Viernes, 16 de septiembre de 2011

Mateo 11, 25-30. Solemnidad del Sagrado Corazón de Jesús. Vengan a mí todos los que están afligidos y agobiados, y yo los aliviaré.
Autor: Sebastiano Maria Zanin, L.C | Fuente: Catholic.net

Evangelio


Lectura del Evangelio según san Mateo 11, 25-30

En esa oportunidad, Jesús dijo: «Te alabo, Padre, Señor del cielo y de la tierra, por haber ocultado estas cosas a los sabios y a los prudentes y haberlas revelado a los pequeños. Sí, Padre, porque así lo has querido. Todo me ha sido dado por mi Padre, y nadie conoce al Hijo sino el Padre, así como nadie conoce al Padre sino el Hijo y aquel a quien el Hijo se lo quiera revelar. Vengan a mí todos los que están afligidos y agobiados, y yo los aliviaré. Carguen sobre ustedes mi yugo y aprendan de mí, porque soy paciente y humilde de corazón, y así encontrarán alivio. Porque mi yugo es suave y mi carga liviana.

Oración preparatoria

Oh, Señor, me has llamado, heme aquí. Vengo para hacer tu voluntad, para ofrecerte mi amor, para escuchar tu Palabra. No sé orar: infunde en mí tu Espíritu, y entonces seré como tú quieres que sea; seré digno de ti. Renuncio por ti a todo mal. No vengo solo: traigo conmigo a muchas almas, necesitadas, pobres, amadas como yo; te las encomiendo, únelas a tu vida. Todo esto te lo pido por la Pasión de tu Hijo, por el amor de tu Padre, por la vida de tu Espíritu. Santos ángeles y patronos, santos del cielo, María, recemos juntos al Señor. Amén.

Petición

Señor, que en mi corazón brote la gratitud, y de la gratitud el servicio. Amén.

Meditación

Jesús agradece a su Padre. No posee nada, vive constantemente en el camino, rodeado de gentes volubles que a lo mejor no lo entienden o, peor, lo quieren muerto. ¿agradece por qué?

Jesucristo da gracias porque se sabe Hijo, conoce quién es su Padre, y por lo mismo su mirada escruta más allá. Ve el mundo creado por la mano de Dios, y contempla con asombro todo el mal constantemente transformado en oro. Observa cómo brota del egoísmo la ofrenda, del sufrimiento la apertura a los demás, de la humillación la paciencia, de la ofensa y el pecado el amor.

Nos enseña a mirar con los ojos sencillos de quien, al investigar el universo, no se queda en el “cómo”, sino que busca también el “por qué”. Admira en toda la obra del universo -en su inmensidad, orden y fecundidad - la grandeza y el amor del Autor.

Para compartir su gozo se ha hecho hombre: pobre, perseguido e infinitamente amante. El Verbo de Dios espira al Amor (cfr. Santo Tomás de Aquino), y al asumir un Corazón de carne para aprender a amar como hombre nos hace amar como Dios. Nos ha unido en el fuego de la donación total.

Reflexión apostólica

Cuántas veces nos sentimos indignos frente a los retos de nuestra vida, u oprimidos por personas y sociedades malvadas. Y cuántas lo somos nosotros por nuestro comportamiento injusto, por inercia, por hábito o por una incontrolada pasión.
Junto a Cristo nos damos cuenta de que lo recibimos todo como un don; que no merecemos nada, que no podemos pretender nada. Y que, sin embargo, se nos ha dado mucho, muchísimo, y que cualquier cosa es una ocasión para amar. El Señor nos transmite la alegría y la sencillez de esta convicción.
San Juan nos enseña: “Amémonos unos a otros, ya que el amor es de Dios... Quien no ama no ha conocido a Dios, porque Dios es amor” (1Jn 4, 7a-8). Nos sentimos impulsados a dar, por el mismo hecho de haber recibido; a soportarlo todo sonriendo con mansedumbre y humildad para difundir en derredor este amor. No desconfiemos de nuestro trabajo, por nuestras limitaciones y la dureza de quien nos rodea: Dios es omnipotente y fiel, y todo hombre, por su parte, es capaz de Dios.

Propósito

Hoy me acercaré el Sagrado Corazón de Jesús y le pediré que mi corazón sea humilde y generoso.

Diálogo con Cristo

Oh, Señor, gracias por existir. Gracias por ser tú quien eres. Gracias por tu gloria inmensa, por tu hermosura soberana, por tu inmenso amor. Realmente no acabo de entender por qué me amas. No me explico cómo pudiste hacer tanto por mí, por nosotros. No existíamos y nos creaste, nos olvidamos que existías y te revelaste, pecamos y nos redimiste. Éramos infelices, y te hiciste, Dios, como uno de nosotros. Estábamos divididos y nos hicistes padres, hijos, hermanos. Ahora que me descubriste tu vida, que me acogiste en tu corazón, no me permitas defraudarte. No permitas que vuelva a pecar, no permitas nunca más que me olvide ni un instante de mirar, de agradecer y de servir. Tú eres mi vida, Señor. Amén


«El fruto del silencio es la oración. El fruto de la oración es la fe. El fruto de la fe es el amor. El fruto del amor es el servicio. El fruto del servicio es la paz» Madre Teresa de Calcuta.


Publicado por mario.web @ 20:02
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