Lunes, 26 de septiembre de 2011
Vivimos un ajetreo cultural que se opone á la cultura de la lentitud. Existe un exceso de cultura, o, más bien, un predominio de la falsa y frenética. Hay una cultura del recogimiento y otra de la alteración.
 
Cultura y multicultura
Cultura y multicultura
La cultura abarca aquello en lo que interviene el hombre

De tantas culturas que se inventan en estos días habrá que crear muy pronto una cultura de las culturas. Están multiplicándose últimamente muy diversas aplicaciones y acepciones de la voz y del concepto cultura. Además, van pululando los llamados estudios culturales, de modo que no es de extrañar que el consumidor medio quede confuso y perplejo. Una de las consecuencias más nefastas de esta proliferación es que se desdibuja el concepto: se están borrando los límites entre ámbitos muy distintos, aunque reciban la misma etiqueta.

SI NOS ENCONTRAMOS hoy con la voz cultura casi siempre se tiene la impresión de que se habla de una de las muchas, tal vez infinitas, posibilidades de realizarla y que nada tienen que ver en el fondo las unas con las otras. Tropezamos con una verdadera avalancha de culturas especificadas a través de particularidades geográficas, históricas, temáticas, etc. Se habla de la cultura azteca, de la medieval, de la islámica, hasta de la cultura del ocio; pero se evita concretar qué es cultura a secas. Parece sugerirse de esta manera que esta variedad hace imposible la existencia de un denominador común, que la cultura en singular no se da.

Es decir, por regla general solo se ven árboles y se pierde de vista el bosque. Por ello, antes de emplear el término cultura se hace cada vez más imprescindible una definición previa que sustente el concepto y evite que haya malentendidos.

Cabe, y debería, hacerse una primera pregunta que inquiriese si existe este denominador común que, a pesar de las múltiples diferencias, permita reconocer y fijar lo que todas las culturas tienen en común y -cosa no menos importante- lo que distingue la cultura de otro concepto clave: la incultura. Es un problema semejante al que debe preocupar a los expertos de la Unesco cuando están llamados a averiguar y confirmar si un paisaje, una obra de arte, un edificio o unas instalaciones industriales pertenecen al patrimonio cultural de la humanidad. Porque otorgar esa categoría no significa otra cosa que reconocer el objeto en cuestión como perteneciente a una cultura universal; lo que presupone que deben existir unos criterios supraindividuales para la clasificación de fenómenos culturales.

Intentemos encontrar ese núcleo que nos aleje de la diversidad, de los multiformes árboles culturales, y nos reconduzca a la unidad, al bosque de la cultura. Me importa insistir en el hecho de que sí existe la heterogeneidad entre los fenómenos culturales. De eso no cabe la más mínima duda. Allí donde interviene el hombre deja siempre su impronta personal e individual. Sin embargo, lo mismo que los hombres entre sí poseen una multitud de rasgos y características comunes, lo deben poseer también los actos y las obras que realizan.

En todas las reflexiones acerca de este tema, el concepto de cultura se relaciona con el de naturaleza, incluyendo en esta categoría todo lo preexistente, lo que se desarrolla y crece sin intervención ajena. En cambio, la cultura abarca aquello en lo que interviene el hombre, comprendiendo también la intervención en su propia naturaleza humana; en primer lugar, se cultiva a sí mismo y luego su entorno. Sin embargo, esta intervención no puede ser arbitraria, no todo el monte es cultura. Quiero decir que el hombre también puede intervenir de modo nocivo y destructivo en su entorno y hacerlo hasta en su propia naturaleza. Sobran los ejemplos. Es decir, también existe la incultura. Ortega dijo en cierta ocasión que sólo el hombre puede ser inhumano y ningún animal puede ser inanimal. Por tanto, cada actividad cultural, para ser cultural, tiene que ser forzosamente positiva, debe contribuir al bien del hombre, a la mejora y al progreso de la humanidad.

