Mi?rcoles, 03 de agosto de 2011

Homil?a en la celebraci?n del ?D?a del Ex Alumno? en el Seminario Arquidiocesano

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13 de agosto de 2008.

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???????? Con sentimientos de cordial fraternidad, de gratitud y alegr?a, celebramos una vez m?s el ?D?a del Ex Alumno? en nuestro Seminario Mayor ?San Jos?. D?a que, sobre todo para quienes conmemoran este a?o un aniversario particularmente significativo, est? poblado de recuerdos, de los recuerdos que jalonan su experiencia de vida sacerdotal. En este momento, en la ofrenda del Sacrificio Eucar?stico, ellos podr?n evocar quiz? episodios decisivos de su itinerario espiritual ocurridos durante a?os en este mismo sitio, en la iglesia del Seminario, ?mbito por excelencia del encuentro personal con el Se?or; ante el Se?or, en efecto, habr?n derramado gozos y congojas, habr?n expuesto esperanzas y s?plicas, habr?n ratificado en la serenidad o en la lucha la decisi?n de seguirlo. Todos solemos guardar esos recuerdos que registran hechos raigales, la g?nesis de nuestra vocaci?n; a ellos se han ido sumando seguramente muchos otros recuerdos principales, que marcan el curso de nuestra historia personal y en los que se manifiestan la gloria del don que hemos recibido y la mediocre generosidad de nuestra respuesta, la relativa vileza de nuestra condici?n. A medida que pasan los a?os, la? lectura del libro de nuestra vida ?del que se puede leer desde aqu?, desde la tierra- tendr?a que ser m?s pura, m?s contrita, m?s humilde, m?s agradecida; tendr?a que resumirse en la alabanza de la fidelidad de Dios. Si somos infieles, ?l es fiel, porque no puede renegar de s? mismo (2 Tim. 2, 13).

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Nuestra fidelidad se apoya en la fidelidad de Dios, en la de Jes?s, que es el S? de todas las promesas de Dios; por ese S? decimos nuestro Am?n (Cf. 2 Cor. 1, 20). La fidelidad del cristiano ?y podr?amos pensar que con mayor raz?n la del sacerdote- no se reduce a la virtud natural de la lealtad, sino que es expresi?n y consecuencia de la fe, est? inspirada por el amor y es a la vez prueba del amor aut?ntico. Fiel es el hombre que cree y vive en la verdad de la fe; esto s?lo es posible porque es animado, conducido por el Esp?ritu Santo: entre los frutos del Esp?ritu, el Ap?stol enumera precisamente la fidelidad (G?l. 5, 22). El sacerdocio del Nuevo Testamento no pude ser comprendido desde una categor?a general, como representante oficial de la religi?n y portador de un poder sagrado; s?lo es comprensible por relaci?n a Jesucristo y a la unicidad de su sacerdocio. El sacerdote cat?lico puede comprenderse a s? mismo ?nicamente desde la fe; ?l es para s? mismo objeto de fe y tanto mejor percibir? su propia identidad cuanto m?s viva, fervorosa e iluminada sea su fe. S?lo ser? genuina, aquilatada, inquebrantable su fidelidad si ?l es ?ntegramente un hombre de fe. En este requisito, en la prioridad de la fe,? se basa la doble propiedad del sacerdote en cuanto disc?pulo y ap?stol del Se?or.

