Viernes, 29 de julio de 2011

Autor:?Jorge Enrique M?jica L.C

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Suele decirse que una persona es humilde cuando se abaja ante la grandeza de otra, cuando aprecia una cualidad superior a la suya o cuando reconoce el m?rito del otro sin envidia. Pero eso no es humildad sino honradez.

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Cuando Mar?a, la hermana de L?zaro, se inclina ante Jes?s para ungirle los pies con perfume de nardo puro y enjug?rselos en seguida con su propia cabellera (cf. Jn. 12, 3), no estaba ejecutando ning?n acto de humildad sino de justicia. Cuando Jes?s se quita sus vestidos y se ci?e una toalla para lavar y secar los pies de sus disc?pulos (cf. Jn. 13, 4-5), no estaba actuando justamente sino con humildad.

La justicia reconoce la verdad honradamente; la humildad se inclina d?cilmente por amor gratuito. Suele decirse que una persona es humilde cuando se abaja ante la grandeza de otra, cuando aprecia una cualidad superior a la suya o cuando reconoce el m?rito del otro sin envidia. Pero eso no es humildad sino honradez. Por muy dif?cil que sea reconocer una grandeza que eclipsa nuestro propio ser y nuestras cualidades, el hacerlo no es m?s que honradez.

La humildad no va de abajo hacia arriba, sino inversamente. No consiste en que el m?s peque?o rinda homenaje al m?s grande, sino en que ?ste ?ltimo se incline respetuosamente ante el primero. Nos muestra claramente que es err?neo querer derivar la mentalidad cristiana de las costumbres terrenas. As? vista, se comprende muy bien que el grande se incline con bondad hacia el peque?o y aprecie su valor, que se sienta emocionado por la debilidad y se coloque ante ella para defenderla. La verdadera humildad estriba en esto, en el respetuoso inclinarse del m?s ante el menos; del mayor ante el menor.

Pero al rebajarse as?, ?no significa perderse a s? mismo? No. El grande que adopta la actitud humilde est? seguro de s? y sabe que cuanto m?s intr?pidamente se lance hacia abajo tanto m?s seguramente se hallar? a s? mismo. ?Es que el grande es recompensado por este movimiento? Ciertamente. Su humildad le hace descubrir el valor de la peque?ez como tal; encuentra la grandeza de lo diminuto, de lo chiquito, de las minucias; llega as? a captar que la vida es un continuo ejercicio de virtuosas peque?eces que hacen la existencia grande y valiosa. No comprende tan s?lo que el peque?o ?tiene tambi?n su valor?, sino que es valioso precisamente porque es peque?o. He aqu? un profundo misterio que se manifiesta al hombre verdaderamente humilde.

Cuando nos arrodillamos ante un sacerdote durante la confesi?n, para recibir la bendici?n o ante Jes?s Sacramentado, no realizamos un acto de humildad sino un acto de verdad ya que creemos que el presb?tero hace las veces de Cristo, escucha y perdona en su nombre, y creemos tambi?n en la grandeza de Dios escondido en la Hostia. Somos humildes cuando nos abajamos a los pobres para honrar en ellos el gran misterio de amor de Dios hacia todos y no por simple humanitarismo. Y es que adem?s, ?nunca es m?s grande el hombre que de rodillas!

Quiz? conocemos muy bien la teor?a de la humildad; qu? es, en qu? consiste? y la olvidamos f?cilmente. Necesitamos modelos y, ciertamente, los tenemos. Santa Bernardita, la vidente de la Virgen de Lourdes, expresaba ejemplarmente la vivencia de esta virtud cuando, ya como religiosa, a?os despu?s de las apariciones, abre su alma y confiesa: ?...F?jese, mi historia es muy sencilla. La Virgen se sirvi? de m?. Despu?s me dejaron en un rinc?n. ?se es ahora mi sitio, ah? soy feliz, ah? me quedar?. En los ?Di?logos?, santa Catalina de Siena presenta aquellas palabras que Jes?s le revel? y que tanto le ayudaron para caminar victoriosa por la v?a de la santidad: ?T? eres lo que no eres; Yo Soy el que Soy. Si conservas en tu alma esta verdad, jam?s podr? enga?arte el enemigo, escapar?s siempre de sus lazos?.

Pero es en Jesucristo en quien la humildad experimenta su apoteosis: ya no es el hombre sino Dios mismo el que la hace suya y se identifica con ella. La m?s alta cumbre de esta humildad divina tiene efecto, sobre todo, en dos momentos: el nacimiento y la pasi?n. Los dem?s, la elecci?n de los disc?pulos, la predicaci?n a las masas ignorantes, el perd?n a los pecadores, la salud a los enfermos, los milagros, el lavatorio de los pies?, son actos de humildad secundarios que tienen sentido a la luz de la humildad vivida como pobreza en el nacimiento en la cueva de Bel?n y en la humildad que dice degradaci?n, ignominia, ofensa, deshonra e iniquidad en la soledad de la cruz. Nacimiento y pasi?n: humildad por amor. ??Qu? es el hombre para que de ?l te acuerdes?? (Sal. 8, 5). Se entiende la humildad divina cuando se ha captado que Dios nos supera, que est? a otro nivel; y es justamente en ese momento cuando se valora la humildad y se busca necesariamente llevarla a la pr?ctica.

Quien ha escuchado en su interior aquel ?Sed perfectos como vuestro Padre celestial es perfecto?, con la interpelaci?n vivaz de la Palabra de Dios meditada, sabe que la humildad, como las otra seis virtudes contrarias a los pecados capitales, no es una opci?n ante la cual cabe declinar la invitaci?n sino una necesidad que, mientras falte, nos har? permanecer inquietos, sin paz, intranquilos: imperfectos e infelices. Los hombres hallamos nuestra felicidad en el Bien supremo que es Dios. Las virtudes ?bienes que llevan al Bien? nos perfeccionan; son la escalera de acceso que nos introduce en la casa del Bien. Cuando Jes?s pis? ese escal?n no se renunci? a s? mismo sino que nos revel? la misteriosa grandeza divina de la humildad; un misterio que ha quedado bellamente expresado en otra invitaci?n que permanece como tarea para todo creyente: ?Sed mansos y humildes de coraz?n?. Qu? duda cabe: la humildad es m?s f?cil al que ha llevado a cabo alguna cosa, que al que nunca ha hecho nada.

?Vence el mal con el bien!


Publicado por mario.web @ 1:26
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