Martes, 18 de octubre de 2011


La señora Charles no daba crédito a sus oídos. Estaba delante de él: Bruno. Había recordado ese nombre diariamente desde hacía más de ocho años, y sin embargo nunca lo había visto. ¿Sería sólo una débil intuición? ¿Cómo llegar a estar segura? No poseía ni señas, ni apellidos, ni direcciones... pero ¡tenía que ser él! Entonces comenzó a investigar y a recordar todo lo que había sucedido.

Durante 1966, en el pequeño pueblo de Lisieux, en Francia, la Sra. Charles se dirige al obispado. Lleva el peso de la mujer estéril que observa a los niños de brazo con una sonrisa desdibujada, la que añora el secreto de la vida y medita en él más que nadie, precisamente porque nunca lo ha regalado. Se dice a sí misma que su maternidad será espiritual, y que rezando el rosario todos los días su oración velará por un sacerdote de la Iglesia.

«No le encomiendo un sacerdote, sino un joven seminarista. Y por discreción sólo le diré el nombre: Bruno» fue la respuesta del obispo. Ella se marcha con el destello de quien espera. Y desde aquel día la “madre” cumple su promesa, fiel en el silencio del anonimato.

La otra cara de la moneda crece en edad, se fortalece en formación y en gracia de Dios hasta llegar el 1973, año del centenario del nacimiento de Santa Teresita de Lisieux y año también de la ordenación del P. Bruno, quien sólo un año más tarde comenzará a fungir como párroco de Lisieux. Pero el recién llegado necesita un poco de ayuda. Ha solicitado una sacristana y asistente personal... ahora están los dos frente a frente.

Él es amable con la extraña. Ella está radiante de alegría. Y el primer protagonista de la historia, sonríe desde la bóveda del Cielo. Dios, que teje los hilos de la historia tiene ya todo preparado para el día en que el P. Bruno conozca la noticia.

Ese día, él queda impresionado, se agita entre la sorpresa y la oración. Jamás habría podido siquiera imaginarlo, no tiene palabras para agradecer. La química de Dios trabaja sobre todos los elementos: un hombre, Bruno Thévenin; un medio, la madre espiritual; una misión, acrecentar la vocaciones; una idea, la de Teresita de Lisieux entrar en el Carmelo para rezar por los sacerdotes”.

Ese fue el comienzo de Misión Teresiana (Mission Thérésienne), asociación de fieles que, para el inicio del tercer milenio, ya contaba con 7000 niños rezando por 4500 seminaristas, sacerdotes, y obispos.

Misión Teresiana trae un cúmulo de mensajes. En primer lugar subraya el redescubrimiento del factor espiritual, que otorga por medio de Dios, aquello que nuestra presencia física no podría ofrecer; que es capaz de crear vínculos incluso más fuertes que los de la carne; que afirma que todos pueden dar en igual medida: los letrados y los incultos, los adinerados y los que tienen poco, los fuertes y los minusválidos, los viejos y los pequeñitos... porque importa más lo que somos y no lo que tenemos.

El mensaje de Misión Teresiana es hacer saber al mundo que el sacerdocio nos pertenece a todos, y que hoy más que nunca debemos seguir las palabras de Jesús: «Rogad al dueño de la mies, para que envíe trabajadores a sus campos». Y esto lo podemos hacer todos, en cualquier momento, desde la oficina, el salón de clases, o la cocina.

Hoy, el P. Bruno se encuentra en Roma para llevar adelante el proceso que convertirá a Misión Teresiana en una asociación de derecho pontificio. Si deseas unirte como padrino de un futuro sacerdote, o ayudar en cualquier otra manera manda tus datos a: 32 rue Jean de La Fontaine 75016 Paris, FRANCIA o en el email [email protected]

Autor: Fernando Cuautle, LC


Publicado por mario.web @ 15:01
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