S?bado, 03 de septiembre de 2011


La comprensión es la virtud “que reconoce los distintos factores que influye en los sentimientos o en el comportamiento de una persona, y profundiza en el significado de cada factor y en su interrelación, ayudando a los demás hacer lo mismo, y adecua su actuación a esa realidad”. (1)
Dicho en otras palabras, es la facultad de entender los problemas, los comportamientos, las decisiones y las miserias del prójimo, tratando de captar las razones que lo llevaron a las mismas.

Lo que hace valiosa a la virtud de la comprensión es que, para comprender al otro, hay que, primero, dejar de pensar sólo en uno mismo. El deseo de ayudar al prójimo será el motor principal que nos llevará a desarrollar esta virtud. Nos permitirá hacer los esfuerzos necesarios para ponernos en el lugar del otro y comprender los estados de ánimo de las personas, a quienes, el sólo hecho de sentirse escuchadas y comprendidas las predispondrá a hablar y a sentirse mejor.

Lo más importante para la otra persona será constatar que alguien se preocupa por ella, pero que, a su vez, respeta su intimidad. El ser humano muchas veces se siente comprendido cuando la otra persona simplemente repite los mismos hechos con otras palabras, como si ella también hubiese vivido situaciones similares. No es lo mismo decir: “vamos a ver como podemos solucionarlo” a decir:”tendrías que haber hecho esto y no aquello”.

Comprender no quiere decir avalar o estar de acuerdo con un comportamiento incorrecto o desordenado del prójimo. Implica escuchar, con reserva, sin juzgar a la persona por lo que nos cuenta y las confidencias que un corazón angustiado pueda hacernos. No se trata de demostrar que uno está “por encima” del otro, y transmitirle que uno jamás hubiese sido capaz de un comportamiento semejante. Es tratar de ponerse en el lugar del otro para que, desde su situación, podamos ayudarlo a superarlo. Tendremos siempre presente que Santa Teresa de Ávila, la Grande, decía que: “No hay pecado por más bajo que sea que yo no sea capaz de cometer si la gracia de Dios no me sostiene”...

Para poder llegar a comprender al prójimo y que éste nos haga una confidencia, primero habrá que generar un clima propicio. No será el ambiente adecuado para una confidencia cuando no tengamos cierta intimidad. Cuando el teléfono suene a toda hora y haya que atenderlo. Cuando nos lleguen los mensajitos continuos a los celulares y estemos más atentos a leerlos que a quien nos habla, o cuando estemos expuestos a que cualquiera en cualquier momento pueda interrumpir la conversación, (como el recreo del colegio, la pileta de un club o la mesa que compartimos al final de un torneo deportivo).

La comprensión, como el resto de las virtudes, deberá ser inculcada desde la infancia. Un niño deberá “comprender” porque su madre, cuando llega a la noche a su casa estará más cansada y no tendrá tanta paciencia para escucharlo pelearse con su hermano. Deberá “comprender” que su padre tiene todo el derecho a recibir el diario en condiciones para ser leído y que, entregárselo todo revuelto, no sólo será una falta de respeto sino que lo disgustará. Deberá “comprender” que su hermano esté triste y taciturno porque su novia lo dejó, o porque le robaron la bicicleta y tardará meses en reponerla, de ahí que no pudiere contar con él para divertirse por el momento. Deberá “comprender” que su madre esté preocupada y por lo tanto nerviosa, porque su padre está tardando más de lo habitual en llegar del trabajo y la ruta los días de lluvia se torna más peligrosa.