Se percibe en estas distinciones que la palabra cultura siempre designa dos aspectos: la actividad cultural y los resultados de esta actividad. Es decir, se contemplan a un tiempo los productos y la capacidades culturales. Y es que la actividad cultural presupone hombres cultos: sin su voluntad y capacidad no puede surgir la cultura. ¿Qué significa ser culto? ¿Quién es culto? Desde luego, no es la persona que sabe mucho de ornitología o del Código de Hamurabi, aunque la erudición y los saberes cientíicos no están reñidos con la cultura. Ahora bien, conviene dejar claro que las capacidades culturales no constituyen un privilegio de unos pocos, pues todos podemos crear cultura; es más, cada uno debe responsabilizarse en este aspecto, porque somos seres culturales por naturaleza. Todos estamos llamados a contribuir, en la medida de nuestros talentos y posibilidades, a que aumenten y se conserven los bienes culturales. Y la actividad cultural ya empieza con el respeto de los bienes existentes.

¿Cuáles son los atributos del hombre culto? Posee y desarrolla una serie de destrezas, virtudes y conocimientos que transforman sus actuaciones en actos culturales. Las más destacadas de estas propiedades son: el afán de saber, el amor a la verdad y a la justicia, la solidaridad y la sensibilidad estética. Cada concepto merecería un estudio, pero aquí me limitaré a lo imprescindible: solo enumeraré lo que someramente denomino como propiedades culturales y las relacionaré con nuestras experiencias cotidianas.

Afán de saber y amar la verdad

La primera propiedad cultural es el afán de saber. Se trata de una de las más importantes y quizá la más originaria de las aspiraciones del hombre. Desde el momento en que tenemos uso de razón queremos conocer las personas y las cosas. Lo desconocido atrae. El mismo hecho de que a algunos lectores les haya interesado el tema que se trata en este artículo y que le dediquen su atención es ya una prueba de que a ustedes también les mueve la sana curiosidad, unas ganas de saber que ya se iniciaron en la más tierna niñez con la exploración del entorno inmediato y de las incansables preguntas por el ¿por qué? de las cosas. Hasta nos interesa saber lo que saben los demás. Si esto no fuera así, no se explicaría que millones de espectadores miren con entusiasmo los concursos de la televisión.

Pero sabemos también que lo ajeno y lo desconocido pueden atemorizar y pueden llevar a los demasiado cautos a actitudes de rechazo o incluso de combate. Para superar los temores es necesario abrirse, mantener vivo el innato afán de descubrir y conocer. Y para lograrlo es imprescindible solidarizarse con los hombres y con las cosas; amar es conocer y conocer es amar, afirma la sabiduría popular. Con lo cual ya nos encontramos con la solidaridad que más adelante trataremos con más detalle.

La segunda propiedad del hombre culto es el amor a la verdad, que naturalmente se relaciona con el afán de saber, que es lógicamente un afán de conocer la verdad. No parece ni siquiera exagerado designar a los hombres como buscadores de verdad. Nos interesa saber siempre qué es de los hombres y de las cosas que nos rodean. En su estado originario, verdad significa que lo que experimentamos, lo que pensamos y decimos coincide con la realidad. Las cosas como son, señala la expresión popular. La ignorancia y la falsedad nos inquietan y, si se presentan como mentira, nos indignan. E1 actual tedio político, por ejemplo, tiene sus raíces en la no siempre desacertada suposición de que los políticos no siempre dicen la verdad.

