Domingo, 11 de septiembre de 2011

Una auténtica devoción hacia los santos ángeles exige, no sólo la fe en su existencia y auxilio, sino la imitación de su servicio a Dios y al prójimo a través de nuestras acciones y palabras.


En nuestros días existen muchas concepciones y teorías, ambiguas y en clave esotérica, acerca del mundo de los ángeles, sus nombres, grupos y funciones. De esta forma, nos encontramos ante unas “devociones angélicas” que causan confusión y que son extrañas a la Sagrada Escritura y a la tradición de la Iglesia católica.

En ciertos espacios publicitarios se anuncian “el horóscopo de los ángeles”, “los ángeles de la buena suerte”, “ángeles y amuletos”, “comunícate directamente con tu ángel”, etc.

Algunas reflexiones sobre la existencia, finalidad y relación de los ángeles con Cristo y con la Iglesia, nos pueden ayudar a considerar, rectamente, nuestra relación con esos “enviados de Dios”. En este contexto, podemos afirmar que vivir como ángeles significa imitarles con nuestras palabras y acciones.

La existencia de los ángeles, seres espirituales y enviados de Dios, es una verdad de fe que tiene su base en la Sagrada Escritura y en la tradición de la Iglesia (cf. Catecismo de la Iglesia Católica, n. 328). Dios creó a los ángeles y les confirió la misión de ser sus servidores y mensajeros. Desde esta perspectiva, las creaturas angélicas ayudan a los hombres, dentro del plan de salvación, sugiriéndoles palabras buenas, sentimientos santos, acciones misericordiosas, comportamientos caritativos y relaciones edificantes (cf. «La asociación Opus Sanctorum Angelorum», L´Osservatore romano, edición española, 20 de marzo de 2011, p. 4).

La vida de Jesucristo, desde la Encarnación hasta su ascensión al cielo, está rodeada de la adoración y del servicio que los ángeles le daban. De este modo, los ángeles pertenecen a Cristo porque fueron creados por Él y para Él (cf. Col 1,16). Además, esas creaturas espirituales son mensajeras del designio de salvación. Por ejemplo, el anuncio del Arcángel Gabriel a la Virgen María (Lc 1, 26-27), el canto de los ángeles dando gloria a Dios (Lc 2,14), y es un ángel quien anuncia a las santas mujeres la dicha de la Resurrección (Mt 28,5-6).

La Iglesia, que es el Cuerpo de Cristo, se beneficia de la ayuda misteriosa y poderosa de los ángeles. De esta forma, la Esposa de Cristo se une a los ángeles para adorar a Dios en el “Sanctus”, invoca su asistencia y celebra más particularmente la memoria de ciertos ángeles como San Miguel, San Gabriel, San Rafael y los ángeles custodios. San Basilio solía decir que “cada fiel tiene a su lado un ángel como protector y pastor para conducirlo a la vida” y sabemos que la vida es Jesucristo (Jn 14,6).

En conclusión, una auténtica devoción hacia los santos ángeles exige, no sólo la fe en su existencia y auxilio, sino la imitación de su servicio a Dios y al prójimo a través de nuestras acciones y palabras. Los ángeles nos ayudan a vivir mejor nuestra fe, a dar gloria a Dios y a ser anunciadores del amor de Cristo con nuestras obras y palabras.


Publicado por mario.web @ 19:46
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