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En el Evangelio que hemos escuchado se dice que Jes?s convoc? a sus doce disc?pulos (Mt. 10, 1) y les comunic? una participaci?n de su autoridad, la que ?l hab?a recibido del Padre para obrar la salvaci?n de los hombres. El texto contin?a inmediatamente transmiti?ndonos la lista de los doce ap?stoles (Mt. 10,2). A los doce disc?pulos los constituy? ap?stoles. Poco m?s adelante encontramos esta afirmaci?n: a estos doce Jes?s los envi? (Mt. 10, 5). Ap?stol equivale a misionero y los dos t?rminos significan enviado. Para ser ap?stol, o misionero, para cumplir con el env?o, es preciso ser disc?pulo, serlo de veras. Disc?pulo es quien se ha empe?ado en el seguimiento del Maestro, el que aprende de ?l y permanece en su escuela; la funci?n apost?lica encuentra su fundamento en el discipulado y es la plena vivencia del discipulado la que alimenta el fervor misionero y la caridad pastoral del ap?stol. El apostolado, la misi?n, no consisten en el ejercicio profesional de servicios religiosos ?a?n cuando se los pudiera cumplir con eficiencia y correcci?n- sino en la transmisi?n de la vida de Cristo. Esto s?lo puede realizarlo un aut?ntico disc?pulo en el pleno sentido evang?lico del t?tulo: alguien que como Pablo haya sido atrapado por Cristo Jes?s (Fil. 3, 12) y que desde entonces viva de ?l, en ?l, y que de alg?n modo pueda decir con el mismo Pablo para m? la vida es Cristo (Fil. 1, 21). Como recientemente recordaba Benedicto XVI a un grupo numeroso de sacerdotes: Cristo ha de ser el tema de nuestro pensar, el argumento de nuestro hablar, el motivo de nuestro vivir.

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La fe del sacerdote, disc?pulo y ap?stol, conserva su vigor y lozan?a, crece en pureza, ardor y luminosidad si es alimentada con la oraci?n constante, a pesar del ritmo fren?tico de vida que hoy se nos impone y de las ocupaciones que pueden ser cada vez m?s absorbentes. Cito otra vez al Santo Padre: Debemos convencernos de que los momentos de oraci?n son los m?s importantes de la vida del sacerdote, los momentos en que act?a con m?s eficacia la gracia divina dando fecundidad a su ministerio. Orar es el primer servicio que es preciso prestar a la comunidad. Por eso, los momentos de oraci?n deben tener una verdadera prioridad en nuestra vida... Si no estamos interiormente en comuni?n con Dios, no podemos dar nada tampoco a los dem?s. Por eso Dios es la primera prioridad. Siempre debemos reservar el tiempo necesario para estar en comuni?n de oraci?n con nuestro Se?or.

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En esa relaci?n discipular con el Se?or que se actualiza en el encuentro ?ntimo de la oraci?n aprendemos de ?l a mirar, a ver como ?l? ve. Al ver a la multitud Jes?s tuvo compasi?n (Mt. 9, 36). La compasi?n de Jes?s es la especie sensible del amor misericordioso de Dios. Porque vino a visitarnos gracias a las entra?as de misericordia de nuestro Dios, a Jes?s se le enternecen las entra?as cuando contempla a la multitud esquilmada y errante. Se la puede ver as? cuando se comparte la mirada compasiva del Salvador; su mirada divino-humana es la fuente de la mirada teologal del sacerdote, disc?pulo llamado a ser ap?stol. Esa mirada atraviesa las apariencias y llega a la ra?z de los problemas y al coraz?n de los hombres. El Evangelio de hoy describe la situaci?n de la multitud en t?rminos de fatigas y abatimiento, de enfermedades y dolencias, nos habla de gente abandonada en su descarr?o, sin norte ni gu?a. No necesita solamente curaci?n, sino salvaci?n; tiene necesidad de Dios y de su Reino. No bastan los signos milagrosos; el verdadero anhelo, el deseo esencial se dirige a una gracia de perd?n y libertad. Un an?lisis sociol?gico de las muchedumbres contempor?neas puede descubrir los estigmas de la miseria, la decadencia cultural, la exclusi?n de vastos sectores de la poblaci?n de toda posibilidad de una vida digna; pero esta postraci?n humana no es un resultado ineluctable de la din?mica social, un hecho de la naturaleza, sino que tiene causas morales, espirituales, teol?gicas: el esp?ritu impuro de la triple concupiscencia que reina en el mundo (cf. 1 Jn. 2, 16) y en definitiva, la negaci?n ?al menos pr?ctica? de Dios, de su paternidad, de su amor.