Amar la justicia y la solidaridad

Con ello nos acercamos a la tercera propiedad del hombre culto: el amor a la justicia. La cultura sólo puede prosperar si todos los que participan en una común tarea cultural son personas responsables, si saben distinguir entre el bien y el mal, entre lo humano y lo inhumano, si están decididos a hacer el bien y ser fieles a sus principios y a las personas con las que tienen trato. A nadie le gusta que le roben la cartera, todos nos indignamos si se maltrata a indefensos, si se mata a inocentes o se abusa de niños. Nos solivianta el hambre en el mundo. Ahora bien, la bondad del hombre culto no significa sólo que actúa con justicia, sino también que hace las cosas como Dios manda. Es decir, habrá que matizar y distinguir entre hacer el bien y hacer bien su cometido. Todos conocemos la satisfacción y la alegría que produce el trabajo bien hecho, y todos sabemos la rabia y la frustración que causa la chapuza. Hacer bien y hacer el bien son necesidades fundamentales del ser humano, y más en el hombre culto. Por eso las injusticias y la chapucena nos sacan de quicio.

Ya mencioné la solidaridad como propiedad del hombre culto. No existe cultura sin sociedad ni sociedad sin cultura, es decir, cuanto más apoyo, afecto y simpatía existe y se practica entre los miembros de una comunidad, cuanta más gente tira de la misma cuerda y se propone los mismos objetivos, tanto más se logra y tanto más cultura y auténtica sociedad surgen. Porque una sociedad no es simplemente la suma de los hombres que la componen, sino el entusiasmo común por realizar los objetivos que sirvan a la humanidad y fomenten su dignidad y progreso. Para que haya solidaridad es imprescindible la confianza y la constancia, sin las cuales no puede nacer ni consolidarse ninguna comunidad, desde la más íntima de la amistad y del matrimonio hasta la de más envergadura, como las sociedades o la comunidad de naciones. Una sociedad desconfiada está enferma, y esta enfermedad se transmite a la cultura: cuanto más enferma sea una sociedad, tanto más débil es su cultura.

Sensibilidad estética

La última propiedad del hombre culto es la sensibilidad estética y el interés por la belleza. La belleza constituye la perfección estética de toda actividad cultural. Salta a la vista que la falsedad, la mentira, la injusticia, la falta de solidaridad no pueden ser bellas. La belleza es el esplendor, la limpieza, el orden que culmina nuestra convivencia y nuestras actuaciones. No se limita al arte, abarca todos los ámbitos existenciales. Una sonrisa, un saludo amable, un gesto amistoso pueden ser tan bonitos como una obra de arte. Las manifestaciones de la belleza son a veces instantáneas y efímeras, otras voces perduran durante siglos.

La inagotable muestra y fuente de belleza es la naturaleza que nos sorprende constantemente con miles de hermosuras. No hace falta que insista en el hecho de que todas las cosas bellas que nos rodean nos satisfacen y conmueven de alguna manera; el hombre necesita la belleza como necesita la verdad y la bondad porque forman su alimento espiritual, que a su vez le da fuerza para crear cultura.

Con esto se cierra el círculo, conociendo los atributos del hombre culto conocemos también las cualidades que distinguen los productos y bienes culturales que crea. En la medida en la que son verdaderos, buenos y bellos, son también culturales. Es obvio que no todas las intervenciones culturales ostentan la misma calidad y altura. Los grados de verdad, bondad y belleza oscilan y a veces son difíciles de averiguar, en gran medida porque se manifiestan de formas diversísimas e inagotables. Es el misterio de la naturaleza y de la creación humana que surgen en infinitas variaciones.

Con estas propiedades hemos podido encontrar un denominador común que puede servir para una definición mínima de la cultura. A esta base elemental deben añadirse, según los casos, los aspectos geográficos, históricos, temáticos, etc. que aportan la diversidad a las múltiples variaciones que pueden adquirir las actividades y exteriorizaciones culturales, también las que suelen clasificarse como culturas nacionales o étnicas.