Más adelante, en la vida, nos sobrarán situaciones mayores en las que deberemos hacer un esfuerzo para comprender las flaquezas, miserias y debilidades del prójimo, así como el prójimo deberá comprender y aceptar las nuestras. Comprender que tal vez nuestro padre nos abandonó y se fue de casa con otra mujer, respondiendo más a sus pasiones que a su deber de padre y marido aunque nos haya dejado heridas y cicatrices muy profundas. Comprender que nuestra madre fue o es alcohólica porque sus penas las ahogó en el alcohol y no en los confesionarios. Comprender que nuestro hermano mayor, por irresponsable, por falta de formación o por vanidad, se gastó la fortuna familiar, para tratar de perdonarlo en caso de que estuviese seriamente arrepentido de tanto daño hecho. Estas situaciones no implican que estos no sean vicios y pecados con gravísimas consecuencias en las vidas de muchos, pero la comprensión nos hará penetrar en las causas que los llevaron a ellos y facilitará el que podamos perdonarlos.

En 1972, cuando los 16 jóvenes uruguayos sobrevivientes de la tragedia de los Andes confesaron que para sobrevivir al frío de los 6.000 metros de altura y a la falta de comida durante setenta y dos días se habían visto obligados a comerse los muertos del accidente congelados, tanto los familiares de las víctimas como el resto del mundo “comprendimos” que lo habían hecho debido a la situación límite a la que habían sido expuestos para sobrevivir.

Modelo de comprensión para con el prójimo y sus miserias que Nuestro Señor Jesucristo clavado en la Cruz, Quien, aún desangrándose, trató de explicar y excusar ante Su Padre a quienes lo habían crucificado con la plegaria más dulce y suave que jamás se haya escuchado: “Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen”. (Lc. 23,34).

“Perdonar... ¿A quién? ¿Perdonar a los enemigos? ¿Al soldado que en el palacio de Caifás le había golpeado con el puño? ¿A Pilato, el político que había condenado a Dios para conservar la amistad del César? ¿A Herodes, que había disfrazado la Sabiduría con las ropas de un rey de burla? ¿A los soldados que estaban balanceando al Rey de Reyes en un madero levantado entre el cielo y la tierra? ¿Perdonarlos? ¿Por qué perdonarlos? ¿Por qué saben lo que hacen? No, sino porque no saben lo que están haciendo. Si supieran lo que estaban haciendo y continuaran haciéndolo, si supieran el terrible crimen que estaban cometiendo al condenar a muerte a la Vida; si supieran la perversión de la justicia que constituía el hecho de preferir Barrabás a Cristo; si supieran la crueldad que suponía clavar al tronco de un árbol unos pies que hollaban los montes eternos; si supieran lo que hacían y aún continuaran haciéndolo, sin pensar que la misma sangre que estaban derramando podía redimirlos a ellos... ¡ jamás se salvarían! ¡ Más bien serían condenados! Solo la ignorancia de su enorme pecado era capaz de brindarles una posibilidad de salvación. No es la sabiduría la que salva, sino la ignorancia.” (2)

El vicio opuesto a la comprensión es la incomprensión, la comodidad de ser egoísta, de ser indiferente a las pesadas cargas del otro. La indiferencia, el rigorismo, el descartar a las personas como cosas es egoísmo e impide la comprensión.

La revolución anticristiana, con su acento puesto en un exacerbado individualismo lleva al hombre a ocuparse sólo de sí mismo. No hay tiempo, voluntad, ni ejercicio mental o afectivo de ocuparse del prójimo y menos de involucrarse y profundizar en sus problemas. No hay tiempo para ocuparse del otro, dedicarle tiempo y comprenderlo. La revolución ha acostumbrado al hombre moderno a pensar que él es el ombligo del mundo y que no necesita de nadie, que puede auto abastecerse aún afectivamente.

Por otro lado, como instinto de conservación, ante tantos ataques que recibe diariamente la persona en una sociedad tan desordenada y convulsionada, la persona se “cierra” sobre sí misma para tratar de sobrevivir.


Notas:
(1) “La educación de las virtudes humanas”. David Isaacs. Editorial Eunsa. Pág. 427
(2) "Vida de Cristo". Monseñor Fulton Sheen. Editorial Herder. Pág 414.


Publicado por mario.web @ 19:29
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