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???????? Jes?s convoc? a sus doce disc?pulos y les dio el poder de expulsar a los esp?ritus impuros (Mt. 10, 1). ?C?mo se puede ejercer este poder? Sobre todo, ?c?mo vencer la resistencia a la verdad, la ignorancia o el repudio del don sobrenatural, la negligencia respecto de la salvaci?n y la eternidad? ?C?mo puede triunfar la gracia sobre la dureza del coraz?n? Cabe aqu? la respuesta de Jes?s: Esta clase de demonios se expulsa s?lo con la oraci?n y el ayuno (Mc. 9, 29). Juan Mar?a Vianney entendi? muy bien el alcance de esa respuesta. Cuando lleg? a aquel villorrio perdido llamado Ars probablemente se desanim?; pudo sufrir quiz? la tentaci?n de la queja: ?qu? voy a hacer yo en esta parroquia? Se le hab?a advertido, en efecto, que no hab?a all? mucho amor de Dios. Pod?a haber acomodado su vida lo mejor posible, esperando que la autoridad diocesana lo ascendiera cuanto antes a un puesto m?s honorable y ventajoso. Se habr?a ahorrado as? el v?rtigo de las cimas y los abismos, las vigilias y penitencias, los alardes de la caridad, las contradicciones de los mediocres, los asaltos del Enemigo, el tormento interior por la salvaci?n de las almas. Habr?a sido quiz? ?un buen cura? seg?n el juicio mundano, de entonces y de ahora. Pero no habr?a existido el Santo Cura de Ars. Pag? a su manera, como pod?a hacerlo un sacerdote en el estilo del siglo XIX, el precio del discipulado, fijado por Jes?s: el que quiera venir detr?s de m?, que renuncie a s? mismo, que cargue con su cruz y me siga (Mt. 16, 24). Se cuenta que siendo ya Vianney septuagenario, le pregunt? un joven misionero: ?Padre, ?sus penas le han hecho alguna vez perder la paz?? Y el santo Cura exclam?: ??La cruz hacernos perder la paz!... ?Pero si es ella la que debe llevarla? a nuestros corazones! Todas nuestras miserias vienen de esto: de que no la amamos?.

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???????? La experiencia de Vianney se refer?a en ese caso a la paz; lo mismo se podr?a decir de la alegr?a. En la par?bola de los talentos el premio de los servidores diligentes est? expresado as?: entra en el gozo de tu Se?or (Mt. 25, 21.13). Se trata de la recompensa final, definitiva. Pero todos sabemos, y el testimonio de los santos pastores lo ratifica, que ese gozo se anticipa en la larga y trabajosa jornada del ministerio, seg?n la medida de la propia generosidad, porque hay mayor dicha en dar que en recibir (Hech. 20, 35). Es propio bagaje del apostolado la alegr?a. En un breve pasaje de la segunda Carta a los Corintios, San Pablo une estos nombres y las realidades que ellos designan: parres?a, es decir, el arrojo y la libertad confiada; la gloria de quien se glor?a en el fruto que obra Dios en los fieles; la par?clesis o consolaci?n que al ap?stol le comunica incesantemente y con abundancia el Par?clito; y la alegr?a, pero una alegr?a inmensa, superabundante (cf. 2 Cor. 7, 4).

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???????? ?Que podamos experimentar esa alegr?a! Quiero decir, como una s?plica: que podamos ser siempre y cada vez m?s disc?pulos fieles, hombres de fe, hombres de Dios, ap?stoles intr?pidos e incansables, servidores del Evangelio, de la cruz y de la caridad que salva al mundo.

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+ H?ctor Aguer

Arzobispo de La Plata


Publicado por mario.web @ 7:03
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