Para todas las comunidades su cultura se convierte en una especie de seña de identidad, un conjunto de valores y normas con los que se identifican y que reconocen como suyos y que facilitan su convivencia y su actuación cultural. Las comunidades no sólo necesitan una red social que garantice su bienestar corporal y material, sino también una red cultural que procure y asegure que se encuentren cobijados y protegidos espiritual y emocionalmente. Y si me apuran, sostendría que esta última red tiene por lo menos la misma importancia que la social, si no más. Es una orientación que crea sentido común, es decir, que suministra un marco para la actuación en la comunidad. Es más, estoy convencido de que, a pesar de las múltiples variantes que pueden encontrarse en las diversas culturas, siempre se encontrarán realizadas de una forma o de otra las cinco propiedades que vimos antes; y si se minusvalorara o descuidara una de ellas, ineludiblemente la cultura se debilitaría y enfermería o, incluso, desaparecería. No sería la primera vez que esto ocurre.

Los que hayan leído atentamente el título se habrán dado cuenta que la voz multicultural es un invento. En efecto, no se suele utilizar este sustantivo, en cambio sí el adjetivo multicultural. ¡Cosas de la lengua! Pienso que este sustantivo puede ser bastante útil y creo que el concepto de la multicultura puede definirse desde dos ángulos de vista. En primer lugar, puede designar la coexistencia de dos culturas autóctonas. Vistas así las cosas, la cultura universal es la multicultura por antonomasia, precisamente porque se subdivide en diversas culturas con sus numerosas particularidades. Y ello tanto en la perspectiva histórica como en la geográfica. El segundo ángulo de vista en 1a contemplación de las culturas se fija en el proceso dinámico del encuentro de dos o más culturas en un espacio originariamente monocultural.

Una variante de esta situación multicultural la constituye el intercambio casi obligatorio y natural entre dos culturas que se produce en la línea de sutura entre dos culturas intactas vecinas. En estas circunstancias siempre hubo una especie de trueque y permuta que ni siquiera se pudo ni podrá impedirse nunca erigiendo muros, como se intentó con la Muralla China o, más recientemente, con el Muro de Berlín. La separación y la segregación nunca constituían un obstáculo insuperable para el intercambio y la influencia entre dos culturas. En estas reflexiones quisiera dejar de lado este tipo de intercambio multicultural, por ser el más natural ya que se produce en el nivel del encuentro y la convivencia individuales. Dicho sea de paso, siempre y cuando puede realizarse con buena voluntad, en paz y libertad, constituirá un enriquecimiento para individuos y sociedades.

Me interesa aquí más el caso del encuentro o del enfrentamiento entre dos culturas dentro de un ámbito cultural autóctono. Teóricamente pueden distinguirse tres reacciones posibles: a) la tolerancia de la cultura ajena, b) la represión y violenta opresión de una de las dos culturas y c) el mutuo enriquecimiento de las dos culturas. Salta a la vista que esta distinción es más teórica que real, puesto que la actitud de los hombres implicados en este proceso de contacto cultural nunca será tan unánime y uniforme. Es más, en la mayoría de los casos, si no hay violenta eliminación de una de las culturas, se producirá una paulatina tolerancia y con ello un enriquecimiento. Si tomamos como ejemplo la cultura culinaria -que indudablemente es un aspecto cultural de suma importancia- nos damos cuenta de que casi ninguno de los países europeos se escapa a la lenta introducción de productos y procedimientos culinarios ajenos. ¿Existe todavía un país europeo o incluso americano sin pizzerías, sin restaurantes chinos, vietnamitas, japoneses, turcos, etc.? Y es de suponer que allí no sólo comen los respectivos habitantes de aquellos países extranjeros.

Un caso específico son las normas de comportamiento dictadas e impuestas en países totalitarios como, por ejemplo, la antigua Unión Soviética, China o Corea del Norte, por citar sólo ejemplos recientes. Pronto se desarrollan en estas zonas unos modos de vivir de cara al público que discrepan notablemente de las privadas. Cuanto más avancen las posibilidades de los medios de comunicación, sobre todo Internet o el correo electrónico, tanto más difícil será impedir contactos.

