Jueves, 18 de agosto de 2011

Juan 20 19-31. Pascua. La resurrección de Cristo es nuestra esperanza y la luz que ilumina nuestra peregrinación terrenal.
Autor: H. Laureano López | Fuente: Catholic.net
Evangelio

Lectura del santo Evangelio según san Juan 20 19-31

Al atardecer de aquel día, el primero de la semana, estando cerradas, por miedo a los judíos, las puertas del lugar donde se encontraban los discípulos, se presentó Jesús en medio de ellos y les dijo: «La paz con vosotros». Dicho esto, les mostró las manos y el costado. Los discípulos se alegraron de ver al Señor. Jesús les dijo otra vez: «La paz con ustedes. Como el Padre me envió, también yo les envío». Dicho esto, sopló sobre ellos y les dijo: «Recibir el Espíritu Santo. A quienes perdonen los pecados, les quedan perdonados; a quienes se los retengan, les quedan retenidos».
Tomás, uno de los Doce, llamado el Mellizo, no estaba con ellos cuando vino Jesús. Los otros discípulos le decían: «Hemos visto al Señor». Pero él les contestó: «Si no veo en sus manos la señal de los clavos y no meto mi dedo en el agujero de los clavos y no meto mi mano en su costado, no creeré». Ocho días después, estaban otra vez sus discípulos dentro y Tomás con ellos. Se presentó Jesús en medio estando las puertas cerradas, y dijo: «La paz con ustedes». Luego dice a Tomás: «Acerca aquí tu dedo y mira mis manos; trae tu mano y métela en mi costado, y no seas incrédulo sino creyente». Tomás le contestó: «Señor mío y Dios mío». Dícele Jesús: «Porque me has visto has creído. Dichosos los que no han visto y han creído». Jesús realizó en presencia de los discípulos otras muchas señales que no están escritas en este libro. Estas han sido escritas para que creáis que Jesús es el Cristo, el Hijo de Dios, y para que creyendo tengáis vida en su nombre.


Oración introductoria

Dios mío, me pongo en tu presencia experimentando el mismo miedo que sintieron tus Apóstoles. Señor Jesús, Tú bien conoces todos mis temores, miedos e inseguridades con los que vivo día con día y que me quitan la paz interior que sólo Tú me puedes dar. Te ofrezco esta meditación por todos aquellos que sufren la tribulación y turbación interior de su corazón, para que la gracia del Espíritu Santo penetre hasta los rincones más íntimos de su alma y escuchen tus palabras tan reconfortantes: «La paz esté con ustedes»

Petición

¡Señor mío y Dios mío! Lléname de paz interior para dejar de ser incrédulo y me convierta en un creyente fervoroso.

Meditación

“Para nuestra fe es importante nuestro testimonio cristiano de la resurrección de Jesús como un hecho real, histórico y atestiguado por muchos testigos acreditados (...) La resurrección de Cristo es nuestra esperanza y la luz que ilumina nuestra peregrinación terrenal que incluye el enigma humano del dolor y de la muerte” (Discurso del Santo Padre durante la Audiencia General, miércoles 15 de abril de 2009). Únicamente si creemos con firmeza que Cristo ha resucitado podemos librarnos de nuestros miedos internos y poder tener la paz que Cristo quiere dejarnos en esta Pascua. La tranquilidad y la paz interior provienen de nuestro encuentro personal con Cristo. Así le sucedió a santo Tomás, que pasó de ser el Apóstol incrédulo, a dejarnos una de las confesiones de fe más hermosas de todo el Evangelio, que repetimos hasta nuestros días cuando el sacerdote en la misa eleva el pan y el vino consagrado: ¡Señor mío y Dios mío!

Reflexión apostólica

La vida diaria puede presentarnos ocasiones o circunstancias diversas que nos llevan a perder la paz interior (dificultades familiares, laborales, escolares, personales, etc). ¿Cómo recobrar esta paz para poder transmitirla también a los demás? Ordenando nuestra vida, como decía san Agustín. Teniendo una recta jerarquía del amor, que él llama ordo amoris (el orden del amor). Todas nuestras dificultades se reducen a “problemas de amor”. No es que amemos poco, sino que podemos amar desordenadamente si no tenemos claras nuestras prioridades del amor. El vértice de este triángulo del amor le corresponde a Dios, luego viene el amor al prójimo y, en el puesto más bajo, el amor a nosotros mismos. Por eso san Agustín en dos palabras resumió lo que es la auténtica paz interior: tranquillitas ordinis. La tranquilidad del orden (interior). Pidamos a Dios que nos ayude a reestructurar nuestro orden del amor, para que podamos ayudar a todas las personas a que también encuentren esta paz auténtica.

Propósito

Haré hoy un examen de conciencia que me ayude a descubrir cuál es la jerarquía de amor en mi vida, que me ayude a crecer en la paz interior.

Diálogo con Cristo

Jesús, soy consciente que únicamente Tú puedes darme la paz verdadera y duradera. Sé que Tú quieres darme esta paz. Ayúdame a ordenar mi jerarquía interior de amores para que pueda reinar en mi corazón esta paz y tranquilidad que me regalas.

La paz es un bien tal que no puede apetecerse otro mejor ni poseerse otro más provechoso. (San Agustín, De Civitate Dei)


Publicado por mario.web @ 15:01
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