Jueves, 13 de octubre de 2011
Familia: unidad política
Familia: unidad política

La propuesta de Platón era abolir la propiedad privada, disolver la familia, y generar una élite privilegiada que pudiera gobernar. En teoría, en los papeles como se dice, sonaba muy lindo. La cuestión era, como lo advertiría su discípulo Aristóteles más tarde, si aquello era razonable. ¿Era acaso aquello una postura siquiera posible? ¿Dónde se había dado tal forma de vida? Aristóteles sostenía que la realidad de lo humano exigía, por el contrario, instituciones de la propia condición: el tener algo propio, la tendencia a formar una familia, y el juego político amistoso entre ciudadanos. Sin ello, solo cabría el refugio en la imaginación y la utopía; lugar feliz pero ajeno a la condición humana.

Y sin embargo, la tendencia hacia ese lugar feliz ha sido parte de la historia humana. Y no me refiero solamente a propuestas como las de Moro o Campanella en el Renacimiento, o la ilusión de Marx en pleno siglo diecinueve de reconciliar el hombre con su propia especie, sino a esa idea milenarista de la historia también entre nosotros, hoy y ahora, de pretender que basta una propuesta de política pública, de cómo reformar el estado o la constitución, y la realidad de la vida política y nuestra democracia se tornará justa y feliz. La cuestión es que se olvida el fundamento, la familia, el principio unitivo e integrador de la realidad, el lugar de la tradición y de la historia. Y de lo humano.

Ese es precisamente el núcleo del mensaje, me parece, de Benedicto XVI al inicio del año; el de la Jornada Mundial de la Paz. La construcción de política y la sociedad, de una política y sociedad humanas, comienzan en la familia. Ratzinger habla de humanización, término clave para entender una postura humana; la familia es el lugar de la humanización; el principio de la realidad política; del encuentro del individuo con los otros. No hay comunidad política sin ello, como una manada de ovejas no posee sentido de bien común.

Y así, la propuesta, no es un modelo “ideal” perfecto, utópico, sino simplemente natural, pues esta ahí, una realidad propia de nuestra condición; una realidad expuesta a crecimiento y maduración, educación y sentido. Y aun así, la pretensión es comenzar de las añadiduras: de lo político y social hacia la familia; que las propuestas ideológicas definan a la familia, que nos digan lo que un ser humano es. Es la utopía sobre la que Aristóteles y Benedicto advierten a la cultura contemporánea: el ser humano en formación, se pregunta, “¿dónde podría aprender a gustar mejor el «sabor» genuino de la paz sino en el «nido» que le prepara la naturaleza? Es que, agrega, “cuando la sociedad y la política no se esfuerzan en ayudar a la familia en estos campos, se privan de un recurso esencial para el servicio de la paz".

La realidad cultural actual es la fragmentación, la “rotura” de familia como célula primigenia de lo social y lo político. Familia puede denotar hoy una serie de cosas, agravado por “la inflación de lenguajes” (Benedicto XVI) hacia significados diversos, contradictorios entre sí; haciendo perder “referencia a esa «gramática» que todo niño aprende de los gestos y miradas de mamá y papá, antes incluso que de sus palabras”. O, dicho de otra manera, una sociedad humana, la única posible, comienza con esa unidad de la familia: sin ella solo caben los sueños irreales de platónicos o de aquellos que creen que el vacío moral o la crisis política es una cuestión de estructura o de cambio de la ley. O de líderes mesiánicos. La cuestión es institucional, pero la de la familia. Sólo desde ella se puede poseer una “auténtica experiencia de paz “—fruto del trabajo de unos, del ahorro de otros y de la colaboración activa de todos". Ya sé, es la anti-utopía, pero es lo razonable, la realidad que está a mano, la única postura auténticamente realista. El resto es vano.


Publicado por mario.web @ 12:40
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