Invasión cultural

En estos momentos no sólo España sino toda Europa constituyen una muestra ejemplar d la coexistencia -no siempre exenta de conflictos y problemas- de dos o más culturas. Uno no debería olvidar que estos procesos de amalgamamiento cultural que se realizan casi siempre paulatinamente, a veces duran decenios e incluso siglos. En cierto sentido es comparable a una competencia en la que vencerá y sobrevivirá la cultura más vigorosa. Perderán aquellas culturas cuyos representantes ya no estén dispuestos a defender los valores que la mantenían como una realidad vigente y fructífera.

No quiero incurrir en el error de aplicar, conceptos biológicos a las culturas: no hay determinismo en las culturas, pero sí síntomas y efectos de degeneración parecidos a los de la naturaleza, que hacen que una cultura autóctona pueda ser desplazada y sometida por otra ajena y más fuerte. Tampoco este proceso se desarrolla de forma repentina y abrupta, sino pausada y casi subliminarmente.

Una muestra de este tipo de "invasión" cultural puede ser la de la cultura romana en todos los países europeos y ciertas regiones africanas. Ciertamente los romanos no habrán sido remilgados y mimosos, han sembrado su arquitectura, su urbanismo, sus leyes, su idioma; en todas partes han dejado huellas, de modo que actualmente se puede hablar del fundamento romano de la cultura europea. El hecho de que la cultura romana, a su vez, hubiese sido compenetrada por la griega lo menciono sólo al margen; Julio César hablaba griego en casa.

Un caso específico de multiculturalismo se observa en la difusión del Cristianismo, que introdujo y sigue introduciendo con un ingente esfuerzo y afán misionero formas nuevas de pensar, nuevos valores y una nueva cosmovisión en muchas culturas existentes. Su pretensión no era y no es la destrucción de los logros culturales autóctonos, sino una compenetración de éstos con una nueva visión y normas de comportamiento religiosas. Aunque actualmente se pone en muchas partes en duda la vigencia del Cristianismo, hay que tener en cuenta que ha demostrado su validez durante dos mil años superando más de una crisis, con lo que no se puede excluir de antemano la posibilidad de que no vaya a superar también la actual.

De todas formas, parece ser importante que las personas pertenecientes a un mismo ámbito cultural sean conscientes de los valores y del alcance de su cultura y practicarlos en consecuencia. Si no lo hacen, su cultura se debilita y se vuelve vulnerable. Ahora bien, rehuir por principio el contacto con otras culturas se parece a la actitud del avestruz. En primer lugar, es ridículo y cobarde y, en segundo lugar, hace perder cualquier oportunidad de conocer otras culturas y de enriquecerse. La actuación y reacción normal en el contacto de las culturas es, a mi modo de ver, la curiosidad, el querer conocer. Pero si la conciencia de la propia cultura se halla tan debilitada que la red cultural corre peligro de fallar, puede ocurrir que las personas implicadas se sientan inseguras y desamparadas. Ni tienen suficiente confianza en lo propio ni se fían de lo ajeno. Y ello puede llevar fácilmente a reacciones violentas y hasta trágicas. Es inconcebible que haya gente capaz de matar a una persona por el simple hecho de que ésta pertenezca a otra cultura. Pero ocurre con insólita frecuencia, lo que da que pensar.

Existe otro peligro para las culturas autóctonas. Lo llamaré, simplificando mucho, la globalización de la cultura, y en este caso en el sentido negativo de uniformización, de pérdida de las particularidades características de una cultura que borra las idiosincrasias que constituyen la orientación identificadora para una comunidad. Corre parejas con la introducción de normas y comportamientos incoherentes, desprendidos de sus raíces originarias y por tanto desorientadoras más que encauzadoras. Surge el peligro de que se produzca una especie de "papilla" cultural que haga desvanecerse el canon de los valores característicos y produzca una especie de cultura light que se limite a un mínimo de orientación y sustraiga de la red cultural a las personas pertenecientes a una determinada cultura entregándolas a la indiferencia y al individualismo desesperado. Es, por cierto, un fenómeno que se observa con demasiada frecuencia en la sociedad.

