Jueves, 01 de septiembre de 2011


No por menos esperada y deseada, la beatificación de Juan Pablo II supone para mí, para toda la Iglesia y para tantas otras personas de buena voluntad una inmensa alegría. Y todos debemos estar de fiesta, de enhorabuena y de esperanza con esta beatificación, que no va contra nadie por más que pueda molestar a los de casi siempre o a quienes quieren extender injustificadas sombras de sospecha, duda o inoportunidad o de delirantes e inexistente agravios comparativos.

Las razones


¿Que por qué esta alegría, que por qué Juan Pablo II, tan solo seis años después de su muerte, ya es beatificado, que cuáles fueron sus “méritos” y sus aportaciones? Quizás antes que nada habría que preguntárselo a los cientos y miles y millones de personas coómo estos días se alegran por su beatificaciones; habría que preguntárselo a los cientos y miles y millones de personas que lo siguieron y quisieron durante su vida, que durante los días de su muerte visitaron, tras horas y horas de colas, su capilla ardiente y que durante todos estos años han hecho lo propio y seguirán haciendo ante su tumba.

El organismo vaticano competente para estos temas - la Congregación para las Causas de los Santos-, consciente de la magnitud y transcendencia histórica y pastoral de esta beatificación, ha facilitado el texto completo del correspondiente decreto para la beatificación de Juan Pablo II. En su amplio texto, se enumeran y glosan las razones y los avales para esta beatificación en tiempo record. Y la idea principal que se deduce de su lectura es el servicio y la contribución del próximo del próximo beato a mostrar ante la Iglesia y la humanidad el primado y la necesidad de Dios y desde Dios el servicio incondicional al hombre, a todo ser humano, especialmente el que sufre, el más necesitado por la razón que sea.

“Los fieles -afirma el citado decreto- sintieron y experimentaron que era un hombre de Dios, que realmente ve los pasos concretos y los mecanismos del mundo contemporáneo en Dios, en la perspectiva de Dios, con los ojos de un místico que alza los ojos sólo a Dios”. Juan Pablo II fue un hombre de oración, en escucha permanente de su Palabra y de sus signos. “Quienes estuvieron más cercanos a él pudieron ver que, antes de sus entrevistas con sus visitantes, ya fueran jefes de Estado, altos dignatarios de la Iglesia o sencillos ciudadanos, Juan Pablo II se recogía en oración por las intenciones de los visitantes y de la reunión a celebrar”.

Dios fue, en efecto, el fundamento de todos los esfuerzos y afanes del próximo beato, de su entera y tan complicada, apasionante, hermosa, fecunda y ejemplar vida. Y la oración fue el manantial de su energía tan desbordante, de su polifacética e incasable actividad, de sus innumerables iniciativas y realizaciones hasta en los últimos, dolorosos y luminosos años de su existencia cuando mostraba sin tapujos las lacerantes heridas de su enfermedad y ancianidad. Juan Pablo II fue un signo claro, elocuente y convincente de que Dios es, de que Dios existe, de que Dios es amor. Y de que, por ello, nuestras vidas han de estar dirigidas a Él, que siempre nos abraza y acompaña con su Divina Misericordia.

Benedicto XVI, en el libro-entrevista Luz del Mundo, abunda en distintas ocasiones en la necesidad de “recuperar” a Dios, en poner a Dios en el lugar que le corresponde, en hacer del tema del Dios el centro de todos nuestros esfuerzos y quehaceres. “¿No deberíamos -se pregunta Benedicto XVI- empezar todo de nuevo desde Dios?". “Hoy lo importante -prosigue- es que se vea, de nuevo, que Dios existe, que Dios nos incumbe, que Dios nos responde... Por eso, hoy debemos colocar, como nuevo acento, la prioridad de la pregunta sobre Dios”. Y a ella, sí, Juan Pablo II, ahora ya casi beato, nos vuelve a responder: Dios es amor, Dios no es enemigo del hombre ni del progreso ni del bienestar sino su creador, su motor y su mejor amigo. Dios es misericordia y nos llama a todos a ser testimonios de esta misericordia.

Y Juan Pablo II pudo y supo transmitirlo así a la humanidad. Y así lo entendieron, sintieron y experimentaron tantas personas gracias. ¿Son necesarios todavía algunos datos? En las Audiencias Generales de los miércoles (más de 1.160) con Juan Pablo II participaron más de 17 millones y medio de peregrinos, sin contar todas las demás audiencias especiales y las ceremonias religiosas (más de 8 millones de peregrinos solo durante el Gran Jubileo del año 2000); fueron millones de fieles asimismo con los que se encontró durante las visitas pastorales en Italia y en el mundo, más de 40 dentro de Italia y 104 a lo largo de todo el mundo; numerosas fueron también las personalidades políticas recibidas en audiencia -se pueden recordar a título de ejemplo las 38 visitas oficiales y las 738 audiencias o encuentros con Jefes de Estado, e incluso las 246 audiencias con Primeros Ministros-; y todo ello por no abundar en actividades y realizaciones más directamente eclesiales llevadas a cabo por Juan Pablo II como sus numerosísimos y ricos documentos, sus quince Sínodos de Obispos, la creación de las Jornadas Mundiales de la Juventud y de los Encuentros Mundiales de Familias, la promulgación de los Códigos de Derecho Canónico latino y oriental, las celebraciones de 147 ritos de beatificación -en los cuales proclamo 1338 beatos- y 51 canonizaciones, con un total de 482 santos y un larguísimo etcétera.

Los sentimientos

Juan Pablo II fue el Papa de todos, el Papa del pueblo como de un pueblo trabajador, humilde, sacrificado y masacrado -Polonia- procedía. Como un pueblo que lo aclamó y lo sintió -lo sigue aclamando y sintiendo- tan cercano, más todavía cuando en los últimos años de su vida, doblado por la enfermedad, los años y quehaceres, no disimuló su tan acusado deterioro sino que lo mostró para hacernos ver y entender que la carrera de la vida hay que correrla bien y entera hasta el final para después merecer la corona de la gloria que no se marchita, que ya no se marchita jamás.

Por ello y por tantos motivos -personalmente, Juan Pablo II me ordenó sacerdote en Valencia el 8 de noviembre de 1982, pude concelebrar la misa con él en su capilla privada del Vaticano en dos o tres ocasiones, fui invitado a almorzar con él en los apartamentos pontificios en octubre de 1999, fui el responsable de Comunicación de su último viaje a España en mayo de 2003...- me llena de gozo esta beatificación. Y sé que este sentimiento mío es compartido por millones y millones de personas. Por millones y millones de gentes del pueblo que vieron en él al Papa del Pueblo, a un testigo admirable del Dios de Jesucristo y a un servidor incondicional de la persona humana, de todas las personas, sobre todo, de las más vulnerables y vulneradas.

Fuente: Ecclesia


Publicado por mario.web @ 22:33
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