada los ?nimos de muchos como una contagiosa enfermedad o como un torrente que se desborda rotos los diques.

Conclusi?n

Estas ense?anzas y preceptos acerca del matrimonio cristiano, que por medio de esta carta hemos estimado oportuno tratar con vosotros, venerables hermanos, pod?is ver f?cilmente que interesan no menos para la conservaci?n de la comunidad civil que para la salvaci?n eterna de los hombres. Haga Dios, pues, que cuanto mayor es su importancia y gravedad, tanto m?s d?ciles y dispuestos a obedecer encuentren por todas partes los ?nimos. Imploremos para esto igualmente todos, con fervorosas oraciones, el auxilio de la Sant?sima Inmaculada Virgen Mar?a, la cual, inclinando las mentes a someterse a la fe, se muestre madre y protectora de los hombres. Y con no menor fervor supliquemos a los Pr?ncipes de los Ap?stoles, San Pedro y San Pablo, vencedores de la superstici?n y sembradores de la verdad, que defiendan al g?nero humano con su poderoso patrocinio del aluvi?n desbordado de los errores.

Entretanto, como prenda de los dones celestiales y testimonio de nuestra singular benevolencia, os impartimos de coraz?n a todos vosotros, venerables hermanos, y a los pueblos confiados a vuestra vigilancia, la bendici?n apost?lica.

[Le?n XIII, Carta Enc?clica Arcanum Divinae Sapientiae, del 10 de febrero de 1880, nn. 14-17.27-28]

Fr. Nelson M.


Publicado por mario.web @ 1:18
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