Aquí se plantea la cuestión de la posible alternativa y de la prelación. No debería producirse una globalización de las culturas sino, contrario, una culturalización de la globalización. Eso significa que debería concederse una preferencia al aseguramiento de la red cultural ya existente, antes de potenciar la introducción de bienes y fenómenos culturales ajeno No porque éstos sean malos o nocivos de antemano o porque una cultura deba enquistarse frente a las influencias de culturas ajenas, sino porque el predominio de otras culturas exige demasiado esfuerzo y demasiada capacidad discriminatoria al común de los hombres, lo vuelve inseguros y les priva de las amarras habituales e irrenunciables.

Cualquiera que haya viajado a un país exótico conoce esta sensación de desamparo e inseguridad que se apodera de uno ante lo parcial o radicalmente ajeno; lógicamente es mucho más aguda si esta confusión surge en la propia patria en la que uno se siente normalmente recogido y amparado. Como se ve, el contacto con culturas ajenas es ciertamente deseable y enriquecedor, pero no se realiza siempre sin riesgos. En este sentido, a los países europeos les espera un reto doble; en primer lugar la ampliación de la UE conlleva forzosamente contactos culturales nuevos e intensos que se deben asimilar, en segundo lugar, a todos los países, no sólo a los europeos, les esperan los retos y los peligros de la globalización. A las ventajas indudables con las que pueden contar estos países se oponen, por tanto, también múltiples inconvenientes.

Cuidar la cultura

Con ello llegamos al último aspecto de este estudio, la pregunta ¿en qué consiste el intercambio cultural? ¿Implica una renuncia al patrimonio existente o constituye un enriquecimiento? En principio -y lo vimos con claridad- cualquier contacto con la alteridad y lo desconocido es un enriquecimiento, incluso en el caso en el que uno no esté de acuerdo con el fenómeno en cuestión y lo rechace. Cualquier saber es beneficioso y provechoso. La convivencia de individuos y colectivos equivale a una simbiosis cultural. No existe ninguna cultura que pudiera afirmar de sí misma que es pura, autónoma e independiente; forma parte de la esencia de una cultura que crece y se transforma en el contacto con otras culturas. Las culturas prosperan y se desarrollan permanentemente a través de la aproximación a otras culturas, lo mismo que los hombres se conocen y se aprecian en el trato recíproco. Esto ocurre incluso en el caso en el que esta aproximación se efectúe con roces y dificultades. Sin embargo, es fundamental que la colaboración y la compenetración se lleven a cabo en libertad; cualquier coacción o coerción es nociva y hasta nefasta.

El hombre es, lo vimos ya, un ser cultural por naturaleza, y por esta razón debe responsabilizarse, todos estamos llamados a crear cultura; sobre todo porque un nivel cultural individual o colectivo, una vez alcanzado, no es una adquisición constante e inamovible. La cultura depende intrínsecamente del hecho de que permanentemente se cuide y que todos los ciudadanos colaboren creando y conservando. La indiferencia es el peor enemigo de la cultura y no sólo de la cultura.

Precisamente el proceso de ampliación de Europa y del mundo debería darnos que pensar y mentalizarnos al respecto. Todos debemos echar una mano porque todos tenemos responsabilidades culturales y debemos contribuir a que nazca y se conserve este compromiso en las familias, en las escuelas, en los medios y las universidades. Todos padeceríamos también las consecuencias de una mala gestión cultural. La cultura debe convertirse en afán de todos y no debería delegarse en las instituciones y personas aisladas. La sociedad debe convertirse en una comunidad de hombres cultos, sólo así puede garantizarse la continuidad de una cultura, de nuestra cultura.


Publicado en Nuestro Tiempo
Enero-febrero 2003. Nº583-584

Publicado por mario.web @ 23:32
Comentarios (0)  | Enviar
Comentarios